El respeto al medioambiente se adorna, inevitablemente, de prejuicios. La mayoría de los mortales entendemos por medioambiente una mezcla de recuerdos de infancia, lecturas de libros de viajes y algún artículo de divulgación más o menos documentado.
Los ciudadanos urbanos lo vivimos con la nostalgia que da mirar desde el asfalto y el trabajo. El medioambiente así construido participa de la fantasía romántica y considera más el paisaje que los que lo habitan y lo viven día a día. Para ellos, la fantasía ha sido siempre urbana, la de aquellos que tienen posibles para viajar y descansar en el campo sin sufrir sus inconvenientes.
El ambiente terrestre en el que vivimos ha evolucionado, a veces lentamente, a veces por la fuerza de cataclismos diversos. Las condiciones que han hecho posible la vida nunca han sido estacionarias. Y ciertamente, la especie humana, su éxito en ocupar, adaptarse y explotar ámbitos muy diversos, ha tenido y tendrá un coste ambiental considerable.
Esta reflexión —a la que regreso de vez en cuando para evaluar actitudes y conflictos de opinión en los que suelo participar—, me viene a raíz de noticias diversas de mi ciudad, Girona, atravesada por el río Onyar, un pequeño afluente del Ter. El Onyar ha sido, históricamente, un espejo de la ciudad, sus conflictos y visiones.
A partir de la ciudad romana, situada en un montículo junto al margen derecho del río, muy próximo a su desembocadura en el Ter, los arenales del Onyar y el vado que permitía atravesarlo rumbo al sur hacia Barcelona y Tarragona, determinaron la importancia estratégica de la ciudad. El crecimiento urbano incluyó más tarde el margen izquierdo y determinó la centralidad del río. Y también su función higiénica: al Onyar fueron a parar durante siglos las inmundicias sólidas y líquidas de la ciudad.
El Onyar y su desembocadura en el Ter determinaron la vulnerabilidad de las zonas bajas de la ciudad, sometidas periódicamente a graves inundaciones, a un ritmo medio de 8 por siglo desde que existen registros. Ese ritmo ha decaído por la construcción de los grandes embalses del Ter que, en general, aunque no siempre, facilitan el desagüe de las crecidas del Onyar. También ha contribuido a la reducción de riesgo la canalización del río, que asegura una capacidad y velocidad de alivio al coste de que en ese tramo el río se ha convertido en un canal. No obstante, el episodio del Gloria en enero de 2020 pasó una importante factura a la ciudad.
Por otra parte, el saneamiento urbano ha mejorado sensiblemente el aspecto de las aguas y su entorno, hoy razonablemente homologable.
En sentido contrario, han operado otros factores. Por ejemplo, la electrificación y mecanización del campo. Hasta mediados del siglo XX los campos de la cuenca del Onyar eran esencialmente secanos. En las crónicas y la memoria de los viejos del lugar, el Onyar tenía agua a su paso por Girona.
La generalización de los motores eléctricos o de combustión interna facilitó los bombeos y la conversión de secanos en regadíos mediante la explotación del acuífero del río. El precio fue, naturalmente, que el agua fluyente prácticamente desapareció, pues los regadíos activan la evapotranspiración de las plantas que alimentan. El agua sigue otros circuitos, quizá no tan naturales, pues la convención es que todo es natural menos la acción humana.
Hoy leo que la Agencia Catalana de l’Aigua está activando pozos junto a la entrada del Onyar en Girona para asegurar un mínimo de caudal del río. ¿Más intervención para redibujar un paisaje natural? Un millón de euros para crear la ilusión urbana al modo de un belén…
Otros aspectos merecen reflexión en profundidad. Meses atrás, el Ayuntamiento de Girona contrató una empresa para retirar peces del río. Se argumentó que apenas había agua. La operación consistió en sacrificar (¡qué fea es la palabra matar!) las especies exóticas (es decir, invasoras) y salvar los peces autóctonos que se trasladaron al cercano Ter.
He ahí un aspecto de la renaturalización que no puede pasar desapercibido: la lucha contra el invasor, aunque sea pacífico, parece ser el signo de los tiempos. La ecología es una ciencia que estudia las dinámicas de los ecosistemas. Su interpretación práctica, el ecologismo, administra certificados de buena conducta, a veces de forma consciente, a veces con connotaciones racistas cuyas resonancias producen escalofrío. Desconozco en qué momento inmemorial las carpas aparecieron en nuestro río. Pues las hijas, nietas y tataranietas de aquellas carpas inmigrantes, fueron sacrificadas por exóticas.
