Opinión
Marta Santafé
La opinión deMarta Santafé

Consultora especialista en Medio Ambiente, Sector del Agua y Planificación Hidrológica | Hidrogeóloga | Directiva Marco del Agua (DMA) | Gestión de sequías e inundaciones | ODS 6 | Divulgación | LinkedIn Top Voice Sostenibilidad 2022

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Agua, ética y poder


Confieso que, al sentarme a escribir sobre ética en la gestión del agua, me asaltan muchas dudas y una extraña sensación, como si fuera a abordar un tema que estuviera fuera de toda actualidad. Resulta, cuanto menos, disonante hablar de principios morales en un mundo que parece haberlos descartado. Sin ir más lejos, vivimos en un contexto global marcado por la instrumentalización del agua en los conflictos bélicos: el suministro que se corta como estrategia de rendición, ríos que se contaminan sin remordimiento como un «daño colateral» inevitable y la sed de personas inocentes utilizada como arma de coerción política.

En este escenario, dedicar tiempo a reflexionar sobre la ética del agua podría parecer un ejercicio de ingenuidad, o peor aún, una distracción irrelevante. Sin embargo, estoy convencida de que es todo lo contrario. Es precisamente este contexto de violencia y escasez el que desnuda una verdad incómoda: nuestra tendencia a tratar el agua como un asunto puramente técnico —una cuestión de presas, tuberías, caudales y balances financieros— no es un enfoque neutral. Es, en realidad, un velo.

Ese «tecnicismo» ha servido históricamente para despolitizar decisiones que son profundamente humanas. Cuando aceptamos que la gestión hídrica es solo una cuestión de ingeniería o mercado, nos desentendemos de la responsabilidad de cuestionar por qué algunos tienen acceso al agua mientras otros son condenados a la sed.

Por eso, este artículo no es un manual de ingeniería, ni una reflexión poética sobre el agua. Pretende ser un análisis sobre cómo el agua, el recurso más elemental para la vida, se ha convertido en el espejo donde se reflejan nuestras peores desigualdades.

Es momento de entender que, cuando hablamos de agua, estamos hablando, inevitablemente, de ética y poder.

La máscara de la neutralidad

Solemos ver la gestión del agua a través de unas lentes deshumanizadas. En los despachos y en los informes oficiales, el agua se convierte en «caudal ecológico», «balance de cuenca», «estrés hídrico» o «eficiencia de riego». Este lenguaje, aunque necesario para la ingeniería, es peligroso cuando se usa como un escudo. Nos han acostumbrado a creer que la gestión hídrica es un problema técnico que se resuelve con cálculos, presas y tuberías, un mero ejercicio de aritmética donde, si los números cuadran, la decisión es correcta.

Pero esta pretendida neutralidad es una ficción. Detrás de cada mapa de colores que marca la escasez y de cada hoja de cálculo que proyecta la demanda futura, se esconden decisiones políticas de alto calado

Cuando una autoridad decide priorizar el riego de un cultivo de exportación frente al consumo humano de una población local, no está aplicando una fórmula matemática; está ejerciendo una elección moral.

El concepto de «eficiencia», por ejemplo, se ha convertido en el mantra de nuestra era. Yo misma peco, de manera inconsciente, de utilizarlo como argumento.

La pregunta que nos deberíamos hacer es: ¿Eficiencia para quién? Cuando se tecnifica el riego para ahorrar agua en un sector industrial, pero no se garantiza el saneamiento en un barrio vecino, no estamos gestionando el recurso con responsabilidad; estamos perpetuando una jerarquía.

La técnica, sin una brújula ética, se vuelve ciega

Lo que a menudo llamamos «escasez» es, en muchos casos, una gestión deficiente de la distribución del agua. La escasez física es real y el cambio climático la acelera, pero la escasez social —la que sufren quienes quedan al final de la tubería— es una construcción humana.

Si seguimos tratando el agua solo como un dato, corremos el riesgo de perfeccionar la gestión de un recurso que cada vez llega a menos manos, mientras los ecosistemas que lo generan se agotan bajo nuestra mirada técnica, pero moralmente ausente.

El terreno en disputa: cuatro pilares para una ética del agua

Si eliminamos el velo de la neutralidad técnica, lo que queda al descubierto es un campo de batalla de prioridades. Para gestionar el agua desde la ética, debemos enfrentar cuatro dilemas fundamentales que la ingeniería, por sí sola, no puede resolver.

La justicia distributiva: ¿Quién recibe qué?

El agua no fluye hacia donde la gravedad la guía, sino hacia donde las políticas de poder deciden que debe ir. La gestión actual se pregunta: «¿Cómo llevamos más agua a los lugares de mayor demanda?», pero la ética exige una pregunta previa: «¿Quién merece ese agua?». En un mundo de escasez, cada litro destinado a una industria extractiva o a un monocultivo de exportación es un litro que se le resta a una red de abastecimiento urbano o a un ecosistema local.

No existe una fórmula matemática que dicte que el beneficio económico de una empresa vale más que la salud de una comunidad rural. Esa jerarquía es una decisión política, un valor moral que hemos normalizado. La justicia distributiva nos obliga a cuestionar por qué el acceso a un grifo sigue siendo, en pleno siglo XXI, un privilegio que depende del código postal o del nivel de renta.

