Opinión
Jose  Luis Soler Martinez
La opinión deJose Luis Soler Martinez

Empresario. Director General de Imabe do Brasil Ltda. , Fundador de Grupo Oceánica Maroc, Turalter, Srl. , Technoymar Soluciones, S.L. y Ecowater Technologies, S.L. Ecowater Innova/Zequanox en Europa y América Latina

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COVID-19: De esta saldremos… para volver a entrar


Ciervos, osos, cabras, delfines, pavos, zorros, monos, pumas, jabalíes y otros animales salvajes pasean estos días, por los centros urbanos, como Pedro por su casa, rememorando los ecosistemas que un día, probablemente, habitaron. Pero no solo en las ciudades, hecho este que, probablemente, quedará guardado en las hemerotecas, como un evento anecdótico. También los ecosistemas acuáticos naturales y los reservatorios artificiales, observarán cambios de mayor o menor relevancia dependiendo de diversos factores, entre ellos,  los usos a que se destine el recurso hídrico.

En los países donde los ríos representan vitales infraestructuras de transporte, esenciales para el desarrollo de la actividad económica, se observará  una menor contaminación hidrológica. Este impacto tendrá gran relevancia en el conjunto del sistema hidrológico mundial.  No olvidemos que las vías fluviales alcanzan 680.000 kms. en todo el mundo.

Otro factor de consideración  son las  presas y embalses. Existen en el mundo algo más de 57.000 embalses que almacenan aproximadamente 5.440.3 km3. El total de aguas superficiales renovables externas totales del mundo se estimó en 11,772,2 mil millones de metros cúbicos por año en 2017. Toda esta masa de agua dulce, verá sensiblemente alteradas las condiciones físicas y químicas actuales, como hemos comprobado en estos días,  Tal y como ha ocurrido con la contaminación atmosférica que ha disminuido notablemente, gracias a la paralización del sistema productivo mundial. La reducción de gases contaminantes como el dióxido de nitrógeno observado por la Agencia Espacial Europea, nos muestra como el aire se hace más respirable en urbes donde la contaminación, en “periodos de normalidad” mata habitualmente más personas que el COVID-19. 

Como hemos comprobado,  las aguas superficiales del planeta, experimentarán una notable mejora. Un ejemplo significativo podemos observarlo en Venecia. “La laguna se apropia de Venecia, sin descargas y sin tráfico, se puede ver el fondo de los canales”, puede leerse en redes sociales. “El agua en los canales se vuelve transparente, la contaminación regresa y la naturaleza sigue su curso. El coronavirus empuja a todos a cambiar su estilo de vida de ahora en adelante”. Solo un fenómeno de este calado podría sensibilizar sectores importantes de la sociedad, como así está ocurriendo.

Trancados a cal y canto

El repliegue a lugares más seguros, confinamiento le llamamos, que la especie humana está obligada a realizar para defenderse de una sombra de muerte y que, con el nombre de COVID-19, recorre el planeta provocando la muerte de miles de personas, está provocando la regeneración los espacios naturales y de especies que retornan a lo que, en tiempos pretéritos, era su hábitat natural.

La pandemia del coronavirus, debería hacernos pensar seriamente a los ciudadanos que, además de salvar el pellejo, ya es hora en realizar cambios sustanciales y no meramente cosméticos, en el modo de gestionar los modelos de desarrollo y coexistencia en que estamos inmersos. Y no me refiero a cederle nuestras avenidas a la fauna salvaje. Aunque la foto fija de este hecho, la mera presencia de una familia de jabalíes paseando tranquilamente por las aceras de nuestras avenidas, o contemplar las aguas cristalinas de los canales de Venecia, mientras los humanos permanecemos trancados en nuestros habitáculos, nos sirva como un indicador de que algo está fallando y que debemos corregir.

Los hechos concatenados que venimos sufriendo en los últimos años y que ponen en serio riesgo la vida en nuestro planeta, se hacen más visibles cuando lo relacionamos con el riesgo a perder la vida y nos obliga a reflexionar sobre la necesidad de cambios radicales en relación al medio ambiente. Aunque hoy parezca descabellado, solo empleando la misma contundencia e igual determinación, en hacer cumplir las normas ya existentes y otras complementarias y específicas que protejan el medio ambiente acuático, como las que, por causa del COVID-19, se han puesto en vigor, y plenamente asumidas por la ciudadanía, conseguiremos que los mapas de contaminación atmosférica y las imágenes de los canales de Venecia, que contemplamos hoy, no sean solo documentos para hemerotecas, dentro de algunos meses.

Un escenario inevitable

Después de este tiempo de miedo y esperanza que nos está tocando vivir, las secuelas de este grave problema de salud, dejará heridas, muchas de las cuales no cicatrizarán fácilmente. Sectores de la actividad económica cuya línea de flotación ha sido tocada dramáticamente. Hábitos de consumo y de ocio sufrirán cambios. La reorganización del mercado laboral y el tejido productivo industrial, agrícola y de servicios necesitará medidas drásticas y compatibles con el medio ambiente. Espacios geográficos que ya no tendrán interés económico. De esta breve lista de eventos, sus consecuencias y sus secuelas, obtendremos como corolario una enorme polémica a resolver.

