Las primeras noticias sobre un virus que estaba matando personas en una región de China, fueron recogidas por los medios de comunicación con cierta prudencia. Ya existía un precedente ocurrido en el año 2002 con el SARS (Síndrome respiratorio agudo) originado en este mismo país y que dejó más de 700 muertes. Esta crisis rebajó el PIB de China un 1,1% y un 2,5% el de Hong Kong, y el 0,1% en el PIB de EE.UU. Sin embargo, su impacto fue efímero, una vez que la situación se normalizó.
En esta ocasión, el COVID19, así llamada la enfermedad que provoca el coronavirus, ha rebasado los límites geográficos de aquel país y en estos momentos, son 38 los países afectados (Ver el mapa)

Fronteras cerradas, regiones y pueblos aislados, calles vacías, acaparamiento de alimentos y agua, escuelas cerradas, eventos cancelados, protocolos de emergencia, caída de las bolsas, máscaras en todo el mundo y ha comenzado una movilización que tiene pocos precedentes en la historia. La OMS, aún no lo trata como una pandemia, pero el mero hecho de contemplarlo, ha provocado que cunda el pánico. Todo esto ha sucedido en poco más de un mes y un número que ha alcanzado los 2.704 fallecidos, 27.789 recuperados de un total de 80.289 afectados.
Índice de riesgo climático
Es la misma OMS, la que nos informa, año tras año, de los riesgos que estamos sufriendo por causa del cambio del clima. Una crisis hidrica permanente, contaminación de acuíferos y uso inadecuado de los recursos, acompañándolos por un cuadro estadístico demoledor. Según el Riesgo del Índice Climático, en los últimos 20 años los fenómenos climáticos extremos agravados por el cambio climático han causado 500,000 víctimas en todo el mundo.
La OMS estima que entre 2030 y 2050 la crisis del planeta causará 250 mil muertes cada año. Los investigadores del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) calculan que para el año 2100 las pérdidas económicas debido a la emergencia climática oscilarán entre 8,1 y 15 billones de dólares
Ante un escenario de esta magnitud que, sin temor a equivocarnos, podemos llamarlo de apocalíptico, con medidas adecuadas podríamos minimizar esta catástrofe ambiental y sin embargo no ha habido una reacción igualmente fuerte por parte de gobiernos y ciudadanía. ¿Cuál es la razón?
La construcción social del riesgo
Para dar una respuesta a este fenómeno sociológico que afecta a la mayor parte de la humanidad, es necesario analizar la dinámica con la que tiene lugar la construcción social del riesgo. Para comunicar las consecuencias de los efectos de la crisis del clima, de manera efectiva, no es suficiente utilizar datos objetivos o un enfoque racional, porque la percepción de los riesgos es un fenómeno muy complejo que toma forma según la experiencia y las creencias de las personas.

Esta es una de las razones que justifica subestimar o sobrestimar un evento y al mismo tiempo desencadena reacciones que no son proporcionales al fenómeno. Racionalmente, todos sabemos que volar es más seguro que conducir, pero tenemos más miedo a subirnos a un avión que sentarnos al volante de un coche o el manillar de una motocicleta.
Los factores desencadenantes
La ciencia y la confianza que las personas depositan en ella juegan un papel clave, pero lo mismo hacen los elementos simbólicos e irracionales. Hemos sido testigos de episodios de discriminación contra los ciudadanos chinos solo por motivos raciales, un instinto que es más fuerte que los estudios científicos o los cálculos de probabilidad. El paralelismo entre coronavirus y crisis climática pone en tela de juicio las reacciones de los individuos y de los grupos humanos en el antes, durante y después de una situación de desastre.
Psicología de los desastres
Mientras que la epidemia de coronavirus se desarrolla en una escala de tiempo corta y respeta los tiempos de atención típicos, el cambio climático se sitúa en una escala de tiempo más larga. A los ojos de las personas la epidemia tiene una geografía, espacios y escenarios concretos: ciudades, hospitales, un barco en cuarentena, avenidas vacías, ausencia de tráfico, gente recluida en sus viviendas, etc. La crisis ambiental que está afectando nuestro planeta no necesariamente se desarrolla a la vista de nuestros ojos.
Mientras que las medidas que tenemos que poner en práctica para detener el virus significa un sacrificio a corto plazo (limitar los desplazamientos, mantener una distancia con otras personas, usar máscaras, periodos de cuarentena, etc.), tratar de combatir el cambio climático significa erradicar hábitos de uso y consumo arraigados, es decir, revisar nuestro estilo de vida para siempre.
Y esto será absolutamente necesario si queremos que nosotros y nuestra descendencia, podamos/puedan ejercer el derecho de la vida y hacerlo compatible con el soporte que hace posible nuestra existencia.
Desprendernos de los modelos actuales, que nos han conducido a este escenario, es posible si conseguimos poner en valor un proceso de transición socialmente deseable. Un cambio que deberá ser llevado a cabo fragmentándolo en pequeños objetivos que traerán mejoras a nuestras vidas y condiciones sociales.

Aunque no existe una receta para convencer y movilizar a las personas, es preciso evitar los mensajes catastrofistas y apocalípticos y que no ayudarán a implantar un nuevo modelo, al contrario, la esperanza en conseguir los objetivos, mediante acciones concretas, escalonadas y mostrando la evolución en consonancia con las medidas adoptadas, será la senda a seguir.
Responsabilidad Social Corporativa
La responsabilidad social corporativa, a la que muchas empresas se acogen para poner en valor una línea de actuación de las acciones socialmente responsables, así como los sistemas de gestión internacionales más aceptados en relación con los derechos humanos, los derechos socio laborales y los derechos medioambientales, es una importante vía para alcanzar los objetivos. Pero no es suficiente, como lo están demostrando los hechos que, de forma persistente, nos muestran los indicadores en los que se basan las predicciones más sombrías.
Millones de personas en lugares y países diferentes, son confinadas en sus residencias, o han visto reducir la movilidad drásticamente, o siguen escrupulosamente normas extremas, por temor a ser contagiados y morir. Empresas y gobiernos están dispuestos a adoptar medidas contrarias a sus intereses inmediatos, a cambio de salvaguardar la salud de sus ciudadanos y su economía. Medios de comunicación que emiten noticias permanentemente y programan espacios monográficos sobre el conflicto. Si no empezamos a visualizar la crisis climática con la misma percepción que lo hacemos para protegernos de un virus, probablemente no será suficiente con recluirnos en nuestras viviendas para evitar sus consecuencias.
