Opinión
Joan Gaya Fuertes
La opinión deJoan Gaya Fuertes
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Semántica y semiótica del impacto ambiental


La palabra impacto tiene la connotación de efecto brusco sobre algo, ya sea material o anímico; puede ser un choque entre objetos, o el de una noticia inesperada sobre nuestro estado de ánimo.

El lenguaje del ecologismo eligió esa palabra por su efecto mediático, es decir, y valga la redundancia, por su impacto sobre el ánimo de lectores, radioyentes o telespectadores, que predisponía a comprender el impacto de determinadas iniciativas sobre el medio ambiente. La asociación de palabras impacto ambiental se creó para subrayar los efectos negativos del desarrollismo. Se orientaba especialmente al mundo industrial, pero se extendió rápidamente a los crecimientos urbanos, a las grandes infraestructuras en red como autopistas o líneas de alta tensión y finalmente, al mundo agropecuario. Cualquier iniciativa que alterara el estado natural -o el estado de la naturaleza que había conocido esa generación de jóvenes- tenía impacto ambiental. Por supuesto, negativo.

La asociación apuntaba de forma certera a que el desarrollo no es inocente, sino que además de producir progreso económico y social, altera el entorno, en general degradándolo. De esa manera esa visión sobrepasó las evaluaciones del Club de Roma[1] sobre los límites del crecimiento, pues la lectura ecológica aportó nuevos conceptos: los límites no sólo existen en tanto que cantidad de recursos disponibles, sino que su uso inadecuado añade límites más severos puesto que degrada aquellos que todavía no hemos usado, limita los ciclos naturales, y añade riesgos (por lo menos sanitarios y estéticos) a nuestras vidas.

En una sociedad cuyo fundamento cultural es el pecado original y el sentimiento de culpa, el ecologismo remedó la forma de una “religión civil” en la que el paraíso se había perdido. No por culpa de una mujer y una manzana; aquí el árbol de la ciencia del bien y del mal tomaba forma en el conocimiento que había propiciado el desarrollo tecnológico y sus consecuencias: el aprendiz de brujo.

El planteamiento iluminó las zonas oscuras del desarrollo. Especialmente, la ignorancia de muchos dirigentes y la avaricia de los decisores económicos, sólo comparable a su atrevimiento. El potencial de ese mensaje fue comprendido por los medios de comunicación en un momento en que se transformaban y acentuaban su capacidad de influencia, de modo que se produjo una asociación natural entre unos y otros, ecologistas y medios, acentuada por la apelación constante a los riesgos de la degradación ambiental sobre la salud. (Dicho sea de paso, la paradoja institucional se dio en el desapoderamiento de la autoridad sanitaria en relación a esos temas y la creación de organismos específicos dirigidos por otros profesionales para administrar esa nueva realidad).

En ese contexto, quedó claro que cada proyecto debía someterse a estudio de impacto ambiental para evaluar sus posibles consecuencias. Así quedaba implícito que cualquier proyecto respondía a iniciativas que se suponían beneficiosas, ya fuera a nivel público o privado, pero había que analizar los posibles contrapesos, y en su caso, corregirlos. Obviamente, la corrección suponía reducir o eliminar los riesgos, y a su vez encarecer el coste del proyecto. Ese enfoque implica la posibilidad de que los impactos sean suficientes como para convertir las ventajas del proyecto en inconvenientes mayores. En ese caso el proyecto se abandona, ya sea por decisión administrativa o por el encarecimiento que impide su viabilidad.

Ahí tuvo su momento de gloria el principio de precaución: la identificación de un posible riesgo paralizó muchas iniciativas. Ahora bien, el análisis riguroso nos enseña que los riesgos deben cuantificarse, no basta con enunciarlos; por otra parte, hay dos tipos de riesgo: el de tomar una determinada decisión cuando lo mejor sería no tomarla; o, por el contrario, el de no tomarla cuando se debiera haber tomado. Las dos posibilidades exigen la evaluación de cada riesgo y tomar la decisión de riesgo mínimo. El análisis ambiental siempre evitó ese camino.

El sesgo conservador del ecologismo ha evitado, sin duda, muchos males, pero ha producido una reacción de desconfianza por los efectos paralizantes que en muchos casos ha tenido sobre desarrollos necesarios.

¿Cómo reequilibrar las cosas? No es fácil. No disponemos de muchos equipos administrativos capaces de evaluar y ponderar impactos económicos y contrastarlos con impactos ambientales y obtener síntesis razonables del análisis de riesgo. Tampoco es frecuente la predisposición de los grupos de interés a someterse al contraste entre interés privado e interés público. Por otra parte, el carácter peyorativo del concepto impacto ambiental se ha consolidado por evaluar, en su ya larga tradición, únicamente los impactos negativos.

En esa realidad ha emergido un nuevo movimiento, el de algunos sectores económicos, como las comunidades de regantes, que apelan al impacto ambiental positivo de su actividad, es decir a darle la vuelta al concepto. Obviamente, es lenguaje de consumo interno; pero a mi entender, desafortunado. El concepto impacto ambiental fue creado en otro contexto, siempre fue ajeno al campo, y su uso para reivindicar el valor de la actividad agraria tiene el regusto del lenguaje construido en los despachos de publicistas y comunicólogos, que de eso saben.

El campo, sea de secano o de regadío, tiene un enorme valor económico y social. Y ambiental: es el que conforma mayoritariamente nuestro paisaje, tan trabajado, del que ya apenas queda nada de la naturaleza primigenia y, no obstante, tan querido por todos.

En la medida en que la actividad agraria es intensiva en capital y recursos, presenta problemas análogos a los de otras actividades intensivas, sean industriales o urbanas. Y la reivindicación de su valor no debe hacerse con el lenguaje impostado de los impactos positivos (algunos de los cuales, dicho sea de paso, están muy pillados por los pelos) o con la apelación emotiva a la supuesta pérdida de aprecio de la sociedad por el regadío.

Nadie es inocente, sea por el paraíso perdido o por jugar a aprendiz de brujo. Hay que hablar de los problemas reales, que los hay, y gordos, y resolverlos de forma civilizada. Poner el debate en el carril de la publicidad o del sentimiento es la mejor forma de eludir la mesa de negociación.

[1] The Limits to Growth. 1972