Para no perder su hegemonía mundial. Es una cuestión de geopolítica y geoestrategia por parte del gobierno del presidente Donald Trump, quien califica de ‘estafa’ el Acuerdo de París, que desde el 2015, promueve la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, limitar el calentamiento global, luchar contra el cambio climático y mejorar la resiliencia y adaptabilidad de las sociedades.
Los Estados Unidos ha tardado mucho en reconocer que sus intereses nacionales y globales, influencia y poder hegemónico se halla fuertemente amenazado por naciones emergentes como China, Rusia e India, que, en una era de economía y tecnologías convergentes, disruptivas, hiperinteligentes y sumamente competitivas, están reacomodando ―sin querer, queriendo— los bloques de poder, las relaciones internacionales, comerciales y financieras, y dejando obsoletos paradigmas, ideas y pensamientos surgidos en el siglo XVIII, con el industrialismo y el capitalismo, y acentuado desde el término de la Segunda Guerra Mundial.
Esta importante punta de lanza, robustecida desde inicios del presente siglo, se ha fortalecido con la creación de los BRICS, donde Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, más Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, coinciden en la necesidad de promover y crear un nuevo orden internacional, multipolar, más justo y equitativo para el desarrollo de las naciones, con menos preponderancia política e ideológica de occidente, nuevas reglas comerciales, otro sistema monetario e instituciones alternativas al Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, entre otras propuestas globales.
Para Estados Unidos, por lo tanto, es vital dejar de lado la transición ecológica (porque distrae esfuerzos, recursos y medios) para fortalecer su Estado y economía, ante un mundo cambiante y altamente competitivo, que amenaza el establishment y, especialmente, a su seguridad nacional y predominio internacional.
Necesita infraestructura, recursos naturales estratégicos, energía barata como el carbón y el petróleo (altamente contaminantes), impulsar su actividad industrial y, fundamentalmente, robustecer su economía interna, acelerar la investigación y desarrollo de nuevas tecnologías en informática, comunicaciones, seguridad militar e Inteligencia Artificial, y, reorientar su diplomacia con o sin la fuerza para detener y/o eliminar amenazas internas y externas.
Trump, ante el actual estado de cosas, no puede darse el lujo de políticas verdes (pese a la tendencia y necesidad mundial), porque ralentiza y desacelera la economía, dado que es un proceso costoso y de largo aliento (como lo está experimentando también Europa). China, Rusia e India nunca han dejado la energía contaminante, pero están implementando alternativas limpias y amigables a la naturaleza. El año pasado casi todas las grandes potencias han anunciado que aumentarán su consumo de petróleo, carbón y gas, es decir acelerarán su desarrollo con combustibles fósiles.
Esto, en mi humilde opinión, hiere mortalmente a las Naciones Unidas y el Acuerdo de París (y demás acuerdos ambientales), en su intento de detener el calentamiento, la contaminación, la pérdida y degradación de la biodiversidad y afectación de la vida humana y el planeta.
¿Por qué? Porque los países mencionados líneas arriba son los más contaminantes del planeta. Están superponiendo la seguridad ambiental y el futuro de la Tierra, por la pugna política, ideológica y económica.
