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Desertificación o cómo un territorio pierde su capacidad para producir y albergar agua

Sobre el blog

Jaime Martínez Valderrama
Doctor Ingeniero Agrónomo por la Universidad Politécnica de Madrid y especialista en Desertificación y modelos de simulación. Investigador postdoctoral en Desertificación de la Universidad de Alicante

Publicado en:

Portada iAgua Magazine
  • Desertificación o cómo territorio pierde capacidad producir y albergar agua

En las zonas áridas –o tierras secas–, la productividad está limitada por la falta de agua. Ocupan el 45% de la superficie terrestre –cuota que crece según se calienta el planeta–, y en ellas vive un tercio de la población mundial, incluyendo la más pobre. La desertificación es la degradación de estas zonas como consecuencia de variaciones climáticas (p.ej. sequías) y actividades humanas inadecuadas (p.ej. presión excesiva sobre los recursos).

A la escasez de las precipitaciones se une su variabilidad, tanto espacial como temporal. Replicando las estrategias que las especies animales y vegetales utilizan para sobrevivir en estos parajes, el carácter de los habitantes de estas tierras es oportunista. Se trata de aprovechar los períodos de bonanza para crear reservas que ayuden a sobrellevar los inciertos períodos de carestía. El pastoreo nómada es un claro exponente de esta gestión. Los rebaños se mueven por el paisaje al ritmo de las lluvias, que dejan tras de sí un reguero de pastos que el ganado va convirtiendo en un almacén móvil de proteína. Por otra parte, la diversificación de cultivos aumenta las opciones de aprovechar la época de cultivo, de duración variable, aunque se penalice el rendimiento máximo.

Este oportunismo, aliado a medios de producción que alteran el medio como nunca antes en la historia de la humanidad, desencadena graves episodios de degradación. En el ámbito de la desertificación, y especialmente en el Mediterráneo, estos procesos se han relacionado con la eliminación de la cubierta vegetal (sobrepastoreo, tala o exceso de laboreo) y la erosión, que conlleva la pérdida de un gran almacén de agua, el suelo, además de otros graves impactos, como es la emisión de carbono a la atmósfera y el deterioro de la fertilidad. Sin embargo, y a pesar de la íntima relación entre el agua y la desertificación, los expolios hídricos que se propagan por las zonas áridas, no han merecido tanta atención y suelen quedar fuera de los radares que monitorizan la desertificación.

Los expolios hídricos que se propagan por las zonas áridas suelen quedar fuera de los radares que monitorizan la desertificación

La Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación alberga visiones contrapuestas con relación a las estrategias para atajarla. Por un lado, los países desarrollados consideran que tiene una vocación ambientalista, dirigida a restañar las heridas infligidas al territorio durante décadas. En este contexto sobresalen las políticas de restauración forestal. Por otro, los países o regiones menos desarrolladas la interpretan como una Convención desarrollista, en la que es prioritario espantar la pobreza y crear riqueza. Es aquí donde la explotación de los recursos hídricos, que resulta en el reverdecimiento de paisajes ocres poco proclives a albergar masas vegetales densas, se percibe como un freno a la desertificación. Sin embargo, el coste ambiental de dichas actuaciones suele ser muy alto. El agotamiento de las masas de aguas subterráneas, que tardaron siglos o milenios en acumularse, la salinización de los acuíferos costeros, o la desaparición de grandes lagos endorreicos, son las evidencias más palpables de la degradación asociada a un regadío depredador. Esta degradación, en muchos casos irreversibles, forma parte de la desertificación.

La Neutralidad de la Degradación de las Tierras, enmarcada en la meta 15.3 de los ODS, es el vehículo ideal para planificar un uso integral y sostenible de los recursos hídricos. Se trata de reconocer el papel fundamental del regadío, pero restringiendo su extensión. Debe preocuparnos la sostenibilidad económica del sector agrario, pero sin poner en juego la seguridad hídrica del territorio. Pretender anular la variabilidad propia de las zonas áridas, y que estos ecosistemas funcionen como otros mucho más húmedos, no solo no ayuda a combatir la desertificación, sino que la agrava. La ordenación del territorio y el cumplimiento de las leyes son algunas de las soluciones para un problema complejo que requiere la participación de todos los afectados.

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