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Queridos reyes magos, quiero un río sano

  • Queridos reyes magos, quiero río sano

Jasmine contemplaba inmóvil las hermosas vistas que tenía desde una ladera cercana a su casa. Vivía en un humilde barrio, La Chorrera, pero ella se sentía una privilegiada. Divisar el Océano Pacífico perdiéndose en el horizonte era algo asombroso para una niña de ocho años. A su derecha, las vistas de los rascacielos le producían más admiración si cabe. La ciudad de Panamá tenía un skyline más propio de una ciudad europea o del mismo Nueva York que de una ciudad centroamericana. Le gustaba perderse en esas vistas un rato cuando salía del colegio. Solo había algo que le producía rechazo y tristeza, el río Matasnillo, el cual discurría a escasos metros y era un vertedero que transportaba toda clase de basuras. Jasmine trataba de perder su mirada en el mar, para evitar ver el río, pero no le era posible, ya que había algo que no podía evitar, el hedor que le llegaba desde ese flujo de aguas malolientes. En ese momento, siempre recordaba a su abuelo Ramón, un gran orador, que contaba que de pequeño jugaba con sus amigos en ese río, e incluso, bebía de sus aguas. Jasmine no podía evitar fantasear con las bonitas historias e imágenes que su mente había construido y  pasaba horas soñando con poder vivir algún día esas situaciones junto a su hermana Alba.

Llegó la navidad, y Jasmine escribió una carta a los reyes magos

“Queridos reyes magos, llevo años soñando y fantaseando con recuperar el estado inicial de mi amado río. Este año, a pesar de haber sacado muy buenas notas en el colegio, no quiero un juguete como el año pasado, solo quiero que el agua del río vuelva a estar limpia y pueda ver los peces que viven en él”

Días después, cuando Jasmine creía que los reyes magos no habían recibido su carta, o habían tenido tanto trabajo que no habían podido concederle su único deseo, su maestro Don Ramiro, trajo a clase a su hermano, un conocido ingeniero. Éste contó a Jasmine y el resto de los niños de la clase, todo lo que un ingeniero podía hacer con sus conocimientos, puentes, túneles, presas, depuradoras, redes de abastecimiento, de saneamiento… pero Jasmine que era una niña muy curiosa, y que seguía fantaseando con poder jugar en el río, levantó la mano y preguntó, “Señor, nuestros ríos están muy sucios. ¿Qué pueden hacer los ingenieros para que podamos jugar en ellos?”. El ingeniero le respondió con una bonita sonrisa en la cara, “Podemos construir una instalación que evite que todos los residuos acaben en ellos”. Todos los niños de la clase abrieron los ojos como platos. ¿Eso que será? Se preguntaban. Se imaginaban una especie de monstruo gigante que se comía todos los residuos que se arrojaban al río. El ingeniero, no pudo evitar sonreir al ver sus expresiones. Les explicó que era un enorme depósito, donde se almacenaban las primeras aguas de lluvia que eran las más contaminantes, y  que cuando terminaba de llover, esas aguas se llevaban a la depuradora para evitar que acabaran en el río. Oooohhhh! Exclamaron todos los niños. El ingeniero finalizó la lección diciendo, “Aquí en nuestra ciudad, vamos a hacer gracias al gobierno de Panamá, que ha aprobado el Plan de infraestructuras para la mejora de las aguas del río Matasnillo, una gran red de tanques de tormentas”. Jasmine muy emocionada, sintió que al fin los reyes magos habían podido concederle su deseo. Su imaginación empezó a volar nuevamente. Comenzó a soñar con ayudar y formar parte en el proyecto que contaba el ingeniero.

Eran las cinco de la tarde. Sonó el timbre. Jasmine, emocionada, corrió como nunca lo había hecho hacía su casa. Llamó al timbre, su abuelo Ramón le abrió la puerta, y Jasmine le dijo, hablando a trompicones con motivo de la carrera que se había pegado: “¿sabes que, Abuelo? Ya voy a poder jugar en el río como la hacías tú” Su abuelo la miró, sonrió, la abrazó y no pudiendo evitar caer una lágrima, le dijo: “¿quieres que vayamos a la ladera a ver el mar juntos?”

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