Del mismo modo, otros, los menos, como siempre ha ocurrido; los más previsores, imaginativos y osados, aprovecharán la ocasión para anticiparse a las secuelas venideras de esta y otras más que previsibles catástrofes de salud, no necesariamente provocadas por virus y sí de origen y carácter hídrico y ambiental, que nos acechan, nos avisan y nos envían mensajes, en la dirección de reorientar la actividad social, económica y empresarial acomodándolos a los nuevos escenarios. Esta nueva sociedad va a precisar de precursores de un tiempo nuevo, como lo fueron William Shockley y Frederick Terman, William Hewlett y David Packard que, hace algo más de setenta años, fueron los artífices de Silicon Valley y los paladines de una nueva revolución tecnológica. En esta ocasión será para una revolución medioambiental.

El paso cambiado vs calzón caído

Nos llama poderosamente la atención el hecho de que esta crisis pandémica acontecida en plena efervescencia del siglo XXI, el siglo de la inteligencia artificial, el tiempo de la intercomunicación global y el pleno desarrollo del primer mundo, ante las narices de los líderes mundiales, con instrumentos y tecnología disponible y capaces de conocer lo que está desayunando un ciudadano a miles de kilómetros, no hayan sido capaces, no sólo de detectar a tiempo el alcance de este descomunal descalabro sino de anticiparse a un escenario que, sin necesidad de ser un visionario, esta larvando el germen de un racimo de otras crisis de carácter ambientales y sociales, cuyas consecuencias imprevisibles, las sufriremos tanto o más que las que ya está ocasionando el COVID-19.

Por el momento, solo nos cabe reconocer, humildemente, que estos acontecimientos, han supuesto un mazazo al orgullo y la arrogancia del Homo Oeconomicus al tener que aceptar como el remedio más eficaz para protegernos, algo que ya utilizaron nuestros ancestros hace 50.000 años ante algún peligro: refugiarnos en la cueva hasta “escampar” el riesgo y preservar así, la integridad física del grupo.

¿Hay alguien ahí?

¿Y después, qué ocurrirá cuando se haya descubierto un medicamento o vacuna  capaz de hacernos convivir, no erradicar como se intenta convencer a la gente, con este no tan imprevisto, al parecer de alguno investigadores, e incómodo huésped, como ya lo hacemos con la gripe y otras enfermedades “domesticadas” que también hicieron temblar los cimientos de esta nuestra sociedad años atrás?

El mundo en que vivimos hoy, en poco se parece al que conocieron nuestros abuelos, en el que la mal llamada gripe española acabó con la vida de más de 11 millones de personas en todo el mundo, allá por el año 1918.

Cuando el meteorólogo Edward Lorenz, amplificó el término “efecto mariposa” en 1973, y cuyo origen se atribuye a un dicho popular chino, con el fin de explicar la imposibilidad de realizar predicciones meteorológicas totalmente fiables a largo plazo, trataba de decirnos que, alteraciones aparentemente simples e inocuas de una variable pueden llegar a generar efectos masivos e impredecibles.

Al hilo de lo anterior,  como consecuencia de la crisis originada por el  COVID-19, el PIB mundial caerá, según diversas fuentes, entre el 0,5% y el 3%. La bolsa de Tokio, o la de Wall Street, son las mariposas que mueven las alas. Esto significará que 25 millones de personas perderán su empleo, según la OIT. También, millones de personas morirán por no disponer agua ni siquiera para lavarse las manos.

Esta crisis, como suele ocurrir,  se superará en algunos meses, y recuperaremos la “normalidad” tal vez, un poco más tarde. Poco a poco las empresas y el sistema productivo, volverán a una actividad frenética. La gente se hacinará nuevamente en los vagones de metro de las grandes urbes. Los atascos en las horas punta de entrada y salida de las  ciudades, serán interminables. Recobraremos nuestro ya familiar  sombrero de contaminación. Otras Gretas aparecerán y nuevas cumbres del clima. La gente irá recobrando el ánimo colectivo, gracias a la tradicional capacidad de resiliencia humana, la consolidada incapacidad de memoria histórica, unos pocos millones de personas sin empleo se añadirán a las listas. Nuestras playas se convertirán nuevamente en lugar de encuentro de millones de turistas. Cientos de miles de millones de mascarillas de protección y respiradores, que ya no tendrán uso, de momento, serán almacenadas. Recuperaremos nuestra capacidad para hacer reparaciones estéticas del edificio, cuya estructura, a duras penas soportará las cargas de una sociedad ansiosa por recuperar el tiempo perdido, sin pensar que, para protegerse de una crisis ambiental, solo dispondrá de un paraguas al que solo le quedarán las varillas.