Hubo un tiempo, no muy lejano, en que la gestión hídrica se reducía a una mirada de súplica al cielo. Las imágenes de los lechos de los embalses cuarteados —esos polígonos de lodo seco que utilizamos para representar las sequías y que evidencian el fallo del sistema— se convirtieron en el telón de fondo de nuestra realidad. El debate público se centraba en las restricciones y la competencia por un recurso muy escaso.
Sin embargo, el clima ha modificado el escenario. Las precipitaciones, a modo de tren de borrascas, inusualmente intensas y persistentes que se han sucedido durante el invierno, han cambiado radicalmente el escenario. El sonido del agua golpeando los aliviaderos ha sustituido al silencio de las presas vacías. Pero tras este alivio se esconde una trampa psicológica y técnica.
Padecemos de una patología crónica: la amnesia hidrológica. Esa capacidad de olvidar el trauma de la escasez en cuanto un ciclo húmedo limpia el polvo de las calles y el agua deja de ser una preocupación
Nuestra memoria es tan volátil como el régimen de lluvias, y esa fragilidad es nuestra mayor debilidad y amenaza.
La paradoja de la gestión reactiva
Gestionar el agua cuando los niveles rozan el límite crítico es, paradójicamente, sencillo en su ejecución: se activan los planes de emergencia, se prohíbe el riego, se restringe el consumo de agua y se buscan soluciones de urgencia a golpe de decretos de emergencia y de presupuestos extraordinarios.
La verdadera excelencia técnica es tener la capacidad de gestionar desde la abundancia. Por eso, es ahora, con los indicadores de las reservas globales en niveles de normalidad, cuando necesitamos impulsar soluciones estructurales para implementar infraestructuras de resiliencia.
No debemos ver el estado actual de nuestras reservas como un estado de gracia permanente, sino como un "tiempo muerto" que el clima nos ha regalado
Es un cheque en blanco que no podemos malgastar replicando modelos de consumo que ya han demostrado sus grietas. Si hoy nos relajamos, seremos cómplices de la próxima crisis.
El balance de activos: Cuenta corriente vs. Cuenta de ahorros
Para entender el desafío, debemos mirar más allá de lo que vemos. Tendemos a obsesionarnos con los embalses porque son visibles y tangibles: representan nuestra "cuenta corriente" hídrica. Pero bajo nuestros pies existe una infraestructura natural estratégica: los acuíferos. Durante los años de sequía, hemos sobrevivido gracias a extracciones frenéticas de estas masas de agua subterránea para compensar el déficit de lluvia. Las hemos exprimido hasta casi dejarlas secas.
Gestionar desde la abundancia significa, ante todo, detener el estrés hídrico del subsuelo. Ahora que la "cuenta corriente" está saneada, es el momento de permitir que nuestra "cuenta de ahorros" se recupere
Pero la gestión moderna exige ir más allá de la recuperación pasiva. La tecnología permite hoy la recarga gestionada de acuíferos: infiltrar activamente los excedentes de las lluvias en las capas freáticas. Inyectar agua en estas "esponjas subterráneas" evita la pérdida por evaporación y protege el recurso para cuando vengan tiempos de escasez.
De la linealidad a la circularidad: El agua regenerada
El segundo pilar de esta transición es romper con el modelo de "captar, usar y tirar". En un mundo de recursos finitos, ese esquema es un suicidio técnico. La verdadera revolución pasa por convertir el agua regenerada en la protagonista de nuestra economía.
A diferencia de la lluvia, el agua que sale de nuestras ciudades no entiende de estaciones ni de sequías, es un flujo constante y predecible.
Mientras la agricultura y la industria dependan exclusivamente del agua de los ríos y acuíferos, seguiremos siendo esclavos de la meteorología
Si aprovechamos este momento de bonanza hídrica para invertir en las redes que lleven el agua circular allí donde se necesita, estaremos creando un blindaje contra el cambio climático. Un regante que cuenta con agua regenerada es un productor que no teme al cielo.
Transparencia y gobernanza participativa: claves para un cambio de rumbo
Nada de esto ocurrirá si no vencemos nuestra propia naturaleza olvidadiza.
El verdadero reto es vencer nuestra amnesia hidrológica y la transparencia es el antídoto. Necesitamos que el estado de nuestros recursos sea una conversación pública constante, no solo en tiempos de crisis
Debemos crear espacios donde la ciudadanía, el regante y el técnico diseñen el futuro, aprovechando que el clima de hoy nos ha regalado una tregua y permite un diálogo sosegado, más calmado, sin el ruido de la urgencia al que tanto nos hemos acostumbrado.
Nos encontramos en una encrucijada extraordinaria. Tenemos el conocimiento, la tecnología y, por fin, ¡tenemos el agua! Gestionar desde la abundancia es un acto de valentía: es construir el tejado mientras el sol brilla, sabiendo que las nubes, tarde o temprano, volverán a desaparecer y los escenarios de sequía serán los protagonistas.
Hagamos que esta vez sea diferente. Que cuando miremos atrás dentro de diez años, no hablemos de cómo sobrevivimos a otra sequía, sino de cómo aprovechamos un invierno lluvioso para cambiar el rumbo de nuestra historia hídrica para siempre. No desaprovechemos esta oportunidad y pongámonos a buscar soluciones estructurales para lograr mayor resiliencia hídrica pensando en los retos futuros. No podemos perder ni un minuto… ¡Manos a la obra!
"Solo cuando el pozo se seca, aprendemos el valor del agua" (Benjamin Franklin).
