Opinión
Joan Gaya Fuertes
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El cascabel de la circularidad (1)


Hay palabras que se ponen de moda y parece como si el mero hecho de pronunciarlas resolviera mágicamente el problema al que aluden. Sostenibilidad, circularidad, ¿cuál es su magnetismo, que las pone en tantas bocas? No hay político ni empresario ni ecologista que deje de invocarlas. Y por el mero hecho de haberlas pronunciado ya pueden decir lo que sea, aunque en general no sea muy distinto a lo que venían diciendo. Por cierto, tengo comprobado que la inteligencia de las propuestas que siguen suele ser inversamente proporcional a la frecuencia con que se pronuncian esas palabras.

La sostenibilidad como concepto es una reacción al maltusianismo, que ya en el siglo XIX denunciaba la inviabilidad del crecimiento exponencial de la población y, en consecuencia, del consumo de recursos que, inevitablemente, son finitos. La última versión de esa tendencia fue el informe Los límites del crecimiento, redactado por el MIT y publicado en 1972 por el Club de Roma.

Durante mucho tiempo, los malos augurios del maltusianismo fueron desmentidos en diversas ocasiones por el descubrimiento de nuevos recursos, el progreso tecnológico, y las mejoras de productividad.

En el otro lado de la balanza, hemos observado la degradación ambiental y el cambio climático, así como la dependencia de recursos de los que, entre otros, son especialmente escasos aquellos que se necesitan para asegurar el cambio de modelo energético. Antonio y Alicia Valero lo han explicado en su libro Thanatia. Los límites minerales del planeta, cuyo nombre resulta premonitorio.

Estamos en el momento de explorar los fondos marinos y los recursos de la luna, con importantes yacimientos por explotar, pero también tenemos conciencia de que no podemos seguir así, avanzando contra lo desconocido cuando hay evidencias que sugieren la oportunidad, si no la necesidad, de cambios en nuestra forma de vida que son perfectamente viables desde el punto tecnológico y económico.

Ahí es donde aparece el nuevo palabro: circularidad, para reconocer que el progreso material alcanzado en los últimos 200 años se ha hecho a expensas de unas materias primas abundantes y baratas de las que se aprovecha un pequeño porcentaje y que se han convertido en productos que en general no son degradables.

En efecto, nuestro modelo productivo se desarrolló en conflicto permanente entre el capital y el trabajo, pero pudo prosperar gracias a un tercer factor: las materias primas, que en su mayoría procedían de países subdesarrollados y se podían obtener a bajo coste. Nuestra economía sólo reutiliza el 9,3% de los recursos usados y dispersa en el medio ambiente el 67,4% de los recursos utilizados, que inexorablemente se pierden. El resto, queda como bienes permanentes, ya sea en forma de infraestructuras, edificios o maquinaria.[1]

El reto que se plantea en nuestro entorno socioeconómico es, en primera instancia, la mayor eficiencia en los procesos productivos -ya sea por una mejora en los rendimientos o por una mayor durabilidad de los productos-, y una reducción de la intensidad del consumo. Pero también la reintroducción en el circuito productivo de recursos que ya pasaron por una primera fase, en la medida en que puedan ser reaprovechados. Esa es la esencia de la economía circular, la nueva frontera que se propone como panacea.

La economía circular supone, pues, la transformación de residuos en primeras materias. La idea es brillante, pero como suele suceder, el diablo se esconde en los detalles.

Entre las cuestiones a contemplar podemos plantear tres:

  • ¿Quién debe asumir el liderazgo del cambio?
  • ¿Qué mecanismos económicos lo pueden favorecer?
  • ¿Se supone que es la gente la que debe asegurar el éxito de la economía circular?

A estas alturas ya está claro que no se puede modificar la economía si el mundo financiero no coopera. El caso CELSA es paradigmático. En el web de la empresa se informa de que recicla 9,5 millones de toneladas anuales de residuos, mucho más que todo el papel, el vidrio, el plástico, la madera, neumáticos y otros metales que se reciclan en España cada año. De entre ellos, recicla más de 8 toneladas de chatarra para producir acero. Este entramado industrial, plenamente inserto en la economía circular, hace años que está en manos de fondos oportunistas más preocupados por la especulación a corto que por la economía circular como fuente de sostenibilidad. Finalmente parece que, una vez más, va a ser el dinero público el que salve la situación. [2]

Este caso no es único: en el mundo del agua los parámetros financieros pesan; tanto por la participación de entidades financieras en empresas del sector, como por la aportación de dinero público para financiar investigación e infraestructuras, como por la regulación que dificulta el endeudamiento de los municipios y los lanza a los brazos del sector privado.

La economía circular supone algunos pasos mínimos: decidir en qué momento empieza el nuevo ciclo, es decir, en qué momento el residuo, sea agua sucia, chatarra, un papel o un envase usados, se convierte en materia prima. Ese momento requiere el deseo de alguien que vea utilidad en ese material, y la decisión administrativa de que ya no es residuo pues alguien lo ha rescatado del infierno del olvido y la contaminación para reingresar en el mundo de las cosas útiles. Esa decisión está en manos de las CCAA, lo que puede suponer una fragmentación del mercado.

De momento sabemos que la Agencia de Residuos de Catalunya va a cambiar su nombre por el de Agencia de Economía Circular, eso sí, sin definir las condiciones en que el residuo deviene primera materia. La pretensión parece lejos de la posibilidad práctica, no sólo por la falta de instrumentos sino por la ausencia de análisis del mundo económico en el que pretende incidir.

El mundo del agua está viviendo su propia transformación hacia la circularidad, probablemente con más posibilidades de éxito que el de otros materiales. Se trata de imitar, con recursos financieros, tecnología y energía, el comportamiento ya circular del agua en la naturaleza.

[1] Economia en el canvi climàtic. Joan Vila, 2021. Icaria Editorial. Joan Vila es empresario y presidente de la comisión de energía de PIMEC.

[2] Capitalismo y chatarra. Jordi Amat. El País, 19 de junio de 2022