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Joan Gaya Fuertes
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El mantenimiento de los cauces fluviales


Un río no es un canal. Tampoco debe ser un bosque. Un río es el trazo preferente que el agua se ha dado para regresar a las cotas bajas de donde salió.

La intervención humana de los ríos es muy antigua, pero sin duda se ha acentuado en los últimos ciento cincuenta años a consecuencia del aumento de construcción de presas, acueductos y canales, y también de motas y canalizaciones para encauzar el agua a regadíos y abastecimientos o evitar inundaciones de tierras bajas. Indudablemente, esas obras han alterado la configuración de muchos cauces en aras de la utilidad o la seguridad.

La sequía pluviométrica de los últimos tres años ha mostrado otra cara de la moneda: la invasión de los cauces por los bosques de ribera y los cañaverales, hasta desfigurar el camino del agua superficial y restar más agua a todos los usos.

Y como cada otoño, surge la polémica entre conservacionistas y gestores de los cauces sobre la necesidad o la conveniencia de limpiarlos. Los lamentables sucesos de Valencia han agudizado los términos en que se produce el debate.

Qué duda cabe que en muchos casos el territorio se ha ocupado de forma irresponsable. Qué duda cabe que hoy se construirían de otra forma muchos de los puentes existentes, con mayor luz entre pilares. Lo que tenemos es manifiestamente mejorable y así deberá ser lo que se construya o lo que se reconstruya en adelante. Se aprende de los problemas observados, aunque también sabemos que la memoria es débil y muy especialmente la transmisión entre generaciones. Lo que no le ha pasado a uno parece que no ha pasado nunca, y ahí tenemos el fundamento de nuevas catástrofes perfectamente evitables. Poca gente se acordaba en Valencia de lo sucedido en 1957 y mucho menos de episodios anteriores bien documentados por los historiadores.

Qué duda cabe que en muchos casos el territorio se ha ocupado de forma irresponsable

Pero no se puede derribar todo y empezar de cero, y hay que ver cómo reducir riesgos con los elementos disponibles. No me voy a referir a las obvias cuestiones de protección civil en relación con los avisos meteorológicos y a la población, sino solo a las relativas al agua.

Una de ellas es la gestión de desembalse de nuestros pantanos. Las predicciones meteorológicas permiten, mediante desembalses preventivos controlados, aumentar la capacidad de regulación por encima de la capacidad nominal del embalse y reducir así los riesgos de una avenida.

Otra es la limpieza de cauces, elemento esencial para asegurar el paso del agua y cuestión crítica, especialmente en las zonas urbanas situadas aguas arriba de los puntos críticos. No es de recibo permitir el crecimiento de cañaverales y árboles de ribera en medio del cauce. A mi entender, no se trata solo de eliminar cañas ni tampoco, como se ha dicho, de substituir esas cañas y otras especies “invasoras” por vegetación autóctona (¿cuánto tiempo debe haber transcurrido para considerar una especie como autóctona?), sino de dejar libre el paso del agua entre las dos riberas.

Las avenidas acaban acumulando los restos vegetales en el primer obstáculo que encuentran, producen inundaciones laterales en zonas que de otro modo estarían protegidas y aumentan la presión del agua sobre los puentes que encuentran a su paso. Claro que, por motivos análogos, tampoco debe permitirse el aparcamiento de vehículos cuyo efecto es análogo. Sin llegar a la tragedia, lo vimos pocos días atrás en Cadaqués, donde unos 30 coches aparcados en la riera obstruyeron la salida del agua al mar y provocaron la inundación de calles y negocios. Era perfectamente evitable.

La vigilancia y el mantenimiento de los cauces es responsabilidad de las autoridades hidráulicas, salvo contados casos que están identificados y acordados. Esas labores han sido objeto de alertas administrativas, pero el problema no es solo de diligencia, sino de interpretación o conflicto de intereses entre ecologistas y administración hidráulica, que como hemos visto en Catalunya, durante largo tiempo han preferido la inacción a la polémica.

Esa polémica se plantea en debates públicos en los que se llega a afirmar que “limpiar» cauces y retirar vegetación de ríos agrava la fuerza destructiva de las riadas. El argumento se refiere a la mayor energía del agua rápida, en el caso de que se llegue a producir el desbordamiento. Pero ignora que el caudal es el producto de la sección por la velocidad, magnitudes que se incrementan con la limpieza de los cauces y que, en esas condiciones, disminuyen sensiblemente el riesgo de inundación.

La vigilancia y el mantenimiento de los cauces es responsabilidad de las autoridades hidráulicas

Tampoco es de recibo lo que de vez en cuando me llega: “pues no haber construido de esa forma, los ríos no tienen la culpa”. Tenemos el país que tenemos, y tan importante como hacer las cosas mejor en adelante, es respetar lo que hay y protegerlo de la mejor manera posible.

No confundamos la realidad con la conveniencia, no nos vaya a pasar como al señor que fue al sastre para que le hiciera un traje a medida. El señor se prueba el traje y le dice al sastre: «Debe acortar esta manga: ¡es demasiado larga!». «No, ya verá, doble el brazo así, y la manga le sube», dice el sastre. «De acuerdo», dice el cliente, «pero ahora, fíjese en el cuello: cuando doblo el brazo, ¿el cuello me sube hasta el cogote?» «No pasa nada», dice el sastre, «levante la cabeza y échela hacia atrás: ¡perfecto!». «Pero ahora el hombro izquierdo me queda unos centímetros más bajo que el derecho», dice el hombre. «Ningún problema», dice el sastre, «incline el tronco a la derecha y los hombros se le igualarán». El hombre sale de la sastrería con el traje puesto, un brazo doblado hacia afuera, la cabeza echada hacia atrás y el tronco inclinado a la derecha, caminando de manera espasmódica. En ese momento lo ven dos transeúntes, y el primero dice: «Mira ese pobre hombre contrahecho: ¡se te encoge el corazón!». «Sí», dice el segundo, «pero su sastre debe de ser un genio: el traje que lleva le sienta maravillosamente bien».