Unos días después Muturi Kainda llegó a su poblado. Encontró allí a su familia, a sus amigos y a Karen Grant. La periodista se había apostado en una pequeña cabaña de adobe que hacía las veces de su nuevo hogar y de su centro de operaciones. Ya había entrevistado a varios aldeanos, entre ellos al jefe de la tribu local. El material que había acumulado era abrumador. Había tantas historias de supervivencia que sentía verdadera devoción por aquellas gentes. Su humildad había superado cualquier expectativa que se hubiese hecho con respecto a ellos. Además, los testimonios contra Eureka y sus actividades en la zona eran muy elocuentes. Había recopilados muchas pruebas. Con su equipo portátil con conexión satélite, enviaba cada tarde al periódico los resultados de su trabajo. El editor jefe no paraba de enviarle elogios.
Karen, absorta en su trabajo, no se acordó del profesor hasta que vio venir a Muturi Kainda. El africano se presentó en su tienda. Le contó a Karen su viaje con Ulises y como había desaparecido por la garganta del aliento del dragón. La joven no pudo evitar preocuparse por el profesor. Sin embargo, permaneció calmada y no se dejó llevar por la ansiedad. Ya había experimentado con él lo que significaba vivir sus aventuras. Había desarrollado un sentimiento absoluto de confianza hacia el profesor Flynn, un hombre reflexivo que tomaba decisiones muy juiciosas para defender sus intereses. Era típico que se ausentase días enteros sin dar señales de vida para luego aparecer como por arte de magia.
La joven recordó una conversación con el profesor, un día que salían de la universidad de Centauro, donde el profesor había dado una conferencia en la que presentaba pruebas sobre el cambio Climático.
-Profesor, a veces me resulta increíble la reacción de la gente –le decía la joven mientras Ulises conducía su todoterreno por la autopista A15-. Por ejemplo, uno de los decanos todavía estaba dudando acerca de si el clima estaba siendo afectando o no por la mano del hombre. No llego a entenderlo. Y se supone que ese es un hombre culto que puede discernir las cosas como realmente son…
Ulises, con la mirada fija en la carretera, hizo una mueca de desdén.
-Bueno Karen, tiene toda la razón. Es triste reconocer que esas actitudes son muy comunes. Además son mostradas por personas aparentemente cultivadas. Eso me hace recordar algunas de las conclusiones que la gente que vivió en la edad media pronunciaron. Alguien dijo en aquella época, probablemente un soldado que participó en las cruzadas, que había visto caballeros llorar de miedo antes de entrar en batalla y que también había visto a campesinos quitarse una flecha clavada en su cuerpo y luego seguir luchando. Este hombre concluyó que la nobleza no pertenece a nadie por nacimiento, que son nuestras acciones las que demuestran si somos nobles o no. De la misma manera el discernimiento también puede ser desarrollado por la persona sencilla. El poder a veces eclipsa el sentido común, de ahí que el discernimiento se pierda.
Karen asintió agradecida. Las palabras del profesor la calmaron. También la ayudaron a comprender.
La joven regresó de sus recuerdos cuando Muturi Kainda la cogió de la mano. La saludo pegando su frente contra su mano derecha y se fue.
Al día siguiente la calma se respiraba por todo el poblado. Los niños habían sido los primeros en despertarse, casi antes de la salida del sol. Jugaban alrededor de las cabañas, brincando y gritando. Pero aquella armonía duró poco. En el horizonte de la sabana africana una columna de todoterrenos con hombres armados se dirigía a toda velocidad hacia el poblado. Eran los hombres de Eureka con una consigna clara: destruir el poblado.
Antes de que la caravana de todoterrenos llegase al poblado, uno de los hombres de Eureka se había introducido entre las cabañas. Se había hecho pasar por un mercader. El día antes, había instalado un pequeño puesto de mercaduría en la plaza. Nadie había sospechado de él. Tampoco Karen, que le había comprado un collar de bolas de marfil. Aquella mañana, mientras las mujeres veían la mercancía, el hombre de Eureka se había introducido en una de las cabañas. Allí se guardaba un grupo electrógeno con el que se alimentaba de electricidad al resto de la Aldea. El propósito del hombre era provocar un incendio justo antes del ataque de los todoterrenos. Así la confusión en el poblado sería completa.
