Cada año, más de 3 millones de toneladas de lodos de depuradora se aplican en tierras agrícolas del Reino Unido. Esta práctica, vista durante años como una solución económica para mejorar la fertilidad del suelo, podría estar generando un problema invisible: microplásticos, productos farmacéuticos y sustancias químicas persistentes que se infiltran en los suelos y amenazan su salud.
El estudio, realizado por el James Hutton Institute y encargado por la organización ambiental Fidra, advierte sobre los peligros de estos contaminantes no regulados. Los resultados son claros: la presencia de estas sustancias podría estar dañando la biodiversidad y la estructura de los suelos, comprometiendo su capacidad de sostener la agricultura a largo plazo.
Los lodos de depuradora tratados, también conocidos como biosólidos, son un subproducto del tratamiento de aguas residuales. En ellos se encuentra una mezcla de materia orgánica y nutrientes, como el nitrógeno y el fósforo, elementos esenciales para la agricultura. Sin embargo, este material también contiene contaminantes que no se eliminan durante el proceso de tratamiento. Entre ellos se encuentran los microplásticos, partículas sintéticas que afectan la porosidad del suelo y limitan su capacidad de retener agua; las sustancias químicas persistentes, como los PFAS, conocidos como «químicos eternos» por su capacidad para resistir la degradación; y los residuos farmacéuticos, que pueden alterar los organismos presentes en el suelo.

Foto: James Hutton Institute.
El profesor Rupert Hough, autor del estudio, explicó que los efectos de estos contaminantes son más severos para los organismos del suelo que para los seres humanos. Al estar expuestos directamente, la biota del suelo, como las lombrices y otros microorganismos esenciales, sufre consecuencias más graves, lo que afecta de manera indirecta la calidad del suelo y su fertilidad. Hough subraya la necesidad de investigar más a fondo el destino a largo plazo de estos contaminantes y de establecer medidas concretas para limitar su liberación al medio ambiente.
El informe también pone en contexto la falta de regulación del Reino Unido respecto a otros países europeos que ya han implementado políticas más estrictas
Por su parte, la doctora Joanna Cloy, responsable del proyecto en Fidra, hace un llamado a la acción urgente. Según Cloy, la complejidad química de los contaminantes en los lodos y su impacto potencial a largo plazo exigen un enfoque más riguroso y preventivo. Destaca la importancia de actualizar las políticas locales y nacionales, señalando que la actual normativa británica sobre el uso de lodos en la agricultura, vigente desde 1989, solo regula los metales pesados, ignorando la presencia de contaminantes emergentes como los microplásticos y los PFAS.
El informe también pone en contexto la falta de regulación del Reino Unido respecto a otros países europeos que ya han implementado políticas más estrictas. Alemania y Suiza, por ejemplo, han apostado por medidas de control más rigurosas y por tecnologías avanzadas de tratamiento, demostrando que es posible reducir la presencia de estos contaminantes y proteger la salud del suelo.
La investigación deja claro que la salud de los suelos está en juego y, con ella, la capacidad de las tierras agrícolas para sostener la producción de alimentos y equilibrar los ecosistemas naturales. Proteger el suelo es una prioridad urgente, no solo para garantizar la seguridad alimentaria a largo plazo, sino también para preservar los recursos naturales que sustentan la vida en el planeta. El estudio plantea que, con las tecnologías de tratamiento adecuadas y un marco normativo más robusto, es posible reducir los riesgos y evitar daños mayores.
En palabras de Cloy, si el objetivo es lograr una economía circular limpia y sostenible, es indispensable mejorar la calidad de los biosólidos antes de que lleguen a los campos agrícolas. Concluye que actuar ahora no solo es una cuestión de sostenibilidad, sino de responsabilidad hacia las generaciones futuras.