Más que la contaminación de los ríos, las altas temperaturas, la deforestación, las sequías extremas, los incendios forestales, el narcotráfico y el cambio climático, la arquitectura política global, el afán de enriquecimiento, la contemplación pasiva y la desidia de las autoridades están destruyendo la Amazonía.
En las últimas dos décadas, pese a la alerta de la ciencia y el portentoso desarrollo de la tecnología, entre múltiples y permanentes “grandes e importantes” acuerdos, foros, conferencias, paneles y demás pomposas reuniones globales y regionales, más de un tercio de la Amazonía ha sido degradada, pese a la infinidad de denuncias de deforestación, del asesinato constante de líderes ecologistas, del deterioro del hábitat y la calidad de los habitantes amazónicos.
Según la científica de la Universidad Ku Leuven (Bélgica), Johanna Van Passel, en un artículo publicado en la revista científica Proceeding of the National Academy of Sciencies, la gran reserva de agua dulce y bosques y biodiversidad de América del Sur está extinguiéndose, estresándose y perdiendo resiliencia y capacidad de recuperación, lo que está desencadenando transiciones ecosistémicas de gran impacto en la estabilidad y el futurodelplaneta.
Y esto lo confirma otro estudio realizado por expertos de la Universidad de Exeter (Reino Unido) y de la Universidad Técnica de Munich (Alemania), que vaticina que la Amazonía está al borde del punto de inflexión, de no retorno, por más esfuerzo que hagamos los humanos por recuperar el tiempo perdido.
El statu quo ecológico está cambiando y nuestra vida también, significativamente por nuestra irresponsabilidad para con el planeta y sucumbiendo ante la contaminación, los malos hábitos de vida, el efecto invernadero, la desgobernanza, el egoísmo, viejos y caducos paradigmas, la corrupción sistémica, la izquierda y la derecha y la guillotina del cambio climático.
Contemplamos como algo normal e inevitable la destrucción y la agonía del mayor sumidero de carbono terrestre en el planeta. Caminamos y paseamos mientras el ciclo global del agua pierde su equilibrio. Sonreímos cuando acaso la mayor biodiversidad del mundo está desapareciendo irremediablemente. Leemos un libro mientras los frondosos y milenarios bosques amazónicos ceden ante la barbarie de inescrupulosos delincuentes de a pie y con corbata. Trabajamos frente a la computadora mientras el color verde se transforma en una inmensa sabana marrón y negruzca. Miramos nuestras redes sociales en el celular, mientras nos estamos quedando sin fuentes naturales de agua.
El futuro de la Amazonía, así como del agua y los bosques, deben estar presente de una manera efectiva, proactiva, inmediata e inteligente en la agenda política global, pero no con denuncias, reflexiones ni acuerdos y declaraciones vanos y no vinculantes. Eso es perder tiempo vital mientras el futuro se ensombrece, pareciendo que Dios no existe.
Se necesita implementar políticas de corto y mediano plazo, de gestión de crisis sistémica ambiental planetaria, de compromisos tangentes, obligatorios, medibles, monitoreables y sancionables, de ser el caso. Las políticas ambientalistas deben ser abordadas, tratadas y ejecutadas en su intrínseca relación no solo con la vida de los humanos y el funcionamiento de las sociedades, sino con la concepción y visión de un sistema complejo donde los animales, las plantas y el paisaje también son vitales para nuestra existencia y del planeta.
