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El mago Menelik

  • mago Menelik

Los primeros rayos de sol le hacen cosquillas en la nariz y se despierta divertido, pero eso significa que es hora de levantarse y a Menelik ya no le parece tan gracioso. Todavía está cansado y tiene náuseas. Se levanta despacio para no despertar a la pequeña Alika. Su respiración sigue siendo tranquila y acompasada. Está profundamente dormida. Menelik arrastra los pies hasta la zona de aseo para lavarse. A mamá le gusta que estén bien limpios para desayunar y empezar el día. A él no le gusta lavarse con agua fría, pero siempre hace que se sienta más despierto. Coge una de las pastillas oscuras de jabón que les trajo aquella señora del chaleco rojo y la observa con detenimiento. «Volveremos a vernos en unos días. Feliz Navidad» les dijo.

Menelik se va preparando para sentir el frío sobre la piel, pero no se había dado cuenta hasta entonces de que no quedaba agua en el cubo. Él es el mayor y hasta que Alika no cumpla la edad suficiente para hacer el camino sola al pozo y cargar con el bidón, es el encargado de que haya agua en casa. El pequeño empieza a sentirse responsable por no haberse dado cuenta de que se había terminado el agua. «¿No quedaba ayer suficiente? ¿Es qué alguien decidió lavarse por la noche? Quizás papá llegó demasiado sucio de trabajar y no quiso desagradar a mamá.» piensa.

Se prepara deprisa para salir cuanto antes de casa con el bidón amarillo vacío en una mano y una torta de pan en el bolsillo. El camino hasta el pozo es largo y quería estar de vuelta lo antes posible para poder llegar a tiempo a las últimas horas de clase en la escuela. No quería perderse la clase de matemáticas. Menelik disfrutaba haciendo cálculos y, para él, saber utilizar fórmulas matemáticas era lo más parecido a la magia que había conocido. Cuando conseguía dar con el resultado correcto se sentía como un mago. «El mago Menelik» pensó sonriendo.

Durante el trayecto se entretenía haciendo multiplicaciones, divisiones, sumas y restas mentales. Empezaba a sentir calor y tenía la boca pastosa. Menelik tenía sed. No había bebido agua desde anoche, pero sabía que tenía que esperar a llegar al pozo. Muchos habían caído en la tentación de beber de alguna de las charcas, pero él sabía que era peligroso y no quería sufrir la misma suerte que su vecino Zareb. Cólera decían que se llamaba a lo que les pasaba si bebían de aguas turbias.

Menelik ya había hecho la mitad del camino y ahora fijaba su atención en las grandes maquinas que trabajaban al fondo del paisaje. No sabía de qué mundo venían esas máquinas, pero se llevaban sus árboles. En la escuela ya les habían hablado de la fotosíntesis. «Quizás en su mundo no tenían suficiente oxígeno y necesitaban coger prestados sus árboles. Sí, eso era lo más lógico. Seguro que los devolverían más adelante a su sitio» razonó.

Cuando por fin llegó al pozo había 5 mujeres haciendo cola. Menelik esperó paciente a su turno y reconoció a una de las mujeres que ya emprendían su camino de vuelta a casa cargando con el pesado bidón sobre su cabeza. Johari se dirigía hacia él con cara sombría «Lo siento Menelik. Apenas había agua suficiente para tres. Tendrás que ir al siguiente pozo a probar suerte.»

Menelik se despidió de ella cabizbajo y permaneció observando el suelo durante unos segundos. Tendría que seguir caminando, pero si se daba prisa quizás aún estaba a tiempo de llegar a la escuela. No era momento de rendirse y tampoco era la primera vez que eso pasaba. Solo serían unos kilómetros más.

Otra vez empezó a sentir esos molestos calambres en las piernas. Pero no le iban a frenar, no. Tenía que seguir andando y llegar cuanto antes. La sed ya se había hecho insoportable y no podía dejar de imaginarse bebiendo. Sí, tenía que darse prisa. Menelik agudizó el oído. Estaba escuchando el sonido de un motor a lo lejos. El sonido era cada vez más claro y escuchó como el motor aceleraba. Se giró movido por su instinto y vio como un artillado se detenía a escasos metros de él. De su interior bajó un hombre armado y se quedó observándole.

Menelik no era capaz de articular palabra. Tampoco quería pestañear para no perder detalle de aquella camioneta. En la parte trasera viajaban tres niños armados de mirada vacía. Ninguno le miraba a los ojos. En ninguno podría encontrar complicidad a pesar de no ser mucho mayores que él. «Niños soldado» les llamaban. Niños que ya no parecían niños. El hombre seguía examinándole sin hablar. Menelik tenía la sensación de que estaba estudiando su alma. Y entonces, cuando ya parecía haberse aprendido su interior de memoria le hizo un gesto para que subiera.

Menelik obedeció sin hablar. Ya que más daba. «El mago Menelik» no llegaría a la clase de matemáticas.

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