El abastecimiento de agua es un servicio con características de industria. En efecto, el resultado esperado por los ciudadanos es el servicio público que suministra agua potable. Pero el proceso que lo hace posible es un proceso típicamente industrial en el que una materia prima, el agua extraída, se transforma en un producto acabado mediante los procesos de acondicionamiento que en cada caso sean necesarios.
Lo que en una industria se denomina especificaciones técnicas, en el caso del agua potable viene señalado por la normativa sanitaria, cuyo cumplimiento garantiza la idoneidad del agua para poder ser suministrada en el marco del servicio público.
Si el agua es de acuífero, normalmente el proceso se reduce a bombeos y desinfección; si es superficial, disminuye o se suprime la necesidad de bombeo, pero se incrementa la necesidad de tratamiento para eliminar partículas en suspensión como complemento a la desinfección. En ambos casos puede ser necesario algún proceso complementario para reducir la presencia de otros componentes, como hierro o manganeso entre los componentes naturales más frecuentes, o nitratos en las zonas afectadas por contaminación agroganadera.
Con los años se ha incrementado el tratamiento de aguas salobres o marinas, en las que el proceso de separar la sal se fía a ósmosis inversa u electrodiálisis reversible. También la regeneración de aguas residuales usadas, para las que se van suavizando las barreras culturales y normativas que hasta el momento han limitado su uso como agua de consumo público.
Sea cual sea el caso, aquello que une todos esos casos es la secuencia de operaciones básicas que permiten la transformación de una primera materia, el agua captada, en un producto acabado que debe cumplir unas especificaciones técnicas: las que exige la normativa sanitaria para las aguas de consumo público.
Las características de la industria del agua tienen un segundo componente: el logístico, que se refiere al transporte y almacenamiento del agua tratada. Esa es precisamente la esencia de la función logística, asegurar la disponibilidad de un producto en el lugar y el momento en que va a ser necesario disponer de él. La logística permite desacoplar la dimensión temporal y espacial de la producción y la del consumo.
En el caso de la industria del agua, la función logística tiene que ver con tuberías, depósitos y sistemas de bombeo, así como los elementos que permiten su control, remoto y constante, gracias sistemas de telecontrol y de monitorización de las redes y la calidad del agua transportada y almacenada.
La función industrial del agua urbana, producir y distribuir agua potable, requiere infraestructuras cuya disponibilidad exige intensas dosis de capital. Captaciones, estaciones d tratamiento, tuberías, bombeos, sistemas de verificación, medición, automatismos de control, son elementos costosos, algunos de vida limitada que van a tener que ser repuestos en períodos previsibles, otros que van a responder a exigencias de modernización o mejora del servicio.
Por ello, la función industrial ha venido reduplicada por la función financiera, que se ocupa de prever los flujos de capital necesarios para atender esas necesidades. Esa función debe responder a un perfecto conocimiento de la infraestructura del servicio, su estado y necesidades, así como a la proyección futura sobre lo que se desea en términos de crecimiento, de mejora de la calidad, ya sea de la garantía de abastecimiento, del sabor del agua o de la eficiencia operativa del servicio.
En general, hay que endeudarse. Y, puesto que el dinero hay que devolverlo, hay que adecuar el ritmo de las inversiones necesarias a la capacidad de devolución que permiten las tarifas. Y viceversa, hay que adecuar las tarifas a las necesidades de inversión. Ese encaje es el gran reto que debe resolver un ayuntamiento y no depende de si la gestión es pública o privada.
Otra cosa es el tratamiento financiero que se hace desde los ámbitos público y privado. Los dos tienen en común la solvencia del servicio basada en las tarifas y una cierta inelasticidad del consumo. Una tarifa sana es un excelente aval para obtener un crédito.
Aunque en no pocas ocasiones el sector privado del agua exhibe el señuelo de unos tipos de interés inferiores a los de la financiación bancaria, son diversos los mecanismos de que dispone para compensar con otras partidas esa aparente ventaja. Si se mira bien, a la larga suele ser más caro.
En el ámbito público hay que torear con los servicios económicos de muchos ayuntamientos que prefieren limitar el endeudamiento municipal y dedicarlo únicamente a aspectos en los que no hay alternativa. Ese argumento convence a muchos alcaldes y es la gran baza por la que se privatizan los servicios de abastecimiento.
En las últimas décadas las empresas del sector han incrementado el peso de sus departamentos financieros y jurídicos en detrimento de los industriales, entendidos en la forma explicada anteriormente. También se dedican numerosos esfuerzos a cultivar la imagen del sector. No estoy seguro de que eso haya conseguido mejorar la calidad de los servicios prestados a los ciudadanos y, no obstante, los costes de ese replanteo no se pueden ignorar en la estrategia de equilibrio económico de los servicios que presta el sector.
Alguien los paga. Y la realidad muestra que los municipios que optan por ese camino tienen tan difícil identificar la estructura real de costes que soportan como cambiar de camino una vez que entraron por ese. Las finanzas y los litigios son elementos disuasorios que pocos se atreven a afrontar. El servicio prestado, su naturaleza industrial habrán pasado a segundo plano.
