El doloroso episodio de sequía que hemos padecido ha dado ocasión a revisar la forma en que se afrontan los problemas del agua. Hemos comprobado que las concesiones hidráulicas son derechos sin garantía, que la administración de dotaciones permite un mejor reparto del recurso disponible y que donde el uso es eficiente el problema se soporta mejor. También se ha verificado que el uso eficiente se manifiesta con mayor naturalidad donde el consumo viene acompañado de señales económicas adecuadas.
También hemos observado que el nerviosismo de algunos ha puesto el punto de mira en determinados sectores a los que se ha acusado poco menos que de ser los causantes de la escasez. Así, el sector turístico, el regadío o la ganadería han sido señalados por provocar la escasez de agua; a veces con denominaciones peyorativas como agroindustria o macrogranjas. Desde el otro lado también se han señalado los caudales ambientales como causantes de la escasez.
En definitiva, la escasez ha estimulado la guerra de trincheras entre sectores y las distintas percepciones del agua no han encontrado el espacio adecuado para acercar las posiciones. Puesto que la población urbana es mayoritaria y en ella anida el sentimiento de culpa que ha sembrado el ecologismo, en ese ambiente se ha seguido fustigando el consumo urbano y las pérdidas en redes como algo que, de no producirse, hubiera evitado el estrés ambiental de nuestros cauces.
A mi modo de ver, se han mezclado churras con merinas.
Pues es cierto que la eficiencia agraria es muy mejorable en determinados regadíos -y, como digo de vez en cuando en este blog, me refiero específicamente a Catalunya que es el territorio que mejor conozco- de modo que, en muchos casos se pueden obtener los mismos rendimientos de cosecha con menos agua. >Sin embargo, el margen de maniobra para limitar el agua en una granja, sea macro o mini, es muy escaso.
Pues el cierto que el turismo consume agua, en especial en verano, que es cuando se dan los picos de turismo y la escasez de lluvia. Pero también lo es que buena parte de ese consumo es turismo desplazado, es decir, personas que consumen en un lugar y dejan de consumir en otro; o turismo sustituido, es decir turismo exterior que compensa las salidas de españoles al extranjero. A pesar de tod, somos una potencia turística y el balance de consumo del sector es positivo: nos visita más gente de la que sale y eso se traduce no sólo en mayor consumo sino en el componente estacional.
Pero esa ponderación, en términos de consumo real, está pendiente. Como también lo está en términos de aportación a la economía y al empleo. Con frecuencia se olvida la evaluación de nuestras percepciones culturales en términos cuantitativos y en términos económicos. Está claro que hay que proteger la agricultura, no solo por su aportación al PIB sino por su relación con el reequilibrio territorial. La protección supone aportación de recursos públicos y por tanto la magnitud y las formas dependerán de las decisiones políticas. El turismo se mueve en otros parámetros económicos y territoriales y el tipo de problemas que sufre y que genera son a ser muy distintos.
En términos prácticos merece la pena dimensionar cada problema. En Catalunya tenemos problemas cronificados que se podrían resolver con unas pocas decenas de hectómetros cúbicos anuales de agua. Hablar de sequía en esos lugares es una forma de ocultar una mala gestión, cronificada a lo largo de décadas. Es el caso de comarcas como el Alt Empordà o el Priorat.
Otros problemas pueden medirse en algún centenar de Hm3 anuales. Es el caso de la región metropolitana de Barcelona, que finalmente encontrará alivio con las obras en curso planteadas por el Gobierno de la Generalitat.
Finalmente, el reequilibrio hídrico a medio plazo dispone de posibilidades poderosas que se miden en el orden de los 1.000 Hm3 anuales. Ese es el orden de magnitud del agua que absorbe el crecimiento del bosque por abandono agrario; por el propio abandono forestal en muchas zonas en la que el crecimiento del matorral aumenta la vez, la demanda de agua a la vez que el riesgo de incendio; y por el abandono de nuestros cauces, repletos de vegetación hidrófila que consume agua del acuífero y reduce la disponibilidad para todos los usos. Ese es también el orden de magnitud del agua del Ebro que entra en Catalunya por Mequinenza, miles de Hm3, y que debería contribuir a resolver problemas como los ya mencionados, de magnitud considerablemente menor, algunos de los cuales, como el del Priorat, a escasos quilómetros de la abundancia.
Medir, dimensionar los problemas, es un ejercicio más eficaz que levantar pasiones. La cooperación es un estadio superior de las comunidades humanas que a veces se alcanza. Cuando se han superado miedos y recelos nadie desea volver atrás. Y un tiempo más tarde, nadie comprende cómo se pudo tardar tanto tiempo en llegar a lo evidente.
