Este verano he leído el libro 'Nexus', de Yuval Noah Harari, donde, entre muchos conceptos, se invita al lector a considerar el acrónimo IA como Inteligencia Ajena, en vez de Inteligencia Artificial. El autor lo plantea desde la base que los algoritmos evolucionan, se hacen más inteligentes, cada vez menos dependientes de los diseños humanos, y van camino de superar con creces la inteligencia humana.
A esta rápida evolución de la IA hay que añadir la cada vez mayor IH, acrónimo que podríamos acuñar para la ignorancia humana. Cada vez tenemos menor pensamiento crítico, generalizamos y no nos metemos en el detalle de las cosas, rechazamos perspectivas que desafían nuestros propios puntos de vista, y experimentamos una falta de curiosidad por las cosas. Todo esto nos lleva a una creciente ignorancia, y, por ende, una mayor dependencia de la IA para obtener respuestas.
La industria del agua es especialmente vulnerable a este auge de la IA y de la IH. Por un lado, estamos incorporando al sector menos talento del que estamos jubilando: un 32,5% de los trabajadores del sector en España tienen más de 58 años, mientras que los menores de 30 años solo suponen el 14,5%. O, dicho de otro modo, el 85,5% de la fuerza laboral del sector tiene más de 30 años.
Solo las nuevas generaciones podrán hacer que la Inteligencia Artificial no se convierta en Ajena y acabe dictando el futuro del sector del agua
Por otro lado, la transformación digital del sector en España está experimentando un empuje gracias al PERTE de digitalización de agua, con una inversión de más de 4.000 millones de euros (2022-2026). Se está invirtiendo en tecnologías para el monitoreo y recolección de datos, para el análisis predictivo y apoyo a la decisión, para aumentar la participación ciudadana y mejorar la gobernanza, y para aumentar la eficiencia y optimización de los recursos.
Sin embargo, no estamos incidiendo lo suficiente en algo fundamental: la tecnología (por ahora) está al servicio del ser humano. Y este, siendo inmensa mayoría nacido en el siglo pasado, es mucho más reacio a los cambios culturales, organizativos y estratégicos que han de darse en el sector para poder conseguir los resultados que se esperan de la explotación de dichas tecnologías. Y ocurre tanto en el sector público como en el privado. La promesa de la IA es tremenda, pero para llevarla a cabo hay que saber orientarla, darle buenos datos, estructurados y fiables, y un marco de referencia para obtener el resultado esperado. Y esto no es sencillo.
Caemos recurrentemente en el error de fiar todo a la tecnología. Y nos olvidamos de las personas. Ya en 2022, el PERTE de digitalización del agua destinó únicamente cinco millones de euros para impulsar el desarrollo de capacidades para asegurar una correcta implantación, uso y mantenimiento de todas estas tecnologías. En la segunda convocatoria, en el ciclo urbano del agua, de trescientos millones de euros, solo se previeron partidas para la formación entre uno y diez millones de euros. Es decir, un 3% en el mejor de los casos.
Estamos generando la tormenta perfecta. Más tecnología que nos debe decir lo que tenemos que hacer, y menos personas con la capacidad de cambiar las preguntas para obtener nuevas y mejores respuestas.
Concluyo con una frase atribuida a Albert Einstein: «Si yo tuviera una hora para resolver un problema y mi vida dependiera de la solución, yo gastaría los primeros 55 minutos para determinar la pregunta apropiada, porque una vez supiera la pregunta correcta podría resolver el problema en menos de cinco minutos». Propongo que invirtamos en las personas, y sobre todo en las nuevas generaciones. Son ellos y ellas quienes pueden combatir la ignorancia humana con más formación, con pensamiento crítico, con evaluación de la información, con perspectiva y con un profundo sentimiento de curiosidad. Y solo ellas podrán hacer que la Inteligencia Artificial no se convierta en Ajena y acabe dictando el futuro del sector del agua.
