«Locura: hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes» (Albert Einstein)
En la crónica de la gran inundación de 1957, donde el nivel del agua llegó a alcanzar hasta 5 metros de altura en algunos sitios, y que provoco la muerte de más de 85 personas (hasta 300 según otras fuentes), puede leerse: “La falta de sistemas de alerta temprana y la limitada infraestructura de drenaje agravaron la situación. Las comunicaciones se interrumpieron, y muchas áreas quedaron incomunicadas. Las autoridades locales y los servicios de emergencia se vieron desbordados por la magnitud del desastre.”
En la inundación producida por la DANA2024, es decir, casi 70 años después, se puede repetir exactamente el mismo diagnóstico. El objetivo de este artículo es que la próxima DANA, que sin duda se repetirá dentro de menos años de los que nos gustaría, no volver a poder emitir el mismo diagnóstico.
El evento extremo de la DANA de 2024 se explica por una combinación de factores interrelacionados, pero lo grave es que se ha repetido frecuentemente en los últimos siglos y en un escenario de cambio climático se prevé que será todavía más frecuente, intenso y extenso. Las precipitaciones extremas fueron uno de los principales desencadenantes. Lluvias torrenciales de hasta 800 litros por metro cuadrado en solo 4 horas provocaron crecidas rápidas y devastadoras, saturación del suelo y acumulaciones de agua de hasta 6 metros en zonas previamente secas.
Además, se produjeron fallas en las alertas tempranas, en los protocolos y en la planificación preventiva. Las alertas se emitieron a las 7:36 de la mañana, dejando un margen de tiempo insuficiente para actuar. En muchas áreas, la información no llegó a toda la población hasta las 8 de la tarde, cuando las precipitaciones críticas ya habían pasado. La emisión de estas alarmas con al menos un día de antelación habría permitido tomar decisiones preventivas más claras, como la suspensión de clases en escuelas, universidades y centros de formación; la parada de actividades en empresas e industrias; la adaptación del transporte público; el refugio en zonas más altas; evacuar residencias de ancianos; y la recomendación de evitar vehículos privados. La falta de planes preventivos integrados dejó a la población sin claridad sobre cómo actuar, lo que agravó el impacto del evento.
A esto se sumó la deficiencia en la señalización de zonas inundables. Áreas residenciales completas, incluidas residencias de ancianos, estaban ubicadas en zonas de alto riesgo sin una identificación adecuada. La población desconocía el grado de vulnerabilidad de sus viviendas y comunidades, lo que incrementó la exposición al desastre.
Otro factor importante fue la carencia de una planificación urbanística integral. La planificación se ha realizado principalmente a nivel municipal, sin una visión coordinada a escala comarcal. Esto ha resultado en un desarrollo descoordinado, con infraestructuras y asentamientos situados en áreas de alto riesgo. La ausencia de estrategias integradas limita la capacidad para gestionar de forma efectiva los riesgos asociados a fenómenos climáticos extremos.
Finalmente, el cambio climático desempeñó un papel central. Un mes de agosto anormalmente cálido creó condiciones que exacerbaron la intensidad de este evento extremo, como han señalado Climameter y el World Weather Attribution. Estos fenómenos son y serán cada vez más frecuentes y severos, por lo que urgente implementar medidas de adaptación y mitigación para enfrentar el cambio climático.
Una recuperación sostenible tras la tragedia de la DANA en Valencia debe enfocarse en múltiples frentes para garantizar resiliencia, sostenibilidad y bienestar para las comunidades afectadas y en conseguir una región más preparada, equitativa y resiliente frente a futuros desafíos. En este sentido, hay que transformar la tragedia en una oportunidad para diseñar un futuro más sostenible y con menor riesgo.
La reparación de infraestructuras debe realizarse bajo criterios de resiliencia climática, asegurando que carreteras, puentes, sistemas de transporte y servicios básicos sean reconstruidos con diseños adaptados a fenómenos climáticos extremos. Es imprescindible integrar soluciones basadas en la naturaleza, como sistemas de drenaje urbano sostenible (SUDS), la implementación del concepto de «ciudad esponja» para maximizar la absorción del agua en entornos urbanos, y la creación de zonas de amortiguación fluvial y parques fluviales que mitiguen los impactos de futuras lluvias torrenciales.