El doctor Randolph Latimer, el cerebro de Eureka, no era un hombre que supiese delegar. Pero cuando se trataba de asuntos turbios, dejaba que su lugarteniente, un mercenario que se forjó en la guerra civil de Birmania, hiciese el trabajo sucio. Ese hombre tenía una larga cicatriz que le cercenaba el rostro. Atravesaba su mejilla derecha y moría detrás de su oreja. Cuando su jefe le dijo que en aquella operación se encontraría de nuevo con Ulises Flynn, el asesino a sueldo mostró unos inmensos deseos de ejecutarla. Ya se había enfrentado al profesor Flynn en Japón y había fracasado estrepitosamente. Ahora sus deseos de venganza le guiaban hasta Ulises con el único pensamiento de matarle.
Nadie esperó lo que sucedió a continuación, ni siquiera el birmano de la cicatriz.
Cuando la columna de todoterrenos estaba a tan solo medio kilómetro del poblado, Ulises Flynn apareció en medio de la nada. Se colocó en medio del camino. Su silueta atlética, bañada por el intenso sol de la mañana, brillaba. Su camisa blanca parecía un espejo. Su sombrero Fedora proyectaba una larga sombra tras su espalda. Sus manos estaban vacías. No portaba ningún arma. Por eso, cuando se interpuso en el camino de la patrulla de Eureka, los hombres de los todoterrenos no daban crédito a lo que estaba pasando.
Los conductores pisaron el freno. Varios jeeps, con los motores en marcha y colocados en línea frente al profesor, esperaban una orden del birmano para dispararle. El mercenario se relamió los labios. Hizo un ademán con sus manos y de la parte trasera de los vehículos, asomaron varios hombres armados. Apuntaron con sus ametralladoras al profesor.
A pesar de aquel panorama, el profesor Ulises Flynn mantuvo la calma, muy seguro de lo que estaba haciendo. Su mirada se clavó en los ojos rasgados del birmano. Un destello de memoria atravesó el cerebro del oriental. Recordó como el profesor se le escapó en el acantilado, como huyó del coche en marcha y, finalmente, como le derrotó en una pelea cuerpo a cuerpo. Su odio hacia el profesor aumentó varios enteros. Bajó con fuerza hacia abajo su brazo y todos los hombres comenzaron a disparar a quemarropa al profesor.
Varias aves que se refugiaban tras unos matorrales se asustaron por el ruido de los gatillos. Salieron volando con gran impulso y buscaron refugio en unos árboles más alejados. Sin embargo, lo que las asustó no fue el sonido de disparos, sino el clic repetido de muchas armas a la vez de las que no había salido ninguna bala. Todas las ametralladoras estaban sin munición. El Birmano vociferó nervioso que disparasen. Pero sus hombres, que sí le habían obedecido, comenzaron a su vez a gritar que nadie tenía munición, que todas las armas estaban inservibles.
A continuación se escuchó el sonido de varios helicópteros que aparecieron por detrás del profesor, asomando tras una hondonada donde esperaban una señal de Ulises. Este la hizo cuando se quitó el sombrero y con tranquilidad se secó el sudor de su frente. Los helicópteros eran del ejército del país. El ejército había entrado en acción tras el aviso de Ulises Flynn de lo que estaba pasando, del expolio del agua y de los intentos de saqueo del poblado.
Los hombres armados de Eureka, al ver el ataque de los helicópteros del ejército, giraron tras de sí para huir. Ulises no quiso quedarse para ver el espectáculo. Eso era ya de la incumbencia de la jurisdicción del país donde se estaba cometiendo el delito medioambiental. Así que, tranquilamente, se metió las manos en los bolsillos y comenzó a caminar hacia el poblado.
