La transición de la sequía a la garantía empezó con las cisternas. Está claro que cuando llueve no basta con aprovechar para beber, hay que recoger el agua que se pueda y asegurar el suministro, al igual que se hizo con los alimentos almacenables como los cereales o los frutos secos, y se extendió con la tecnología conservera. La garantía es un concepto cultural, una exigencia de supervivencia.
La tecnología ha aportado recursos para mejorar las condiciones en que se puede mejorar la garantía. No es poco. La construcción de presas, las técnicas de bombeo y transporte, o las de tratamiento de agua de diversas calidades han permitido el acceso a recursos antes inaccesibles o inadecuados, su almacenamiento y transporte.
La aparición de las redes de abastecimiento en alta a las zonas urbanas fue paralela a la progresiva substitución del concepto de concesión por el de dotación. Si la concesión se refería al permiso administrativo para extraer agua de un determinado punto, la dotación se refería a la asignación de una determinada cantidad de agua cuyo origen podía ser variable. Con ello se significaba que el derecho de concesión era insuficiente para garantizar el suministro de agua requerido por el concesionario.
Ese fue, precisamente, el motivo fundacional de Aigües Ter Llobregat hace más de 30 años i ha sido la causa de su éxito, que ha ido extendiendo su ámbito de actuación hasta 117 municipios. Sus recursos proceden de los ríos Llobregat, del trasvase del Ter, y de las plantas de desalación de agua de mar de Prat de Llobregat i Blanes. No obstante, en el ámbito Ter Llobregat nadie pregunta por el origen del agua, tan sólo desean que el agua esté a su disposición, y ese es el motivo por el que se añaden constantemente nuevos miembros.
No estoy seguro de cuál fue el primer abastecimiento en alta; lo que es claro es que en las últimas décadas el modelo se ha extendido y ha permitido que, venga el agua de una sola fuente o de varias, buena parte de nuestra población se haya olvidado de los cortes de agua, antes tan frecuentes.
Pero para alcanzar la garantía no basta con la extensión de las redes, hay que actuar sobre la oferta de agua y sobre la demanda.
Sobre la oferta, evaluando necesidades futuras, alternativas de aprovisionamiento y tratamiento, e hipótesis económicas y financieras. Pero también hay que mejorar las prioridades de uso del agua disponible. No es posible que se repita el escándalo del vaciado masivo de pantanos que se produjo el pasado verano cuando empezó la escalada de precios de la electricidad. Tampoco es aceptable que el descenso de las nevadas se supla con la explotación de los acuíferos de montaña para producir nieve artificial.
Sobre la demanda, haciendo una evaluación ajustada de las necesidades y unas hipótesis de imputación de costes que aseguren el triple objetivo de su sostenibilidad económica, garantía universal de acceso y estímulo al uso eficiente y moderado.
Por otra parte, hoy se puede afirmar que el agua que usamos es un producto industrial en el pleno sentido de la palabra: a partir del agua captada y con independencia de su calidad, se trata de obtener agua con las especificaciones técnicas requeridas, que en el caso del agua potable son las sanitarias.
Entonces, con todos esos antecedentes, ¿por qué seguimos empeñados en hablar de sequía?
Pues porque uno de nuestros vicios culturales es acordarnos de Santa Bárbara sólo cuando truena. Y lo cierto es que ninguno de los avances mencionados se ha efectuado en épocas tranquilas. Cada crisis dejó su poso. En ocasiones, ridículo y pasajero, como el episodio de los buques cisternas que debían abastecer Barcelona en la crisis de enero de 2008. En otras, como la construcción de plantas desaladoras, han dejado huella estable y nos van ayudando a mitigar las crisis posteriores.
La planificación con la vista en el retrovisor no contempla el futuro. Nada más contrario al espíritu planificador que las urgencias o circular con luces cortas. Al igual que cualquier otro servicio, la garantía de disponibilidad de agua requiere de tecnología y capital para satisfacer las necesidades previstas para un determinado horizonte. La tecnología existe, y los fondos europeos ofrecen una excelente oportunidad para equiparnos y reforzar la disponibilidad de capital público en el doble sentido: capital financiero y de conocimiento.
Por otra parte, el horizonte de la transición energética permite pensar que la mayor intensidad energética se pueda compensar con la disponibilidad de energías renovables. Previsiblemente ello repercutirá favorablemente en el coste, pero también condicionará el diseño de los sistemas de tratamiento o las interfases agua energía, pues la disponibilidad de las renovables es en principio discontinua, ya que depende de la insolación (en Catalunya, 1200 horas anuales) o del viento.
Los grandes cambios que se avecinan y las disfunciones que aparecen constantemente son signos de agotamiento. Afortunadamente el agua no se agota y la energía tampoco. La crisis solo es de un modelo que ya no da más de sí y que exige un cambio de paradigma: de la sequía a la garantía. Ese cambio se puede producir mediante la progresiva desvinculación del ciclo de usos del agua respecto al ciclo natural.
Los requisitos de tecnología y capital están al alcance, y el horizonte de la transición energética permite pensar que en pocos años se puedan alcanzar cambios notables en el sistema de relaciones entre agua y energía para garantizar la disponibilidad de agua en el marco de un equilibrio entre la sostenibilidad económica y ambiental del ciclo de usos, y un mejor sistema de imputación de los costes de disponibilidad y uso del agua. Es hora de pensar el futuro.