La planificación urbanística sostenible es otro pilar clave. Esto incluye la revisión y actualización de los planes urbanísticos para incorporar mapas de riesgo de inundaciones, restringir las construcciones en zonas inundables y fomentar la creación de corredores ecológicos que reduzcan la presión del agua en áreas vulnerables. Además, se debe considerar la retirada estratégica y gestionada de áreas urbanas altamente vulnerables, especialmente aquellas situadas en zonas de alto riesgo de inundación recurrente, para permitir la recuperación natural de los ecosistemas y minimizar los daños futuros. Estas áreas pueden transformarse en espacios verdes o reservas naturales, además se deben de restaurar ecosistemas naturales, como humedales y bosques, que actúan como barreras naturales frente a fenómenos climáticos extremos.
.jpg)
Imagen: Observatorio de Sostenibilidad.
En el ámbito energético, se debe fomentar las comunidades energéticas y el autoabastecimiento que permitan a los ciudadanos generar y compartir energía limpia mediante paneles solares en tejados y otras infraestructuras. Estas iniciativas reducirán la dependencia de combustibles fósiles, y contribuirán a mitigar el alto coste de la energía, transformando el modelo energético hacia uno más sostenible.
El transporte público también debe ser una prioridad en la recuperación, hemos visto más de 100 mil coches afectados, lo que supone dos veces los coches que se matriculan anualmente en la comunidad autónoma. La mejora y expansión de la red de transporte público permitirá reducir la dependencia del vehículo privado, contribuyendo a la descongestión del tráfico y a la disminución de emisiones de gases contaminantes. Es necesario diseñar una movilidad sostenible que incluya opciones accesibles y eficientes, como sistemas de bicicletas públicas, carriles exclusivos para autobuses y transporte eléctrico.
Por otra parte, el apoyo económico y social a las personas afectadas es imprescindible. Esto implica ofrecer ayudas para la reconstrucción de viviendas y negocios, priorizando proyectos sostenibles y seguros. También deben implementarse programas de reubicación para quienes residan en zonas de alto riesgo, así como asistencia psicológica y social para los afectados, con especial atención a los colectivos más vulnerables.
El fortalecimiento de sistemas de alerta temprana y la redacción de protocolos detallados de emergencia es esencial. Esto incluye el desarrollo de tecnología avanzada para predicciones meteorológicas más precisas, la creación de planes de emergencia comunitarios con simulacros periódicos y formación ciudadana, y el establecimiento de redes de comunicación efectivas que permitan la difusión inmediata de alertas. También deben de etiquetarse cada una de las viviendas y edificaciones en función de la inudabilidad para que tanto el propietario o el inquilino o el posible comprador conozca exactamente cuál es el riesgo exacto que puede tener.
La recuperación debe contar con la participación de la ciudadanía, como se ha visto en la ejemplar lección de solidaridad ofrecida por docenas de miles de voluntarios, integrándola en los procesos de planificación y toma de decisiones para garantizar que las soluciones se ajusten a sus necesidades reales. Asambleas ciudadanas unidas a otras formas de representación ciudadana pueden desempeñar un papel crucial en la promoción de prácticas sostenibles y en la supervisión del progreso de las medidas adoptadas.
Además, la adaptación al cambio climático y la mitigación de sus efectos deben ser ejes centrales en la recuperación.
Es indispensable establecer políticas económicas sostenibles, ofreciendo incentivos para que las empresas adopten prácticas respetuosas con el medio ambiente y fomentando empleos verdes en áreas como la reforestación, la restauración de ríos y la mejora de infraestructuras. Estas acciones, combinadas con un monitoreo constante y la evaluación de las medidas implementadas, garantizarán que las estrategias adoptadas se ajusten a las lecciones aprendidas y a las nuevas condiciones climáticas.
La recuperación tras la DANA no solo debe centrarse en reparar los daños, sino también en convertir esta tragedia en una oportunidad para transformar la región en un modelo de sostenibilidad y resiliencia. València podría posicionarse como un referente en la implementación de soluciones innovadoras y sostenibles, sirviendo como ejemplo para otras regiones de Europa que enfrentan retos similares debido al cambio climático. Este enfoque permitiría no solo proteger a la población y el entorno, sino también demostrar que la sostenibilidad y el progreso pueden ir de la mano, construyendo un futuro más justo y preparado para las generaciones venideras.
El principal riesgo que se cierne sobre esta recuperación es volver a hacer lo de siempre. Desgraciadamente, los planes de volver a construir en primera línea de costa y en zonas inundables en el interior son más de lo mismo.
Como señalaba Einstein: Si queremos resultados diferentes, no hagamos lo de siempre.