Primero fueron las Tablas de Daimiel, hace 35 años y hoy en respiración asistida. Luego hemos contemplado la muerte del Mar Menor. Hoy se retransmite en directo la agonía de Doñana.
En 1986 el país padecía -una vez más- una prolongada sequía. El 6 de septiembre el telediario de la tarde abrió con el titular: «Arde la zona húmeda de Las Tablas de Daimiel».
No hace falta recordar los tristes y recientes episodios vividos en el Mar Menor en los que el abandono de unos y la desidia de otros ha merecido repulsa unánime en España y en la Unión Europea. Doñana es la tercera estación de este vía crucis de nuestras zonas húmedas, despreciadas por improductivas por una agricultura que se quedó en la España de Joaquín Costa, cuando la extensión del regadío, era simplemente un remedio contra el hambre atávica de nuestro campo. Contra el hambre y la ignorancia, escuela y despensa.
Hoy el regadío no es cuestión de hambre sino de agronegocio. Y estaría bien que en un país con una prosperidad aceptable tirando a buena, las reflexiones fueran distintas: ¿cómo distribuir equitativamente la riqueza disponible?, ¿cómo encontrar un equilibrio entre seguir creciendo a corto plazo y asegurar un futuro para nuestros hijos y nietos?
Joaquín Costa no tenía esa preocupación, ni los gobiernos que impulsaron una decidida política de regadíos, tampoco. Esa es una cuestión que nace de la conciencia de que los recursos son limitados -y por supuesto el agua disponible- y el crecimiento desordenado genera externalidades que impiden o dificultan el desarrollo futuro. Hoy nos falta más escuela y tenemos una despensa mal repartida.
Habría que explicar un poco más lo que ha sucedido con el mar de Aral, gran lago interior hace muy pocos años y hoy un secarral deshabitado, improductivo y salobre.
Habría que acentuar la evaluación económica de los daños ambientales futuros; hoy no es tan difícil, la econometría ha progresado y se pueden modelizar escenarios.
Nuestras zonas húmedas se van secando y lo único que se le ocurre al gobierno andaluz es legalizar las extracciones que están secando la marisma. ¿De qué vivirán esos agricultores dentro de 5 o 10 años?
¿Qué tipo de pactos pueden haber hecho los gobiernos español y andaluz para evitar sanciones por la dejadez en la gestión de Doñana?
¿A qué esperan las organizaciones agrarias para entrar en el siglo XXI y defender una agricultura sostenible? Precisamente este año se cumplen 50 de la publicación, en 1972, del informe del Club de Roma Los límites del crecimiento. Hay que recordar su conclusión para quien no haya tenido tiempo de leerlo: la proyección a futuro de las dinámicas actuales de crecimiento de población, industrialización, contaminación, producción agraria y explotación de los recursos naturales indica que en los próximos cien años se alcanzarán los límites absolutos del crecimiento de la tierra.
La modernización de los regadíos avanza lentamente y en general no para ahorrar agua, sino para aplicar menos metros cúbicos por hectárea y poder, así, irrigar superficies mayores con el agua sobrante.
Se han producido errores importantes con los biocombustibles o con la sobreproducción de carne, innecesarios e insostenibles a futuro, grandes consumidores de tierra agraria, agua y otros insumos.
Los regantes piden estudiar las causas de la sequía. Pero la falta de lluvias es un factor limitado cuyo efecto no es comparable a la extensión del regadío y la explotación insostenible de los acuíferos. Frente a ese fenómeno el incremento de caudales ecológicos es una mínima defensa para asegurar que nuestro país será habitable en el futuro.
No se pueden pedir más obras públicas en pantanos y trasvases para mover un agua que no existe. El límite anunciado hace 50 años, en ese caso ya está aquí, no es un problema de sequía. No hay más agua que la que cae.
La política agraria moderna exige estudiar y canalizar todos esos factores. Y desarrollarse de forma compatible con el uso sostenible del agua y el respeto a las masas de agua de las que depende, en buena parte nuestro futuro. Es de esperar que el debate que se anuncia sobre el futuro del agua y la agricultura ayude al aterrizaje de nuestra agricultura en el siglo XXI. Otros países más secos que el nuestro lo han resuelto y exportan. Claro que, en esos, no hay agua ni en los ríos ni en el subsuelo. Esa es la golosina que todavía nos confunde.
