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Los cinco de Ridley

Sobre el blog

  • cinco Ridley

Nunca oirán hablar de mí. Pero mi papel aquellos días fue, como el de muchos otros, clave. El sol de julio hacía mella en las ajetreadas calles de Philadelphia. Hacía tiempo que el rio Delaware dejó de ser de fiar para nuestros solemnes invitados. Solo los feroces mosquitos eran ya capaces de acercarse a su orilla. Los comerciantes y mercaderes de las calles aledañas lo llamaban despectivamente Malaware y solo lo utilizaban para deshacerse de todo aquello que no podían vender. El negocio del verano de 1776 había girado hacia el oeste, en el cruce del camino a Springfield. Allí empezaba el ascenso a Ridley Creek, aquel arroyo de agua cristalina donde los nativos ascendían cada tercera luna llena del año.

Thomas me mando allí el 3 de julio. La ocasión lo merecía. “Brindaremos con ese agua” me dijo. Aseguraba que aquel encargo que se traían entre manos los cinco era importante. “Nos recordaran por décadas” decía. Llevaban reunidos varios días elaborando aquel dichoso documento. Yo sabía que algo gordo tramaban. Eso sí, nunca llegué a imaginar el verdadero alcance de nuestro cometido en ese salón oscuro de aquella ciudad norteña.

El sol no calentaba todavía cuando llegué de vuelta a la mañana siguiente. Los recipientes aun mantenían aquella temperatura gélida del arroyo. “Un galón bastará” me había indicado alegremente Benjamin antes de partir. Yo había cargado tres. Conocía los riesgos del camino e intuía la importancia del encargo. Cuando llegué Thomas me estaba esperando. “Está listo” me dijo.

Entonces fui a por las copas. Resguardadas en una antigua vitrina de madera, aquellos recipientes parecían traídos desde la misma Silesia. Nunca he vuelto a ver un brillo semejante. Al entrar de nuevo en el salón pregunté. O quizá fue una reflexión en voz alta. ¿Qué es tan importante como para necesitar un galón de Rydley? Los cinco me miraron. “Algún día, Abraham, tu hijo entenderá lo que aquí hoy hemos conseguido”, dijo finalmente Thomas. Entonces los cinco alzaron las copas con agua de Rydley y, mirándome, brindaron en silencio.

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