Entre el derecho humano y la mercancía

Desde 2010, la ONU reconoció el acceso al agua potable como un derecho humano esencial. Es una declaración noble, pero vacía si no se acompaña de una coherencia operativa. Chocamos aquí con el gran cinismo de nuestro tiempo: tratar el agua como una mercancía transaccional. Es cierto que la captación, el tratamiento y la distribución tienen un costo, pero cuando el «retorno de la inversión» se impone sobre el derecho a la vida, la ética se quiebra. Un sistema que permite que el acceso al agua dependa exclusivamente de la capacidad de pago está sentenciando, de facto, a los más vulnerables a la precariedad. Reconocer el agua como un derecho humano implica, por tanto, aceptar que el Estado tiene una obligación moral —y legal— ineludible, una que no debería estar sujeta a las fluctuaciones del mercado.

La deuda con el mañana: equidad intergeneracional

Nuestra gestión hídrica padece de una miopía crónica: el cortoplacismo. Operamos como si el agua fuera un recurso inagotable o un capital que podemos consumir a nuestro antojo, ignorando que somos simplemente usuarios temporales, no propietarios.

La ética introduce aquí la dimensión del tiempo: ¿Qué derecho tenemos a agotar acuíferos milenarios o a contaminar cuencas fluviales hoy, dejando a las generaciones futuras un entorno degradado y sin capacidad de recuperación? La sostenibilidad no es un adjetivo ecológico; es una obligación ética de no consumir el capital que les pertenece a quienes aún no han nacido.

La democratización del caudal

Finalmente, debemos romper con el hermetismo de la tecnocracia. La gestión del agua suele decidirse tras puertas cerradas, en despachos donde los mapas y los algoritmos sustituyen a las personas. Pero la ética democrática nos recuerda que quienes habitan una cuenca, quienes cuidan sus campos o quienes dependen de sus ríos, poseen un conocimiento —y un derecho— que no puede ser ignorado.

Excluir a las comunidades locales de la toma de decisiones no es solo un error estratégico, es una falta de respeto a la dignidad humana. Necesitamos una gobernanza hídrica que no dicte soluciones desde arriba, sino que integre la voz de los afectados, devolviendo el agua a su estatus de bien común gestionado por y para la ciudadanía.

La urgencia del momento

Podríamos caer en la tentación de pensar que hablar de ética es un lujo reservado para tiempos de abundancia, cuando el agua es un bien barato y accesible. Nada más lejos de la realidad. 

Es precisamente en los momentos de crisis, cuando el agua escasea y el cambio climático presiona, cuando la ética se vuelve la brújula indispensable

Cuando una autoridad debe decidir si cortar el suministro a un barrio pobre o a un campo de golf, no está tomando una decisión técnica; está tomando una decisión moral. El «tecnicismo» muchas veces es solo un velo para ocultar que, en la gestión del agua, alguien siempre está ganando y alguien siempre está perdiendo. Integrar la ética en la gestión implica dejar de preguntar «¿Qué podemos hacer con esta agua?» —la visión de ingeniería— para empezar a preguntar: «¿Qué debemos hacer con esta agua para ser justos, sostenibles y humanos?

El agua como espejo de nuestra responsabilidad

Al comenzar este artículo, admitía que hablar de ética en el contexto actual podía parecer un ejercicio extraño. Sin embargo, al llegar a este punto, esa sensación se ha disipado para transformarse en una convicción: lo extraño no reside en hablar de ética, sino en haber permitido que la gestión de un recurso vital se despojara de ella durante tanto tiempo.

El título de este artículo —Agua, ética y poder— no es solo un enunciado; es un recordatorio de que estamos ante un triángulo inseparable. 

No podemos gestionar el agua sin comprender la ética que subyace a nuestras prioridades, y mucho menos sin auditar el poder que decide quién tiene acceso a ella y quién no

El filósofo Hans Jonas* nos dejó un imperativo que hoy resuena con más fuerza que nunca: «Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra». Si aplicamos este principio a la gestión del agua, la técnica pierde su pretensión de neutralidad. Toda decisión que hipoteque el futuro de un acuífero, que condene a una comunidad a la sed o que priorice el lucro sobre la dignidad básica, se revela, bajo este lente, como un acto éticamente inaceptable.

Deseo que la ética deje de ser un anexo decorativo en los informes de sostenibilidad o un concepto abstracto en los foros internacionales, para convertirse en el eje rector de nuestras políticas hídricas. Gestionar el agua no es —y nunca debería haber sido— solo un desafío de la ingeniería; es, fundamentalmente, un ejercicio de justicia.

Recuperar la ética en la gestión del agua es, en última instancia, recuperar el poder de decidir nuestro futuro común. Porque, al final, proteger cada gota con integridad no es solo una cuestión de supervivencia ambiental; es el acto más profundo de respeto hacia nuestra propia humanidad.

 

* Hans Jonas (1903-1993) fue un filósofo alemán, clave en la bioética y ética ambiental, célebre por desarrollar el «principio de responsabilidad». Su pensamiento se centra en la obligación moral de proteger la naturaleza y las generaciones futuras ante el poder tecnológico.