Opinión
Joan Gaya Fuertes
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En paz con el ciclo del agua


No hay más agua. Y habrá menos, hay que acostumbrarse. Los científicos y los simples observadores lo sabemos. Y los negacionistas, también.

El ciclo del agua nos ha ayudado a prosperar, pero tiene un límite y las transformaciones climáticas que estamos provocando y comprobando lo están agravando. El sol bombea agua hasta las nubes y la reparte por el mundo, aunque ciertamente de forma desigual. Es frecuente que donde hay más sol cae menos agua, y eso a veces se vive como una bendición -turismo-, y a veces no.

Hay quien todavía defiende que sólo se trata de insistir en más transvases para asegurar, alguna temporada más, los regadíos a bajo precio; pero el interés ciega sus ojos, no sirve como planteamiento estratégico, es decir, a largo plazo.

El sector agrario ha asumido -y ha repercutido cuando ha podido- incrementos de costes derivados de la energía, los agroquímicos, las semillas, mucho más importantes que los derivados de disponer de agua. Ha demostrado resiliencia y solvencia. Y hay países áridos que, a pesar de soportar costes de agua muy superiores, tienen una agricultura competitiva.

Es cierto que la escasez agudiza el ingenio y ese ha sido el caso de nuestra agricultura mediterránea; nadie se esfuerza en ahorrar un bien abundante, y menos si está subvencionado.

También es cierto que los esfuerzos que se destinan a mejorar la eficiencia en el uso del agua crean hábito y redundan en otros aspectos de la gestión empresarial; una mejor organización de la producción y la comercialización, que siempre fueron manifiestamente mejorables en el sector primario. Nuestra agricultura mediterránea es ejemplar en ese sentido.

Lo dicho no impide subrayar la dejadez histórica de las administraciones hidráulicas, que siguen ancladas en el sambenito de la dictadura: la pertinaz sequía como maldición divina. Dado el gran predicamento de las organizaciones agrarias en las confederaciones hidrográficas, se me hace difícil delimitar coincidencias y diferencias, es decir, en qué hay corresponsabilidad y en qué, una administración hidráulica verdaderamente independiente hubiera actuado de otro modo, quizá con mayor visión de futuro y menos tolerancia a las presiones del sector.

¿Cómo es posible que la superficie de regadío del Guadalquivir requiera el doble de agua de la aportación media de la cuenca? ¿Quién se ha llamado a engaño pensado que el maná del agua seria inacabable? ¿Cómo es posible seguir por ese camino como parece ser el propósito de algunas autoridades andaluzas?

Sea como sea, el futuro ya no pasa por insistir en el pasado. Llueve menos y peor, con más episodios violentos entre períodos secos, y con menos nieve. Vienen vacas flacas y habrá que tocar con los dos pies en el suelo. Doñana seca, menos fresas y quizá menos olivos. Recuerdo una visita a Jaén, años atrás, en la que un campesino me habló de la resistencia del olivo a la sequía, y también de lo agradecido que es ese árbol cuando recibe agua: es el frutal con mayor rendimiento en kilos de fruto por metro cúbico de agua aportada.

Ciertamente, necesitamos mejorar la capacidad de aprovechamiento del agua que nos aporta el ciclo natural. Ello supone usar con eficiencia el agua disponible, pero también, descontaminar los acuíferos y promover su explotación sostenible. Esa es la mayor reserva potencial de agua que debemos cuidar mediante su regeneración, recarga y explotación sostenible. No se trata de grandes obras públicas, sino de compromisos colectivos de buena gestión.

En esa regeneración debería implicarse todo aquel que hubiera participado en la degradación. No voy a señalar a nadie, pero esa Europa a la que queremos alimentar con nuestra huerta también es la que no ha enseñado algo elemental: el que contamina, paga.

En mi opinión, no deben usarse los caudales ecológicos ni desecarse los humedales. Son garantía del sostenimiento de los sistemas acuáticos de los que nos servimos y actúan como recarga de los acuíferos conectados a los cursos de agua. El flujo constante y la conexión entre el agua superficial y el acuífero, son las características distintivas entre un río, un barranco y un canal.

Más allá del ciclo natural del agua, el campo de juego es inmenso: la regeneración de aguas residuales o salobres ofrece muchas posibilidades.

Sin duda, el recurso a esas aguas implica operaciones que, además de esfuerzo organizativo, comportan coste energético. Habrá que aliarse con el sol y el viento para eludir el coste de los combustibles fósiles. El mundo cambia muy deprisa y exige posicionamientos audaces.

En todo caso, opino que el dinero hay que invertirlo en asegurar el futuro, no en prolongar la agonía del pasado.