Los ingenieros de mi generación aprendimos a relacionar el humo con el progreso. Eran los años 60 y estábamos iniciando lo que se vino a llamar el desarrollismo, el ensayo de política económica liberal, planificada en quinquenios a la manera de la Unión Soviética de Stalin, pero con una vela a Dios (la estricta vigilancia de los precios y los movimientos sociales) y otra al diablo de la economía, que para avanzar requería puertas abiertas a las mercancías y a las ideas. Fueron los planes de Desarrollo Económico y Social de España, que debían sacarnos del atraso y la miseria históricas.
Las primeras preocupaciones ambientales se expresaron en los países más desarrollados a principios de los años 70. La conferencia de Estocolmo de 1972, fue organizada por Naciones Unidas, y en ella ya se evidenció que los problemas ambientales no conocen fronteras y requieren una acción conjunta para afrontarlos.
Desde otro punto de vista, y también el 1972, se publicó el informe Los límites del crecimiento, encargado por el Club de Roma al MIT[1], que ponía en duda las posibilidades de un crecimiento económico y de población indefinidos, y proponía reconsiderar el futuro de la humanidad bajo premisas distintas.
Preocupaba la calidad del aire (en especial la lluvia ácida de las centrales térmicas), la producción de residuos (creciente en una sociedad urbana que entraba en las dinámicas del consumismo, la creciente producción de aguas residuales de las concentraciones urbanas y de los procesos industriales, que ya se extendían a las nuevas formas de producción de las actividades agropecuarias intensivas.
De lo allí debatido, aquí nos llegó tan solo la foto del ministro López Rodó paseando en bicicleta por Estocolmo. España asistía como espectador, pero vivía sus realidades especificas derivadas de un desarrollo socioeconómico aún condicionado por la dictadura. Se preparaba la transición política, y la incipiente preocupación ambiental se centraba principalmente en su relación con la salud pública. Eran recientes los últimos episodios de cólera por aguas contaminadas, pues la desinfección del agua distaba de ser una práctica generalizada.
El medio ambiente como problema específico apareció algunos años más tarde, en primer lugar, como respuesta de oposición a la implantación de centrales nucleares, o a las consecuencias de la degradación de algunos ríos. La producción de residuos en España no se disparó hasta mediados de los años 80, con la entrada en la Comunidad Económica Europea y la implantación masiva de sus modos de consumo.
Además de la transición de la dictadura a la democracia, los años 70 conocieron crisis de petróleo y crisis financieras que repercutieron especialmente en el sistema productivo español, obsoleto y poco habituado a la libre competencia, incapaz de afrontar los crecientes retos ambientales.
En materia de agua, los nuevos planteamientos se refirieron a la contaminación debida a las aguas residuales, la limitación de las extracciones abusivas de agua que secan cauces y agotan acuíferos, y la oposición a los trasvases.
En ese clima, se empezó a manifestar el ecologismo, como movimiento a medio camino entre el aval de la incipiente ciencia ecológica y el titular mediático. Las políticas ambientales brillaban por su ausencia y el ecologismo conquistó los titulares con la ayuda del miedo, que era el argumento con el que se ganaba la colaboración de los media y las voluntades de tanta gente. Miedo por la salud, miedo a lo desconocido, conciencia de un futuro de cambios inevitables que se evidenciaba conducido por aprendices de brujo. El enemigo señalado era el sistema productivo, que negaba o, al menos disimulaba, los riesgos con el señuelo del progreso.
Así apareció también el efecto Nimby (not in my back yard), es decir, no en mi patio trasero). Cualquier intento de nueva infraestructura, ya fuera productiva, de comunicaciones u otra, era tildada de peligrosa. Y claro, como el desprestigio acarrea pérdida de valor, muchos propietarios o titulares de intereses se subieron al carro de la negación, que ya entonces tenía ganado su prestigio. Análogamente, en el mundo del agua se hizo frecuente que los argumentos ambientales o simplemente emocionales envolvieran intereses económicos en una capa de mayor respetabilidad comunicativa.
Las políticas ambientales llegaron tantas veces tarde y bajo la sospecha de no responder a un plan sino de ser meramente reactivas a las movilizaciones o a los titulares de prensa. Eso ayudó a subrayar el mérito de las denuncias y cimentó su prestigio.
Muchos de nosotros aprendimos de la ciencia ambiental que las cosas son más complejas de lo que aparentan, que los equilibrios son frágiles y que se pueden producir impactos negativos, que hay que prever, internalizar y corregir sus consecuencias hasta donde sea posible. A veces los impactos son lejanos e imprevisibles, fruto de muchos efectos mariposa que sólo el tiempo hace evidentes.
Ha costado mucho, y sigue costando mucho, diseñar políticas en las que economía y medio ambiente se den la mano. La Ley de Cambio Climático es un ejemplo afortunado, aunque tardío, como ya se ha dicho. El debate sobre caudales ecológicos y la implantación de cánones en la planificación y gestión del agua, es otro.
Es probable que una vez más, Alemania marque el paso de esas políticas en el futuro inmediato. La evolución progresiva de Los Verdes les ha hecho madurar un programa de gobierno complejo e inclusivo que los ha llevado a una posición central en el mapa electoral del país. En plena crisis de los valores tradicionales y de las fuerzas políticas que han construido la Europa de la postguerra mundial, Los Verdes encarnan el optimismo estratégico de una Europa mejor que contribuya significativamente y de forma singular a un mundo mejor.
La política ambiental debe ser, junto a las políticas económica y social, una de las tres patas del desarrollo futuro de la humanidad. No nos queda otra que reconocerlo y actuar en consecuencia. El conocimiento y la sensibilidad social han cambiado mucho en las últimas décadas. Me parece que el ecologismo y los medios de comunicación deberían tomar nota, abandonar su querencia por los titulares y contribuir a un debate constructivo y solidario sobre el futuro de nuestra energía, de nuestras aguas, de nuestro aire, de nuestro clima, de nuestro paisaje y, en definitiva, del modelo de sociedad que vamos a construir ahora que la pandemia ha demostrado que tantas cosas que parecían inamovibles ya no volverán.
[1] Massachusetts Institute of Technology
