Un estudio pionero realizado en 121 países ha concluido que las personas sin acceso a agua potable tienen muchas más probabilidades de padecer hambre, una relación que se mantiene incluso en las naciones más ricas y que exige replantear de manera profunda cómo el mundo aborda las políticas de alimentación y agua.
La relación entre la falta de agua potable y el hambre puede parecer intuitiva, pero durante décadas los responsables políticos y las organizaciones humanitarias los han tratado como problemas separados, gestionados por ministerios distintos, financiados con presupuestos distintos y medidos mediante indicadores distintos. Un importante estudio publicado en Nature Food cuestiona este enfoque fragmentado con algunas de las evidencias globales más exhaustivas reunidas hasta la fecha.
Lo más relevante es que esta asociación se mantuvo en todos los niveles de renta nacional, desde países de renta baja en África oriental hasta países de renta alta en América del Norte
La investigación, dirigida por científicos de la Universidad del Sur de California (USC) y el Instituto Internacional de Gestión del Agua (IWMI, por sus siglas en inglés), se basa en las respuestas de 124.003 personas de 121 países, recogidas a través de la Encuesta Mundial de Riesgos de la Fundación Lloyd's Register. Su principal conclusión es tan llamativa como sencilla: las personas que se quedaron sin acceso a agua potable durante más de un día en el último año tuvieron muchas más probabilidades de haber pasado también más de un día sin alimentos durante ese mismo periodo. Lo más relevante es que esta asociación se mantuvo en todos los niveles de renta nacional, desde países de renta baja en África oriental hasta países de renta alta en América del Norte.
"Aunque vivas en un país rico, si no tienes acceso a agua potable, es mucho más probable que también tengas dificultades para acceder a los alimentos", afirmó Wändi Bruine de Bruin, autora principal del estudio y catedrática de Política Pública, Psicología y Ciencias del Comportamiento en la Escuela de Políticas Públicas Price de la USC.
Más allá del acceso a los alimentos
Más allá de la cantidad de alimentos disponibles, el estudio abre nuevas líneas de investigación al examinar la seguridad alimentaria, un aspecto de la relación entre el agua y la alimentación que hasta ahora había recibido escasa atención en estudios de gran escala. Los participantes que carecían de agua potable o de alimentos, y especialmente quienes carecían de ambos, tenían más probabilidades de experimentar situaciones que comprometían su seguridad alimentaria, así como una mayor preocupación por la inocuidad de los alimentos que consumían.
Las implicaciones son importantes. Sin agua segura, la preparación básica de los alimentos se vuelve más arriesgada. Lavar frutas y verduras, cocinar y limpiar los utensilios requiere agua que no introduzca contaminación por sí misma. Para los hogares que ya sufren inseguridad alimentaria, un suministro de agua contaminada puede convertir una comida en un riesgo para la salud.
El estudio constató que los países de renta baja, especialmente en África oriental, y los países de renta alta, especialmente en América del Norte, presentaban lo que los investigadores denominan "efectos acumulados". En estas regiones, la combinación de la falta de alimentos y de agua potable generó riesgos para la seguridad alimentaria especialmente elevados.
Un problema sin fronteras
Quizás el hallazgo más incómodo desde el punto de vista político es que la inseguridad hídrica no es una condición exclusiva de los países de renta baja. Los datos muestran que aproximadamente el 10 % de los encuestados en todo el mundo carecía de acceso a agua potable, a alimentos o a ambos recursos. Estados Unidos, Canadá y otros países ricos están representados en esa cifra, lo que recuerda que los déficits de infraestructura, la pobreza y la falta de vivienda generan focos de vulnerabilidad incluso dentro de sociedades prósperas.
El estudio sostiene que ambas crisis deben medirse, planificarse y abordarse de forma integrada y no por separado
Rachael McDonnell, directora general adjunta del IWMI y coautora del estudio, señaló que los resultados ponen de manifiesto un error conceptual de larga data.
"La inseguridad hídrica, la inseguridad alimentaria y la inocuidad de los alimentos se tratan con demasiada frecuencia como desafíos independientes, y se presupone erróneamente que son problemas que afectan únicamente a las naciones de renta baja y media", declaró. "Abordar esta crisis interconectada exige que las instituciones globales, nacionales y locales superen las barreras estructurales y políticas que durante mucho tiempo han dificultado una acción coordinada en el nexo agua, alimentación y salud".
Los investigadores identificaron diversas vías por las que ambas crisis se agravan mutuamente. Factores estructurales como el deterioro de las infraestructuras, las crisis climáticas, la pobreza, el desplazamiento y los conflictos armados suelen debilitar simultáneamente los sistemas de agua y alimentación. A nivel doméstico, la tarea de conseguir agua puede consumir tiempo y recursos económicos que de otro modo se destinarían a la alimentación. A la inversa, cuando los recursos se agotan en la búsqueda de alimentos, puede quedar poco margen para adquirir o potabilizar agua.
Se prevé que el cambio climático intensifique todas estas presiones. La sequía, los fenómenos meteorológicos extremos y la disminución de la disponibilidad de agua dulce harán que la inseguridad hídrica sea cada vez más frecuente en las próximas décadas, con consecuencias en cascada para la agricultura, la seguridad alimentaria y la nutrición.
Un llamamiento a la acción conjunta
El estudio sostiene que ambas crisis deben medirse, planificarse y abordarse de forma integrada y no por separado. Sus autores reclaman una mayor inversión en infraestructuras de agua potable y saneamiento, así como en programas comunitarios de salud pública en las regiones más vulnerables. También instan a los responsables políticos a impulsar una colaboración real entre los sectores del agua y la alimentación, una tarea que requiere eliminar las barreras institucionales que los han mantenido separados durante décadas.
La investigación se suma a un creciente conjunto de evidencias que demuestran que el acceso al agua potable no es únicamente una cuestión de salud y saneamiento, sino también un requisito previo para la nutrición, la seguridad alimentaria y la resiliencia económica de los hogares y las comunidades.
En palabras del propio estudio: "Garantizar el acceso al agua potable es fundamental para mejorar la seguridad alimentaria, reducir los riesgos para la salud y promover comunidades más saludables en todo el mundo".