Cuando el profesor llevaba unos minutos andando, divisó un humo negro que salía por uno de los tejados de una de las cabañas del poblado. A continuación le llegó el eco de un griterío. Probablemente sería la gente que corría para intentar apagar el incendio. Ulises se alarmó. Comenzó a correr hacia la aldea. Cuando le quedaban cien metros para llegar a la entrada, un jinete, galopando en un caballo negro, le paso a su lado, huyendo de un grupo de aldeanos que le arrojaban piedras. Ulises se pudo imaginar enseguida que aquel hombre, seguramente de Eureka, había provocado el sabotaje. El profesor Flynn confió en que el ejército le pudiese atrapar al igual que al resto de sus compinches.
Ulises entró en la Aldea. Niños, mujeres y hombres corrían de un lado para otro, casi sin sentido. Se dirigió hacia la comuna de humo negro. Esquivó a dos fornidos hombres que arrastraban un cuerpo. Era un herido que tenía quemaduras leves. Muturi Kainda estaba junto a la cabaña que se estaba quemando. Portaba una manguera que proyectaba un débil chorro de agua.
-¡Muturi! –le llamó el profesor.
El africano cedió la manguera a un compañero y se acercó a Ulises.
-¡Fuego! –dijo sin más. Y la siguiente frase hizo que Ulises desapareciese de su lado como un relámpago-. ¡Profesor, la señorita Grant está dentro!
Ulises se acercó a la cabaña. Las llamas salían hacia el cielo, consumiendo parte del tejado. Rodeó su perímetro hasta que encontró una ventana. Tomó aire y se introdujo en ella. En el interior todo estaba oscuro por la falta de luz y porque un espeso humo negro lo cubría todo. Ulises sabía que era más probable que Karen muriese por asfixia que abrasada. Comenzó a palpar a su alrededor. Solo la suerte podía jugar a su favor en aquellas circunstancias si hallaba a la joven fotógrafa antes de que el techo, medio consumido por las llamas, se derrumbase definitivamente.
Ulises no tuvo suerte. Parte del techo cayó estrepitosamente en uno de los rincones. La polvareda que se formó junto con el espeso humo del interior, hacia insostenible que estuviese mucho tiempo en el interior. Sin embargo el profesor no estaba dispuesto a abandonar. Seguía manteniendo la respiración. Eso no era un problema para un buceador experto como él. Los ojos le picaban y grandes lagrimones le caían por las mejillas. Desesperado, se tiró al suelo y comenzó a gatear. La situación era precaria. La otra parte del techo que aún se mantenía en pie estaba siendo abrasada por las llamas. Quizás en un par de minutos todo hubiese acabado. Incluso para él. Si el techo se le caía encima, podía morir en el acto.
Entonces se produjo el milagro. Ulises tocó con su mano el pie derecho de Karen Grant. Estaba tirada en el suelo, inconsciente. No respiraba. El profesor la agarró y colocó su cuerpo encima de uno de sus hombros. El peso de su cuerpo era más elevado del que Ulises se imaginaba. Una vez que se lo colocó en el hombro, el profesor se puso en pie y buscó el haz de luz de la ventana por la que había entrado. Pero no lo encontró. La parte del techo derrumbado la había bloqueado. Miró hacia arriba. El techo que aún se soportaba sobre su estructura comenzó a crujir. Era cuestión de segundos que cayese sobre ellos. Al profesor Flynn solo le quedaba una alternativa.
Según sus cálculos, la temperatura del interior de la cabaña se había elevado considerablemente. Además las llamas se concentraban en uno de los lados de la cabaña. Allí, la pared de adobe estaba sufriendo por el calor del fuego. Tendría que haberse debilitado considerablemente su dureza. Así que el profesor decidió correr en esa dirección, atravesar el muro de llamas, chocar contra la pared de adobe y desear que se rompiese con su impacto para poder abandonar la cabaña en llamas. Se tomó un par de segundos de concentración para hacerlo. Sentía que sus fuerzas se debilitaban. Aunque no llevaba mucho tiempo aguantando la respiración, en realidad, había estado todo el tiempo en movimiento y eso había hecho que sus reversas de oxígeno estuviesen casi al mínimo. Sus piernas comenzaron a temblar y el sudor de su frente anegó sus ojos. Ya no podía ver nada. En ese instante el crujido del techo fue como si le atravesase una bala de cañón. La estructura se dobló y cayó hacia abajo con estruendo.
