Los instrumentos de planificación hidrológica tradicionales han atendido a los esquemas de demanda y disponibilidad de los recursos hídricos de cada cuenca. A la vista de la variabilidad del ciclo natural del agua en nuestras latitudes, la construcción de embalses y la explotación de recursos subterráneos ha sido el mecanismo ordinario para mejorar la garantía de disponibilidad del agua, es decir, de reducción del riesgo de desabastecimiento en épocas secas y de inundaciones en los episodios de grandes lluvias.
Ese enfoque vino matizado por la sensibilidad ambiental y la normativa que ha emanado de ella. Los nuevos requerimientos impusieron el saneamiento de las aguas residuales y el respeto a los caudales ambientales y los humedales. Ese es el marco de planificación que impone la Directiva Marco del agua, que también acentúa la necesidad de aproximar precios y costes. En paralelo, la tecnología ha hecho posible el uso de aguas desaladas y regeneradas y su aplicación eficiente.
La perspectiva a medio plazo del cuarto ciclo de planificación es una oportunidad para aproximar visiones, sensibilidades, intereses e instrumentos de gestión.
Nadie discute el carácter público del agua. Y no obstante, se suelen expresar con mayor claridad los intereses privados que se mueven en torno a ella, ya sean de empresas operadoras, de comunidades de regantes u otros. Se echa en falta una administración fuerte que promueva instrumentos de gestión convergentes, que subrayen el carácter único del agua como recurso. El director de orquesta debe armonizar violines, clarinetes y percusión; su papel no debe ser sustituido por el que toca su instrumento con el mayor volumen. La partitura que habrá que componer se llama cuarto ciclo de planificación.
Las ideas para el director son múltiples:
En el ámbito urbano, promover las economías de escala de los abastecimientos mediante alguna de las diversas modalidades que contempla la ley de Régimen Local, favorecer el tratamiento fiscal de los que mejoren el rendimiento de sus redes, de aquellos que promuevan tarifas que mejoren la cobertura de los costes del servicio y que promuevan el uso eficiente del agua.
Los consumos asociados a actividades económicas deben internalizar el coste del agua y verificar la calidad de agua compatible con su uso: no es lo mismo el agua de refrigeración o de limpieza de naves que el agua para producir vapor o la que se incorpora al producto, en especial en el ámbito agroalimentario. La tecnología permite ajustar la oferta de calidades diversas a necesidades diversas y eso va a ser posible y necesario en muchos casos.
En el ámbito agrario es habitual que el tratamiento sea distinto. El foco se orienta en la construcción de regadíos con cargo al erario público y en las ayudas al productor, aunque no es raro que los grandes tenedores de tierra y las grandes empresas del sector obtengan la mayor parte de los beneficios ya sea por su tamaño o volumen de actividad ya por las economías de escala que les permiten una mejor preparación para acceder a ellas. La diversidad del mundo agrario es grande y con frecuencia se observan inercias históricas que reducen la eficacia de los planes o desvían recursos hacia quien no los necesita. Aquí también es importante fomentar las fórmulas de cooperación que permiten al pequeño agricultor acercarse a las posibilidades del poderoso. También es importante estimular el uso eficiente del agua mediante mecanismos económico fiscales..
Algunas organizaciones agrarias ya han manifestado su desconfianza en relación a ese cuarto ciclo de planificación en la medida en que se han insinuado reducciones en la dotación de agua. Sería conveniente no confundir churras con merinas pues de todo hay en la viña del señor. Y aquellos que ya hacen un uso eficiente del agua no deben ponerse en igualdad con los que todavía están en el siglo XIX.
En Cataluña, eso es especialmente importante. El conseller de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación ha reconocido la caducidad del Plan de Regadíos 2008-2020 y ha anunciado para el próximo año la redacción de un nuevo Plan de Regadíos para el horizonte 2040 con el objetivo de llevar agua a buena parte del territorio a través de la implantación de nuevos regadíos, aportación de agua desalada o regenerada y la modernización de los regadíos actuales.
Es sabido que, con alguna notable excepción, nuestros regadíos no están entre los más avanzados de España. Sin duda son manifiestamente mejorables, algunos en relación a la eficiencia en el uso del agua, otros en relación a su escasa garantía de disponibilidad.
Es de desear que el plan que se anuncia para Cataluña haga un balance de los 35 años de política de regadíos efectuada por el Departamento de Agricultura, así como el grado de cumplimiento y los resultados del plan que ha caducado. La única forma de aprender es esa: ver qué se ha hecho bien y qué se ha hecho mal, estudiar las causas y corregirlas. Y aprender de otros que supieron superar obstáculos en los que nosotros hemos tropezado.
En ese sentido van las observaciones y propuestas que siguen:
En primer lugar, el regadío debe ser concordante con la planificación hidrológica general. Puesto que el cuarto ciclo de planificación debe estar listo para 2027, sería conveniente que el plan de regadíos anunciado para el período 2025-2040 considere los nuevos elementos que deberá introducir la planificación hidrológica general. En la zona catalana del Ebro eso ya va de oficio en la planificación de la CHE en cuya gobernanza compartida deben implicarse con mayor interés los responsables de la Generalitat en materia de agua y de agricultura. En las cuencas internas de Cataluña, es tarea del gobierno de la Generalitat promover ese diálogo interdepartamental que asegure la coherencia entre las políticas de agua, agraria y territorial.
Un elemento esencial de la política agraria es la política forestal. En relación al agua, es sabido que el bosque es el primer y mayor usuario de agua, pues el agua que circula por ríos y acuíferos es la sobrante después de la evapotranspiración; del orden de un 15% de la que llueve, con tendencia a disminuir, no solo por la menor pluviometría, sino sobre todo por el aumento de la superficie de bosque, que absorbe proporciones crecientes del agua que llueve. Aquí también deben incidir de forma activa y combinada las planificaciones agraria y del agua.
Los estudios rigurosos, técnicos y económicos deben permitir analizar y concretar la viabilidad de los planes ya en la fase de construcción de infraestructuras, ya sea en su gestión en términos de sostenibilidad económico-financiera, social y ambiental de forma que se garantice la observación de los principios de economía, racionalidad y eficacia en la gestión del gasto público.
