La tragedia del Mar Menor encaja como anillo al dedo en el viejo refrán “entre todos la mataron y ella sola se murió”, apropiado cuando nadie quiere asumir su parte de responsabilidad en un hecho desgraciado y no deseado.
Un reciente reportaje sobre la muerte del Mar Menor[1] ilustra la historia en la que diversos hechos han degradado el lugar hasta su colapso físico y biológico: vertidos mineros, urbanismo descontrolado, residuos de la agricultura intensiva.
La industria turística y el trasvase Tajo Segura trajeron la prosperidad a la zona, no hay duda. Ahora se puede afirmar que el modelo de desarrollo era insostenible, al menos en la configuración que se ha venido observando. Ya se sabía que era un camino de corto recorrido, pues a lo largo del tiempo los avisos han sido tan numerosos como desatendidos. Pero la evidencia de lo sucedido sugiere algunas preguntas más interesantes que, más allá de la lamentación, se pueden extrapolar al futuro: ¿se sometió a planificación el crecimiento esperado?, ¿se calculó su coste ambiental?, ¿qué parte de las plusvalías obtenidas se hubiera debido aplicar a las medidas correctoras necesarias para dimensionar el modelo y asegurar su sostenibilidad? ¿Es cierto que esa prosperidad no podía soportar el coste de las desaladoras? (pues hemos sabido que las desalobradoras funcionaban a pleno rendimiento).
Y ahora: ¿se puede resucitar al muerto? ¿Cómo diseñar un proyecto que haga compatible el desarrollo de la zona con una cierta renaturalización del Mar Menor que establezca un equilibrio entre ecosistema y economía? O quizá con mayor precisión, ¿cómo se puede remedar algo que se parezca al ecosistema natural anterior y cuál es el grado de compatibilidad con la actividad económica de la zona? ¿Debe redimensionarse también esa actividad? O incluso: ¿qué parte de las pérdidas económicas inducidas por el colapso hubiera sido suficiente para evitarlo? Y finalmente: aplicar parte de los recursos generados a la sostenibilidad del ecosistema, ¿es compatible con un modelo económico parecido al que ha causado el colapso?
No cabe duda de que el nuevo equilibrio deberá ser gestionado, la naturaleza por si sola resistió hasta que no pudo más. Y si el nuevo sistema debe ser gestionado, su diseño debe formar parte del plan con el mismo detalle que un proyecto urbanístico o un regadío. Esa es la función de las administraciones, establecer un marco en el que la actividad económica sea compatible con el equilibrio ambiental a largo plazo.
En ese punto cabe preguntarse si los actores públicos estuvieron en su sitio durante estas décadas. La memoria del plan hidrológico de la cuenca del Segura de 2015 explica que contrariamente a la explotación de las aguas superficiales, en las que el Estado tuvo un papel fundamental en el desarrollo de grandes infraestructuras hidráulicas, el aprovechamiento de las aguas subterráneas fue llevado a cabo, sobretodo, por particulares, debido a la reducida escala económica de las inversiones necesarias.
Por tanto, comenzó entonces, y se desarrolló en las primeras décadas del siglo XX, un modelo de explotaciones en los acuíferos de la cuenca basado fundamentalmente en la gestión privada de las aguas, ampliándose las huertas tradicionales mediante la sustitución de los antiguos artefactos de elevación por motores, y generando zonas regadas con aguas subterráneas dentro de los antiguos secanos. Este desarrollo se prolongó durante todo el siglo XX, lo que ha provocado en algunos casos graves problemas de sobreexplotación y degradación de calidad.
Después de la motorización de los bombeos vino el trasvase del Tajo que, junto con la urbanización, convirtieron los antiguos secanos y yermos en lo que hoy se puede ver. Además, la Ley 29/1985 de Aguas, consagró la unidad del ciclo del agua, de manera que las aguas subterráneas debían estar convenientemente declaradas, inscritas y sometidas a planificación.
En su bienvenida a la web de la Confederación del Segura, su presidente dice que el sistema único de explotación asociado a la cuenca del Segura se caracteriza hidrológicamente por presentar un déficit estructural, así como por la presentación recurrente de fenómenos meteorológicos extremos, tanto inundaciones como sequías. En relación a estas últimas, se ha desarrollado a lo largo de su historia una cultura del agua centrada en el aprovechamiento óptimo de los recursos disponibles, tanto para el consumo humano como para el regadío.
Por esta razón, la labor del personal funcionario y laboral adscrito a este organismo de cuenca es compatibilizar de forma eficiente los principios establecidos en la Directiva Marco del Agua, por la que se establecieron unos criterios comunes de protección de los recursos hídricos en el ámbito de los estados miembros de la Unión Europea, con la adecuada satisfacción de las demandas asociadas a los distintos usos legalmente reconocidos.
El déficit estructural no se explica si no es porque la demanda de agua fue superior a la disponibilidad, y eso sugiere falta de planificación (quizá agravada por la esperanza de que, a pesar de las limitaciones introducidas por la Ley 21/2013, de evaluación ambiental, el trasvase siempre funcionaría en máximos). Es probable que el modelo de gestión privada de las aguas subterráneas se trasladara al conjunto de las aguas trasvasadas y que la reacción fuera a pelota pasada. En la administración hidráulica se reconoce el poder y la capacidad de presión del SCRATS (Sindicato Central de Regantes del Acueducto Tajo Segura) y habrá que ver el resultado de esa crisis para comprender cuál ha sido el equilibrio de fuerzas que lo habrá condicionado.
Ciertamente, la agricultura murciana es un ejemplo de uso eficiente del agua. Lo que aquí se plantea es el contexto en el que se da ese uso eficiente. No debe olvidarse que una de las características de la producción industrial es el uso intensivo de capital, elemento que ya caracteriza a buena parte de nuestra agricultura. ¿Está preparado el sector para recibir los caudales disponibles en cada momento sin merma de las necesidades básicas de la cuenca cedente? ¿Ha internalizado los costes ambientales de la producción intensiva al igual que lo ha ido haciendo la mayor parte de nuestra industria?
Llama la atención que, a la vista del desastre ocurrido, no aparezcan más propuestas que las de reclamar más agua, sin mencionar la necesidad de cambiar el modelo, evaluar sus costes y asumirlos. No se puede tildar de escalada contra la agricultura el intento de dar respuesta a los retos y las evidencias de un modelo que ya mostró sus limitaciones.
Dicho de otra manera: ¿qué tanto de solidaridad y qué tanto de responsabilidad de los sectores interesados y afectados se necesita para resucitar al muerto?
[1] Mar Menor, cuando el desprecio al medio Ambiente se vuelve contra nosotros. El País Semanal, 23 de febrero de 2020.
