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Joan Gaya Fuertes
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Agua y residuos


Lentamente el agua del grifo va recibiendo el reconocimiento institucional de su valor ambiental, que refuerza el valor sanitario que ya consolidó la historia. Poco tiempo atrás fue la Directiva (UE) 2020/2184 relativa a la calidad de las aguas destinadas al consumo humano. Ahora, y desde un punto de vista distinto pero complementario, lo recibe del proyecto de Ley de Residuos y Suelos Contaminados que el Gobierno ha remitido a las Cortes.

El agua del grifo ha soportado una lucha desigual con la publicidad del sector de las aguas envasadas. El coste de la publicidad es uno de los factores que explican la diferencia de precio entre los dos tipos de agua, pues la envasada es del orden de 1.000 veces más cara.

Pero hay más: Cada segundo, se compran 17.000 botellas de plástico en el mundo de las cuales casi la mitad son de agua. Para imaginar el impacto de esta actividad sobre el medio hay que tener en cuenta que cada botella de litro que se fabrica supone el consumo de 7 litros de agua y 162 gramos de petróleo, necesarios para el plástico de la botella. Luego hay que transportar y distribuir el agua envasada y, en el mejor de los casos, su reciclaje supondrá un nuevo consumo energético.[1]

El consumo de agua envasada en España es de 120 litros por habitante y año[2], lo que equivale a 5.500 millones de litros, es decir 5,5 Hm3/año. El consumo de agua del grifo es 136 litros por habitante y día[3], equivalente a 3.200 Hm3 anuales. Es decir, el consumo de agua envasada fue el 0,2% del de agua del grifo. No obstante, la facturación fue del orden del 20% de la obtenida por los servicios público de abastecimiento. El motivo es claro: el orden de magnitud del precio es 1.000 veces superior.

Aunque económicamente es rentable, desde el punto de vista ambiental el uso de agua envasada es, en la inmensa mayoría de casos, un dispendio injustificado. Salvo escasísimas excepciones, en España el agua del grifo es sana. Las garantías sanitarias del agua del grifo y la envasada son muy parecidas y a veces, son la misma, pues en muchos casos el origen del agua envasada no es un manantial sino la misma red de abastecimiento.

Hay que señalar que los datos sobre los envases que se reciclan son equívocos, pues se refieren a los recogidos selectivamente. No obstante, el reciclaje propiamente dicho es el proceso de aprovechamiento que da una segunda vida al material que forma el envase. Y de eso, apenas hay noticias. Lo que sucede después del contenedor amarillo no está descrito. Después de una investigación de campo, Greenpeace afirma que hay graves fallos del sistema y que la mayoría acaban en vertederos, en incineradoras, exportados, quemados o, directamente, abandonados sobre el terreno o vertidos al mar. La opacidad de los circuitos de reciclaje, más centrados en campañas de imagen que en los datos creíbles de la economía circular a la que supuestamente sirven, permite pensar que Greenpeace acierta.

La Ley de Residuos y Suelos Contaminados acierta poniendo el foco en el problema ambiental asociado a la producción, distribución, comercio y residuos asociados al agua envasada, y favoreciendo el consumo del agua del grifo mediante la promoción de mecanismos estrictamente sociales, como la obligación de que la hostelería ofrezca a sus usuarios y clientes la posibilidad de consumir gratuitamente agua no envasada de forma complementaria a la oferta comercial del establecimiento.

Es de observar el intenso arraigo del hábito social de consumir bebidas envasadas en muchos locales cerrados, públicos o privados. No sólo son las máquinas de vending; en muchos actos públicos se dispensa agua envasada a los conferenciantes. En más de una ocasión, yo mismo he reclamado un jarro de agua del grifo y un vaso en sesiones públicas en las que, hablado de las virtudes del servicio público de abastecimiento de agua, de forma paradójica se me ha servido un botellín de agua para suavizar la voz y calmar la sed. Es un reflejo del hábito social interiorizado por la publicidad, que al ser observado, despierta sonrisas, disculpas y la conciencia de lo mucho que hay que hacer en ese terreno.

Por todo ello es bueno que, por lo menos las administraciones públicas deberán adoptar las medidas necesarias para reducir el consumo de agua embotellada en sus dependencias y en otros espacios públicos, entre otras, mediante el fomento de fuentes de agua potable en condiciones que garanticen la higiene y la seguridad alimentaria suministrando agua en envases reutilizables.

El mundo se mueve muy deprisa y los problemas ambientales acucian. Basta mirar unos pocos años atrás para apreciar la intensidad de los cambios. Basta mirar un año atrás para notar la extrañeza del mundo que quedó atrás con la pandemia. Y, sin embargo, la arqueología comercial guarda prácticas recuperables para el futuro: son los envases retornables, que quizá algún día la fuerza de los hechos haga regresar. ¿Por qué se fueron? Para aliviar los costes logísticos de las empresas. A cambio, vendieron comodidad a los consumidores. La legislación de envases permite financiar a bajo coste la responsabilidad del productor y delegar responsabilidad y coste real en las administraciones locales.

El precio ambiental es claro y costoso: se cambió la reutilización por un reciclaje parcial, costoso y opaco.

El vidrio, el metal, o quien sabe, quizá algún polímero tecnológicamente útil, pero recuperable o biodegradable, esperan una segunda oportunidad. Sea como sea, cada vaso de agua del grifo protege nuestro bolsillo, nuestra salud y el planeta. No pierdan de vista ese mensaje.

[1] ¿Es sostenible beber agua embotellada en España? Eva San Martín, 4de diciembre de 2019. El Diario

[2] Datos de ANAEBE, 2019. Greenpeace eleva la cifra hasta 6.312 millones de litros en 2018, unos 10 millones de botellas diarias.

[3] Dato de 2019. En 2020 el consumo anual fue inferior debido a la ausencia de turismo.