En el mismo momento en el que se produjo el estruendo, el profesor salió disparado hacia la pared de adobe medio quemada. Afortunadamente sus previsiones se cumplieron. Una vez que impactó contra los ladrillos de arcilla y paja, cedieron ante el golpe y parte de la pared se derrumbó. El profesor y su colaboradora salieron disparados hacia fuera, lejos de la cabaña.
Dos semanas después el profesor Ulises Flynn y su ayudante Karen Grant estaban en la redacción del periódico donde la joven fotógrafa prestaba sus servicios.
-Este café de máquina es bastante malo. No sé por qué lo toman –observó el profesor.
Karen sonrió y luego hizo una mueca de dolor al mover su brazo derecho. Lo tenía vendado. Había sufrido una quemadura y le habían dicho que tardaría en curarse. Pero lo peor había sido su reanimación. El profesor tuvo que hacerle la respiración boca a boca después de rescatarlo de la cabaña en llamas. Gracias a que sus vías respiratorias se habían cerrado cuando se desmayó, no se había asfixiado por el humo.
-¿Ya está más tranquila?
-Sí –respondió la joven-. Esta experiencia ha sido de las peores de mi vida.
-¿Por qué se quedó en la cabaña?
-Tenía allí todo el material de mi reportaje. Pensé que podría salvarlo de las llamas. Ahora sé que fue una imprudencia.
-No se preocupe Karen –le dijo el profesor con tono paternal-, antes del incendio provocado por Eureka, pudo enviar mucho material vía satélite al periódico. Todo eso son pruebas suficientes para la justicia. Además ya sabe que el ejército pudo detener a muchos hombres de Eureka.
– ¿Detuvieron al de la cicatriz?
-No, una vez más se pudo escapar. Pero no dude que volveremos a encontrarnos con él, tarde o temprano. Pero no es a él a quien quiero cazar. El doctor Latimer es mi objetivo.
El profesor suspiró y bebió otro sorbo de café.
-Profesor, aun no me ha contado que ocurrió con usted. Muturi llegó al poblado unos días antes del incendio y nos dijo que usted se metió en la cueva y que desapareció.
El profesor sonrió.
-Algún día escribiré los detalles de todo lo que pasó en la garganta del aliento del dragón. Quizás escriba unas memorias, es una idea que últimamente ronda por mi cabeza…. Pero, si quiere, se lo resumiré muy rápidamente, sin entrar en detalles innecesarios. Salté al agua, abordé la lancha de los operarios, desconecté las bombas de drenaje, llegué a los depósitos, les puse cargas explosivas y el agua volvió de nuevo al lago. Por último, me encargué de que los hombres que iban a ir a atacar al poblado, no tuviesen cargadas sus armas. Ah, que se me olvidaba, ente medias de todo esto, contacté por radio con el ejército. Conozco al coronel de otras veces. Fue fácil convencerle para que me echase una mano. Y, como ha leído en los periódicos, el coronel se ha atribuido todo el mérito de haber desarticulado el plan de Eureka. Eso me asegura que me siga ayudando en el futuro.
-¿Y no le parece injusto que no se le mencione? Al fin y al cabo el mérito es suyo.
-Querida amiga, yo no hago esto por fama y dinero. Lo hago para proteger el Planeta. Además, ya se encarga usted de hablar de mí en su periódico. Con eso está todo ya resuelto. Bueno, Karen, regresaré a mi casa. Debo de redactar un informe para una agencia medioambiental.
-¿Qué informe? –preguntó Karen extrañada.
-No esperará que le cuente todo lo que hago, verdad. Hay cosas que nunca sabrá sobre mí. Y, créame si la digo, que eso es lo mejor. Los tentáculos de Eureka son demasiado largos y usted y yo nunca estaremos del todo a salvo. Por favor, despídame de su jefe y dele las gracias por su invitación.
El profesor se puso en pie y salió del despacho. Karen vio cómo se alejaba su figura, segura de que sus caminos se volverían a encontrar muy pronto. Solo tenía que estar atenta a los mensajes de su teléfono.
