Opinión
Joan Gaya Fuertes
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Valencia, 1957


Tenía doce años y empezaba a prestar atención a la radio que escuchaba mi padre a la hora del almuerzo. Era octubre de 1957, y se trataba de una catástrofe próxima que se afrontaba con los escasos medios de la dictadura y sin sensibilidad para prevenir desastres de este tipo. Tampoco hubo transparencia informativa. Nunca se supo cuántas personas murieron. [1] Las familias afectadas supieron de sus muertos, pero no hay estadística fiable de la magnitud de la desgracia. El recuerdo quedó grabado para siempre en mi memoria.

De ahí surgió el Plan Sur, para desviar el cauce de Turia al sur de la ciudad. El Estado, al final de la época autárquica, no tenía fiscalidad digna de tal nombre, ni recursos económicos, ni tampoco relaciones internacionales de las que recibir ayuda. El Plan Sur lo financiamos todos los españoles con un aumento significativo en el precio de los sellos de correos. No recuerdo el tiempo que duró ni el coste del Plan.

Ahora, el desvío y encauzamiento del Turia ha señalado una frontera entre las zonas golpeadas por la Dana y las que lo han podido vivir con relativa tranquilidad. El mapa del suceso así lo muestra.

En su cancionero, Raimon se ha referido en muchas ocasiones a la lluvia y a la forma en que sucede en Valencia y, por extensión, a la cuenca mediterránea. Al meu país la pluja no sap ploure. [2] Y es que los episodios de sequía y lluvia violenta se suceden de forma periódica —con tendencia a acentuar su duración, las sequías, y su crudeza, las tormentas— y siempre parece que nos pille de sorpresa.

Sin duda, se pudo hacer más en el pasado y se puede hacer más ahora. No me voy a extender en fenómenos como el urbanismo irresponsable, que hemos tenido en décadas, cuyo resultado ha sido que 3 millones de españoles vivamos en zonas inundables.[3]

Hay trabajo para corregir la falta de diligencia de la Protección Civil y la escasa implantación de los planes de emergencia. El plan especial de emergencia por inundaciones, INUNCAT, identifica 1.500 puntos críticos en Cataluña. Cualquier ciudad de más de 20.000 habitantes debe tener redactado, aprobado y operativo su Plan de Actuación Municipal. Estamos lejos de tener listo ese objetivo.

Pero me quiero referir con más extensión al agua. Y lo escribo desde mi ciudad, Girona, que periódicamente ha vivido episodios graves o gravísimos, que en mi opinión sigue en riesgo grave de inundación de extensas zonas urbanas, y no obstante vive esos acontecimientos como si no fueran con ella. Por motivos de residencia, a veces, y siempre por interés ciudadano y profesional, he seguido de cerca los numerosos episodios ocurridos en distintos lugares a lo largo de casi 70 años. Sorprende la calificación de excepcionales o de imprevisibles que suele acompañarlos y la forma en que los teóricos responsables se ponen sin recato del lado de las víctimas, como si ellos también lo fueran.

Las inundaciones son expresiones de un fracaso. Porque siendo previsibles, no se afrontan con la necesaria diligencia para prevenir esos episodios, reducir su riesgo y sus consecuencias. No obstante, hay actuaciones posibles que minimizan el riesgo como la limpieza de cauces, el encauzamiento de algunos tramos críticos o la planificación de zonas de desbordamiento en determinados casos. No es posible que los cauces secos de nuestros ríos estén invadidos de cañaveral y bosque de ribera, que además de entorpecer el curso del agua, aumentan el riesgo de crear barreras en los puentes que pueden propiciar desbordamientos laterales o afectar a la propia infraestructura. Por no hablar de que esa vegetación hidrófila consume la poca agua del río o del subálveo y la resta del caudal ambiental y de la disponibilidad para otros usos.

La sequía también expresa un fracaso colectivo que nos retrotrae a las fatalidades bíblicas. Puede haber sequía pluviométrica, claro. Pero ¿quién ha dicho que eso es una fatalidad? Tenemos instrumentos técnicos, financieros y fiscales para no depender del cielo más allá de la fiabilidad que nos merezca la evolución del ciclo hidráulico. Sobre todo, si actuamos con previsión y no a pelota pasada.

Por ello, en nuestro clima, las lluvias solo corrigen la sequía hasta cierto punto. El que permitan los embalses construidos o una correcta explotación de los subálveos. Hasta hace poco podíamos confiar en un tercer tipo de embalses, las cumbres nevadas. Pero las nieves están en regresión. Apenas se puede contar con ellas.

Los retos del cambio climático deben afrontarse a escala mundial y su estabilización será lenta; no digamos su eventual regresión. La planificación de los recursos hídricos, no solo los consuntivos, sino incluso los caudales ambientales, requieren instrumentos específicos que redistribuyan parte del agua en el tiempo —estaciones secas, y húmedas, demandas estacionales de la agricultura y el consumo humano— y en el espacio mediante interconexiones de cuencas.

No creo que las lluvias recientes vayan a resolver las necesidades de agua del levante mediterráneo. Como no resolvería nuestras necesidades nutritivas, comer en un día lo que necesitamos para vivir correctamente durante un mes.

Pluviometría y garantía de disponibilidad tienen una cierta relación, pero no son sinónimos. La irregularidad del ciclo, la mejora de las condiciones de vida de la población, las dinámicas económicas y las garantías ambientales de nuestras masas de agua exigen abandonar el fatalismo y poner los medios de que disponemos para asegurar un uso eficiente del agua a partir de una disponibilidad suficiente. Y, por otra parte, prevenir los efectos de los episodios agudos, que ya no podemos calificar de excepcionales. Forman parte de nuestro clima.