Algunos recursos son esencialmente variables. Lo es el agua, que depende de la pluviometría. Lo es la electricidad, porque en su producción intervienen factores aleatorios de carácter climático –hidraulicidad, viento, insolación- y además no se puede almacenar.
La adecuación de le producción a la demanda es un elemento añadido de carácter logístico que impone sus condiciones. En el caso del agua, la regulación se alcanza de forma natural mediante los acuíferos y embalses y, una vez tratada, mediante los depósitos que, situados en la cota conveniente, también establecen la presión de suministro. Por otra parte, al no poderse almacenar, los incrementos de demanda eléctrica derivan forzosa e instantáneamente en aumentos de oferta.
En el caso eléctrico, los mecanismos de adecuación entre demanda y oferta se ajustan en un mercado continuo en el que, en función de la demanda, se ponen en producción tecnologías marginales menos competitivas, o, si se quiere, progresivamente más caras. El encaje final establece un precio único en cada momento que, señalado por la más costosa de las fuentes incorporadas, favorece especialmente a las más baratas, que fueron las primeras en entrar y que, en muchos casos, ya tienen sus infraestructuras amortizadas. Es lo que se ha venido en llamar windfall profits, o beneficios caídos del cielo.
Al no haber mecanismos físicos de regulación, el encaje entre demanda y oferta eléctrica se alcanza mediante mecanismos económicos. Puesto que la demanda oscila en función de la hora del día o de la climatología, los precios son esencialmente variables y así se trasladan a la factura. Esa variabilidad viene modulada por el término de potencia que incluye los costes fijos, ya sean de disponibilidad o de explotación y, paradójicamente, por los tributos asociados al recibo de la luz, también fijos, de modo que la variación porcentual del mercado continuo se traduce en una variación porcentual menor en el recibo.
Las energías renovables han introducido elementos significativos en el mecanismo de formación de precios, pues a su progresiva competitividad –que ha incidido en una tendencia a la baja del precio de la electricidad, han añadido su esencial variabilidad en función del viento, la insolación o la pluviometría. Es decir, la oferta también está más sometida que nunca a la aleatoriedad climática.
Coyunturas como la nevada reciente favorecen el batiburrillo de argumentos sobre los motivos del precio de la electricidad, las bondades o no del mercado eléctrico y los impuestos asociados. En las tertulias se mezcla todo. Y también en muchos debates aparentemente serios.
No voy a defender aquí el recibo de la luz ni las reglas del mercado continuo, fruto de decisiones históricas que en muchos casos atendieron consejos interesados. Los planes urbanísticos y los clientes particulares han financiado y entregado gratuitamente a las compañías eléctricas buena parte de las infraestructuras eléctricas de distribución en baja, conforme al diseño y dimensionamiento que ellas han exigido. En los barrios antiguos de muchas ciudades, también se ha financiado así las mejoras del cableado. Y no obstante, cuando más se necesita, aparecen los cortes.
Tampoco voy a tratar sobre el precio medio de la luz, manifiestamente superior al de otros países, que por ello resta competitividad a nuestras empresas, ni tampoco de la pobreza energética, que se podría resolver fácilmente mediante la regulación tarifaria de forma análoga a como lo hacen con el agua muchos de nuestros ayuntamientos. Los temas enunciados me parecen de fondo y merecedores de análisis más profundos que el que permite una entrada de blog.
Aquí tan solo deseo incidir en una cuestión que creo marginal, y no obstante es la que dispara los titulares de los medios y los nervios de nuestros políticos, ¡ay!, tan cortoplacistas.
Se trata de la variabilidad del precio, inevitable en las condiciones antes indicadas. Pero existen maneras de evitarlo o, por lo menos, de mitigarlo.
Muchas comercializadoras eléctricas hacen sus cálculos para ofrecer un precio fijo a sus clientes. Su conocimiento del mercado les permite establecer el precio fijo dentro de un margen razonable de riesgo con el que ganarse la vida, como cualquier empresa no protegida por el BOE.
Pero el motivo fundamental por el que traigo la cuestión a un blog de agua es que en el mundo del agua ya existe un precedente de regulación económica orientado a absorber la variación de coste. Es el caso de Aigües Ter Llobregat (ATL) el operador en alta de la Generalitat.
Análogamente al mix de producción eléctrica, ATL se provee de agua de diversas fuentes de suministro, básicamente, los ríos Llobregat y Ter y la planta desaladora de agua marina de El Prat. Por su origen y necesidades de tratamiento, el coste de producción es muy distinto. Con carácter ordinario el aprovisionamiento tiene en cuenta el coste de cada fuente. Aquí ya observamos una diferencia con la tarifa eléctrica: el coste aplicado es el coste medio, no el coste máximo de la fuente más cara. Normalmente, ATL escoge el mix más económico disponible. Pero en situaciones de carestía de agua, hay que poner a disposición la capacidad de producción de las desaladoras, mucho más costosas. Ese sobrecoste se absorbe mediante un componente tarifario que, a modo de seguro, se paga con carácter ordinario. Así el usuario no recibe sustos constantes como sucede en el caso eléctrico.
El mercado eléctrico dispone de una tarifa regulada cuyo contenido habría que revisar y dotar de un colchón que bien podría dotar-se atribuyendo carácter social a una parte de los windfall profits, que hoy no se corresponden con ningún esfuerzo inversor ni gestor. Una reconsideración tal permitiría incrementar el número de pequeños usuarios a la tarifa regulada y obtener seguridades de que la tarifa no sólo sería más estable, sino que siéndolo, se beneficiaría mejor de la tendencia a la baja que impulsan las renovables.
Así, la regulación económica sustituiría a la imposible regulación física. Por una vez, el mundo del agua no se miraría en el faro eléctrico[1] sino que ofrecería un camino a seguir.
[1] El Faro eléctrico. Joan Gaya. iAgua 12 de febrero de 2018
