La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha publicado su Estrategia sobre agua, saneamiento, higiene y residuos 2026–2035, que establece una hoja de ruta a diez años y vincula estrechamente la inversión sostenida en infraestructuras de agua y saneamiento con el fortalecimiento de la gobernanza, la regulación y la gestión de riesgos. La estrategia responde a las persistentes brechas mundiales en el acceso a servicios gestionados de forma segura, así como a crecientes presiones derivadas del cambio climático, los brotes de enfermedades y el envejecimiento de los activos. Para la OMS, el progreso futuro dependerá no solo de construir y modernizar infraestructuras, sino de cómo se planifican, operan, supervisan y protegen esos activos a lo largo de todo su ciclo de vida.
Desde que se publicó la anterior estrategia sobre agua, saneamiento e higiene en 2018, el contexto operativo de los sistemas de agua y saneamiento ha cambiado de manera significativa. Inundaciones, sequías y olas de calor asociadas al cambio climático afectan cada vez más a la disponibilidad y la calidad del agua, mientras que brotes como el cólera han puesto de relieve las vulnerabilidades en la continuidad del servicio y en la gestión de las aguas residuales. Al mismo tiempo, en muchos países persisten marcos regulatorios frágiles, una capacidad de seguimiento insuficiente e infraestructuras que no rinden adecuadamente, sobre todo en contextos pequeños, rurales y descentralizados. Según la OMS, hacer frente a estas presiones exige un enfoque más integrado que combine la inversión en activos físicos con el fortalecimiento institucional y operativo.
Al alinear los activos con marcos de gobernanza y sistemas de seguimiento más sólidos, la OMS busca impulsar sistemas de agua y saneamiento mejor preparados en un entorno operativo cada vez más incierto
Uno de los ejes de la nueva estrategia es el enfoque en la gestión de riesgos aplicada a los activos de agua y saneamiento. En este marco, la OMS refuerza su papel como referente normativo a nivel mundial, con énfasis en estándares de salud pública, orientaciones técnicas y marcos regulatorios que garanticen la prestación segura de los servicios. Herramientas como los planes de seguridad del agua y del saneamiento se presentan como instrumentos prácticos para identificar, gestionar y reducir riesgos, desde la fuente hasta el punto de consumo y a lo largo de toda la cadena del saneamiento. Lejos de reemplazar la inversión en infraestructura, estos enfoques buscan mejorar el rendimiento, la fiabilidad y la resiliencia de los activos.
El seguimiento y el uso de datos se plantean como pilares fundamentales de este enfoque sistémico. La estrategia reafirma la relevancia del seguimiento a escala mundial y nacional mediante plataformas como el Programa Conjunto de Monitoreo OMS/UNICEF y GLAAS, que permiten vincular los niveles de servicio con la capacidad de los sistemas y la financiación. Asimismo, la OMS propone avanzar hacia un conjunto de indicadores más ágil y útil para la toma de decisiones, incorporando aspectos como la continuidad del servicio, la solidez de los sistemas y la resiliencia frente al cambio climático. Esta información está pensada para fortalecer la regulación, orientar las prioridades de inversión e identificar vulnerabilidades antes de que deriven en interrupciones del servicio.
El cambio climático forma parte de la estrategia como uno de los principales factores de riesgo para las infraestructuras de agua y saneamiento. En este contexto, la OMS llama a integrar de forma sistemática la gestión del riesgo climático en los estándares, las herramientas operativas y los sistemas de seguimiento, así como a incorporar el agua y el saneamiento en los planes nacionales de adaptación. El documento también destaca la necesidad de contar con servicios fiables de agua, saneamiento y gestión de residuos en instalaciones y entornos vulnerables a emergencias, donde el buen funcionamiento de la infraestructura es clave durante brotes de enfermedades y fenómenos meteorológicos extremos.
Para el sector del agua, el mensaje es claro: la inversión en infraestructuras sigue siendo imprescindible, pero su valor se medirá cada vez más en función de la seguridad, la fiabilidad, la resiliencia y un rendimiento respaldado por datos. Al alinear los activos con marcos de gobernanza y sistemas de seguimiento más sólidos, la OMS busca impulsar sistemas de agua y saneamiento mejor preparados para resistir perturbaciones y ofrecer servicios fiables en un entorno operativo cada vez más incierto.





