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El horror se extendió desde Osaka (última parte)

Sobre el blog

Miguel Angel Monge Redondo
Ingeniero Técnico Agrícola por la UPM. Autor del libro: Diseño agronómico e hidráulico de riegos agrícolas a presión (2018). Nominado premios iAgua al mejor post (2018), blog y post (2019), blog (2020 y 2021). Líder en número global de lecturas.

Temas

  • horror se extendió Osaka (última parte)

Relato para un verano, cedido por Gean Redmon

(Última parte)

El señor Hisame anduvo vagando por el salón, cabizbajo y con las manos dentro de los bolsillos del batín. Con pasos cortos iba de la puerta a la ventana y de la ventana a la puerta pensando desconcertado en todo lo que estaba ocurriendo, en lo absurdo e increíble de la situación y paradójicamente en la extrema gravedad de la misma. Si este extraño fenómeno se había extendido con tal amplitud y rapidez, realmente toda la vida en el planeta se encontraba en un gravísimo peligro. No deseaba entrar en detalles de lo que podría ocurrir y de la manera en que iba a afectar a la civilización este trágico hecho porque pensaba que al final, gracias a la tecnología, se encontraría una solución. Miró de nuevo por la ventana. Afuera seguía lloviendo con intensidad y no se apreciaba movimiento en la calle, ni personas, ni coches. El único movimiento lo producían las miles de gotas de lluvia que impactaban sobre los charcos formados en las aceras. Levantó la vista hacia las ventanas del edificio de enfrente. Observó que en uno de los pisos un pequeño perrito blanco con machas marrones ladraba desesperadamente junto al cristal de la ventana de un balcón. De vez en cuando se retiraba hacia el interior del piso y volvía a aparecer para seguir ladrando. Daba la impresión de encontrarse realmente inquieto. El señor Hisame estuvo unos minutos observándolo esperando ver a alguna persona tras él que le reconfortara, pero no apareció nadie. Pobre animal –pensó- debe de encontrarse solo.

Sintió la boca seca. Fue a la cocina y sacó de la nevera una lata de cerveza bien fría para calmar la sed. Cuando la inclinó sobre el vaso no cayó nada. Extrañado agitó la lata y apareció por sorpresa un pegote grumoso de color verde que quedó colgando de la abertura. –Esto no puede ser –exclamó desconcertado apartando la lata-… ¿También aquí?-. Nervioso, abrió la puertecilla del congelador y extrajo la bandeja de los cubitos de hielo. Dio un paso atrás cuando vio en cada hueco de la bandeja un dado viscoso de color verde pálido. Entonces un presentimiento hizo que girase la cabeza hacia el rincón donde se encontraba la pecera. Levantó las cejas y abrió los ojos cuando vio los dos peces oro inmóviles, petrificados. Al aproximarse a la pecera comprobó que alrededor de sus bocas pequeñas burbujitas de aire habían quedado atrapadas en el interior de una masa gelatinosa que les envolvía, dejando constancia de un último y desesperado intento por sobrevivir.

El señor Hisame tuvo un repentino desvanecimiento, apoyó las manos en el respaldo de la silla. Intentó tragar saliva, pero no pudo. Con la respiración agitada y los brazos temblorosos volvió al salón titubeando. Cuando cruzaba por delante del espejo se detuvo y miró. No lograba ver enfocada su imagen en él, todo se encontraba demasiado oscuro. Se acercó hasta casi tocar el espejo con su nariz. Fue entonces cuando tuvo constancia, con verdadero terror, que su cuerpo también estaba cambiando. Observó con pavor cómo sus ojos perdían consistencia, cómo se reblandecían. Gritó…volvió a gritar, gritó sin parar hasta que finalmente su voz cedió y terminó por languidecerse, perdida en un lejano susurro, lejos, cada vez más lejos…

Mientras tanto, en la calle, había dejado de llover. La ciudad parecía encontrarse sumergida en una extraña serenidad. Desde las nubes colgaban hasta el suelo miles de finos hilos verdes que se balanceaban y entrelazaban caprichosamente unos con otros mecidos por una suave brisa. Era algo realmente impactante y a la vez hermoso. Si pudiésemos ascender por encima de los tejados, nos daría la impresión de que esos miles de hilos, que brillan fugazmente iluminados por una tímida claridad, en vez de estar suspendidos del cielo, se elevan hacia él…

¡Plaf!... ¡Tzum! Carlota cerró de golpe el libro y lo lanzó un par de metros cayendo sobre el edredón de su cama. De sus finos labios brotó un minúsculo resoplido de desaprobación. Se reclinó en el sillón, entornó los párpados y cruzó las piernas. Había leído varios relatos de libros de bolsillo que escogía al azar de la habitación de su hermana mayor, pero éste le pareció demasiado espantoso e inquietante. A su hermana le apasionaban estas historias, a ella no, si bien la curiosidad le incitaba a leer de vez en cuando alguna.

Se levantó, recogió el libro y lo dejó cuidadosamente en la estantería donde lo tomó prestado. Bajó las escaleras a saltos y entró en la cocina. Tenía ganas de beber. A través de la tendina del amplio ventanal se filtraba tamizada la cálida luz de un caluroso atardecer de julio. Tomó del interior de uno de los armarios un fino vaso de cristal y lo colocó bajo el grifo, cuyo cromado brillaba con luminosa intensidad. Con la otra mano asió la manilla. Así estuvo unos segundos, mirando sin pestañear la mano que sujetaba el vaso. Cuando se decidió, levantó lentamente la manilla, y del caño surgió un chorro de fresca, pura y transparente agua.

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