Vivimos rodeados de riesgos. Viejos riesgos, relacionados con nuestra salud, con el entorno laboral, con el futuro. Y nuevos riesgos, que de vez en cuando aparecen en el horizonte y que los medios de comunicación se encargan de subrayar. El riesgo interesa y fascina. En según qué casos, según en qué personas o en qué circunstancias, el riesgo atrae y a la vez encoge el ánimo. Y en todos los casos, condiciona las conductas y acarrea consecuencias.
Nuestra sociedad está organizada en torno a la seguridad. El patrón social no admite el riesgo: se establece en base a unas expectativas y exige que alguien tenga la culpa de cualquier incidencia que altere nuestra vida o nuestras expectativas. La política no se concibe sin ofrecer seguridad y mejoras. Las compañías aseguradoras cuantifican el riesgo y venden seguridad.
Afinemos las ideas. En primer lugar, hablamos de peligro. El concepto se refiere a situaciones que contienen factores potencialmente dañinos o simplemente no deseados para las personas, las propiedades o el medio ambiente.
La medición de esas situaciones nos lleva al concepto de riesgo, en el que se trata de calcular la probabilidad de que ocurra un suceso no deseado y las consecuencias de ese suceso expresadas en unidades medibles: vidas, pérdidas económicas u otro concepto que se adecúe a la situación que se quiere caracterizar. El riesgo seria el resultado de multiplicar la probabilidad del suceso por sus consecuencias y se mide en las unidades elegidas para las consecuencias. Ese cálculo básico, traducido a dinero, es el que utilizan las compañías de seguros para establecer la prima en los productos que comercializan, ya sean seguros de vida, de automóvil o de cosecha. La prima debe cubrir el riesgo asegurado más los costes internos de la aseguradora y su beneficio económico. Aplicado a un número suficientemente alto de casos, la estadística asegura la viabilidad del negocio.
El concepto antisimétrico del riesgo es la garantía. Aparentemente es antitético al riesgo, pero mucho más difícil de cuantificar, pues su definición suele acompañarse de parámetros técnicos que permiten su evaluación. Así, la garantía se establece en torno a los múltiples factores que la afectan, ya sea en cantidad, en calidad o en los factores organizativos del servicio que la pueden afectar. Si las contingencias de la vida suponen exposición al riesgo, los servicios de una sociedad moderna se evalúan por las garantías que ofrecen, es decir la fiabilidad con que podemos contar con el servicio en cuestión. De ella, y en especial de las garantías que ofrecen los servicios públicos, depende la economía y el funcionamiento de la sociedad.
En el mundo del agua, los riesgos esenciales son dos: los derivados de la carestía y los de la sobreabundancia, es decir la sequía y las inundaciones. La forma tradicional en que se han abordado esos problemas se basa en la regulación de los cauces, lo que ha permitido almacenar agua para épocas secas y así poder aprovechar los posibles excedentes, y a la vez ha permitido laminar las grandes avenidas y reducir así el riesgo del desbordamiento de cauces.
El tiempo ha añadido otros mecanismos, como el encauzamiento y protección de márgenes y, de forma irregular, fragmentaria e insuficiente, la regulación de los usos del territorio.
Por otra parte, la percepción social ha añadido la exigencia de nuevas garantías al mundo del agua: las más importantes, las relativas a la calidad de las masas de agua y el respeto a los caudales ambientales.
Así la moderna gestión del agua incluye el complejo sistema de riesgos y garantías que se trata de conjugar y armonizar.
En un clima tan irregular como el mediterráneo y sometido a múltiples presiones por la intensa ocupación humana y la actividad económica, ello no es fácil. Incluso el respeto a los sistemas naturales debe ser objeto de convenciones sobre las que gestionar la conservación ambiental. Apenas hay sistemas naturales, pero si una idea de cómo debe alcanzarse un cierto equilibrio entre “naturaleza” y “artificialeza”. El palabro, con perdón, sugiere todo aquello que se puede atribuir a la intervención antrópica invasiva. Ese equilibrio no se basa en el respeto al libre curso de los acontecimientos, sino en la gestión responsable y acordada de todos los elementos implicados.
Lo dicho hasta aquí son conceptos. La evaluación de riesgos se ha desarrollado notablemente y se ha complementado con las técnicas predictivas de la modelización del comportamiento de las masas de agua y de servicios como los meteorológicos. No obstante, la percepción del riesgo tiene un componente cultural muy intenso y, con mucha frecuencia, la respuesta al riesgo se basa más en el riesgo percibido que en el real. Más aún cuando se trata de elegir entre dos alternativas de riesgo, como son la de inundación o desabastecimiento. Los dos riesgos afectan a bienes, intereses y expectativas.
Un mes más tarde del Gloria siguen aumentando las evaluaciones de daños y sigue el debate sobre cuales hubieran sido las mejores decisiones para evitar o mitigar los daños. La posición defensiva de los responsables de esas decisiones no debería impedir que explicaran si se ha aprendido algo o si, en un futuro eventual suceso análogo, los protocolos a seguir serían los mismos.
