Opinión
Joan Gaya Fuertes
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Agricultura y cambio climático (y 2)


La agricultura fue esencial en el progreso de la humanidad. El cultivo de la tierra supuso un gran paso en la seguridad alimentaria y determinó el inicio del sedentarismo, es decir de los asentamientos humanos tal y como los conocemos, y de los usos sociales que nos explican en tanto que especie. Hasta el punto de alcanzar la íntima relación semántica entre cultivo y cultura. Todo el mundo entiende qué significa ser una persona cultivada.

En definitiva, la agricultura marcó el fin del paleolítico y el comienzo del neolítico. Y con él, la aceleración tecnológica y la especialización social y económica.

Los progresos de la agricultura se manifestaron en las herramientas, la selección e hibridación de semillas y los fertilizantes. El denominador común, la tierra y el clima. Pero, sin duda, el factor esencial fue el agua, y no sólo por la gran diferencia de producción entre secano y regadío, sino por la garantía de disponibilidad que aportaron las obras hidráulicas de acumulación y distribución.

Vivimos todavía en la estela civilizatoria de esos milenios. Pero desde hace años hay signos en el horizonte que apuntan en otra dirección. La industrialización ya marcó un salto hacia la intensificación del factor capital en los procesos productivos. Esa intensificación, asimilada por el mundo agrario, se tradujo en un importante incremento de la productividad, que ha compensado el intenso decrecimiento de la población activa agraria, que en 100 años ha descendido del 65% al 4% y que en España hoy ocupa tan solo unas 800.000 personas.

Los abonos y agroquímicos, la nivelación de terrenos, la mecanización del campo, la creación de climas y ambientes protegidos como invernaderos o redes antipedrisco, han sido factores esenciales. Pero no hay que olvidar la decisiva influencia de la selección de semillas, que puede ser responsable de buena parte del aumento de productividad, o la suscripción de seguros, que no protegen directamente la producción, pero si protegen la renta agraria.

Entre esos factores, el agua es importante pero ya vimos que en tanto que factor económico supone un discreto 4% del coste final y por tanto la sensibilidad del entramado agrícola al precio del agua es escasa.

El artículo 2.12 del Real Decreto 613/2001, de 8 de junio, para la mejora y modernización de las estructuras de producción de las explotaciones agrarias define la Unidad de Trabajo Agrario (UTA) como base de comparación para medir la productividad agraria: es el trabajo efectuado por una persona dedicada a tiempo completo durante un año a la actividad agraria.

Pues bien, en 2018 la producción agraria española alcanzó los 52.200 M€ (un 12% de la total de la UE) que tan solo duplicó la de un pequeño país como Holanda,[1] con una población activa agraria de 300.000 personas y 4 millones de hectáreas de suelo agrario. Eso sí, con mucha agua, pero con mucho menos sol. Hoy Holanda exporta más alimentos que Francia y España juntas.[2]

La explicación está en las distintas productividades, pues mientras en España fue de 24.969 euros/UTA, en Holanda alcanzó los 49.965 euros/UTA. Y la de Holanda no fue la mayor de Europa.[3]

Por otra parte, las reformas de la Política Agraria Comunitaria (PAC) han mostrado su dudosa eficacia desde diversos puntos de vista. Los 58.000 millones de euros con los que se financia distan de haber contribuido a una PAC más justa, verde y competitiva[4]. Las nuevas directrices serán de aplicación lenta y el sector mira con recelo las medidas encaminadas a esos fines y el control de su aplicación.

En mi opinión, las inversiones públicas en regadíos tienen sentido en la medida en que sirvan para mejorar la productividad y reducir el impacto ambiental agrario, a cambio de rescatar agua, en especial para asegurar la viabilidad de nuestros ríos. Es decir la mejora para el sector debe traducirse en productividad por metro cúbico de agua usada, no en más producción por usar la misma agua.

El 2027, año en que debe estar acabada la reforma, el mundo puede haber cambiado mucho. Y no sólo el clima, que ya lo hace de forma acelerada, sino la propia estructura de la producción agrícola, que en buena medida puede haberse emancipado de sus factores esenciales, como el agua, la iluminación y la temperatura. La nueva frontera en los países más avanzados ya no es la producción por hectárea, sino la producción por metro cúbico en ambientes íntegramente controlados, asociadas con la cosecha y el envasado automático. Puede parecer poco natural, pero el procedimiento asocia una elevada productividad con un considerable ahorro en mano de obra, agua y agroquímicos. La energía, 100 renovable producida in situ.[5]

Sin duda, agua y clima son grandes desafíos que afrontar. Pero tengo mis dudas de que sean los más importantes de nuestra agricultura. Se trata pues de acertar cómo será el futuro, identificar los aspectos estratégicos y posicionar nuestra agricultura de la forma más adecuada.

[1][2][3]

[4] El País, 5 de julio, de 2021.

[5] Proyecto Evergreen Farm.