Las graves inundaciones que han afectado a la ciudad de Málaga durante la jornada del 13 de noviembre nos recuerdan que estos fenómenos no son algo nuevo en la provincia. A lo largo de los siglos, Málaga ha sufrido diversas inundaciones, a pesar de que la topografía de su costa facilita una evacuación más rápida de las aguas, reduciendo así la gravedad de las inundaciones frente a lluvias torrenciales. Un acontecimiento especialmente devastador fue la inundación de 1907, cuando el río Guadalmedina se desbordó, provocando tanto pérdidas humanas como daños materiales masivos en la ciudad. Este desastre impulsó la construcción de las primeras infraestructuras para mitigar el impacto de futuras inundaciones, como las presas y las canalizaciones en dicho río.
En las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado, se siguieron implementando medidas e inversiones para controlar las crecidas, como el embalse de El Limonero, una infraestructura clave para contener las aguas del Guadalmedina y reducir el riesgo de inundación en la ciudad. Con un caudal de avenida de 1.238 metros cúbicos por segundo (m³/s), este embalse ha demostrado su capacidad para manejar grandes volúmenes de agua durante lluvias extremas. Sin embargo, las intensas lluvias de 1989 y 2007 evidenciaron que, a pesar de estas inversiones, las infraestructuras existentes no eran suficientes para hacer frente a lluvias torrenciales concentradas en cortos períodos de tiempo.
Como respuesta, las autoridades locales impulsaron proyectos de mejora en el encauzamiento de arroyos como el de Los Pilones y el río Campanillas, y realizaron mejoras en la red de drenaje urbano. Zonas críticas como los barrios de El Palo y Miramar fueron objeto de modernización de sus redes pluviales para mejorar el drenaje en caso de lluvias fuertes. Además, se llevaron a cabo reformas importantes en el colector histórico de la calle Carretería y en las infraestructuras de saneamiento de la zona este de la ciudad, lo que ha sido fundamental para mejorar el drenaje y prevenir inundaciones más graves. A pesar de estos esfuerzos, algunas áreas de la ciudad, como los barrios cercanos al río Guadalhorce, Guadalmar, San Julián y zonas de Churriana, siguen teniendo un alto riesgo de inundación y necesitan seguir recibiendo inversiones para mejorar sus sistemas de drenaje y prevención.
Por otro lado, tanto la Demarcación Hidrográfica de las Cuencas Mediterráneas Andaluzas como el resto de administraciones han invertido en sistemas de monitoreo en cuencas y redes fluviales. Estos sistemas permiten anticipar las crecidas y activar protocolos de emergencia, lo que ha mejorado la capacidad de respuesta ante estos eventos. Combinados con tecnologías avanzadas de predicción meteorológica, se ha logrado una respuesta más rápida y eficiente por parte de las autoridades, que han podido alertar a la población con antelación.
A pesar de los avances en los sistemas de alerta temprana y de la creciente concienciación ciudadana, el cambio climático está acelerando los fenómenos meteorológicos extremos e imprevistos. Un ejemplo de ello fue el episodio de lluvias torrenciales que afectó a Jimena de la Frontera (Cádiz) el pasado 14 de noviembre, donde el río Guadiaro se desbordó mientras se encontraba en alerta amarilla. Este tipo de eventos nos muestran que además de mejores sistemas de previsión y alerta, medidas enfocadas a elevar la resiliencia de la población son muy necesarias para hacer frente a eventos climáticos cada vez más imprevisibles.
Las inundaciones ocurridas en la ciudad de Málaga y su provincia a lo largo de la historia nos han obligado a aprender y a mejorar nuestras respuestas ante eventos climáticos cada vez más extremos y con mayor potencial destructivo. En este contexto, las futuras estrategias para la gestión de inundaciones deberían seguir enfocándose en acciones que eleven la resiliencia climática de la población y de sus infraestructuras, el uso de tecnologías avanzadas para prever desbordamientos y, por supuesto, revisar nuestro planeamiento urbano y territorial para garantizar una gestión de los recursos hídricos (y naturales) más sostenible y respetuosa con el medio, y evitando la exposición de la población a mayores riesgos climáticos. Todo ello requiere de una gestión integral de todas las acciones dirigidas a la mitigación y adaptación al cambio climático, incluyendo las relativas a la gestión de sequías e inundaciones, y con una efectiva coordinación de todas las administraciones públicas implicadas.
Parece evidente que, aunque las lecciones aprendidas son muchas, quedan aún importantes lecciones por aprender…