Opinión
Enrique Castellanos
La opinión deEnrique CastellanosConsultoría B2B como Especialista en Contratación Pública, Derecho Administrativo (Público). Redacción de artículos técnicos. Libros para Hablar en Público.
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Los Crímenes del Agua: la sabana africana (Parte 3)


Aquel día llovió todo el día. No hizo falta que el profesor buscase agua en el terreno para beber. Ulises sabía que la lluvia era la vida para África. La sequía había acabado con cientos de elefantes pero ahora los sobrevivientes podrían llegar a sus hogares para comenzar de nuevo con la crianza. La vida se abriría paso de forma espléndida. De manera vertiginosa los seres vivos que habían sobrevivido se recuperarían para seguir su existencia.

Durante los dos siguientes días la lluvia no paró de caer. Los dos hombres se refugiaron en unas cavidades. Esperaron pacientemente. Recogieron agua y llenaron sus cantimploras. Descansaron. Durmieron. Comieron y se calentaron con el fuego de una fogata que alimentaban con raíces secas. Ulises conoció muy bien a su guía. Muturi era un hombre que había pasado muchas calamidades. Vivir sin las comodidades de la vida moderna y en una región como aquella, era de verdaderos héroes. África estaba llena de personas así.

Le explicó al profesor que el desierto cada vez se hacía más grande, extendiendo su lengua de fuego, alargándola año tras año. Ulises sabía que no exageraba. Un tercio del continente africano era ya un desierto sin límites. Los ríos eran engullidos por el desierto en cuanto se alejaban unos cientos de kilómetros de las montañas. Las tribus africanas habían tenido que huir de su devastador efecto. Le contó como tribus enteras habían sido sepultadas por tormentas de arena o como habían desaparecido caravanas en un abrir y cerrar de ojos. Ulises se estremeció. Una tormenta de arena podía atravesar más de 1.000 kilómetros y era un milagro que las criaturas pudieran sobrevivir, si no en el interior del desierto sí en sus límites. Podían pasar años sin lluvias. Pero los animales se habían preparado. Había cebras que podían aguantar hasta 3 días sin beber. Eso sí era un milagro.

Cuando las lluvias acabaron, comenzaron a caminar. Su travesía estaba siendo más larga de lo que el profesor preveía. Ulises pensó en Karen. Llevaría ya una semana en el poblado. Pero Muturi le había asegurado que estaría bien y que los guerreros del pueblo no permitirían que nadie de Eureka la hiciesen daño. Su anonimato y su incognito eran su mejor pasaporte. Ulises no quería que lo que le ocurrió con las pescadoras de perlas se repitiese. La fotógrafa estaba encantada de poder documentar la vida de aquellas gentes y, cuando Ulises se lo propuso, se lo comentó al director de su periódico muy emocionada.

Al terminar la jornada de aquel día, Ulises intuyó que ya estaban cerca de su objetivo. Habían llegado a una zona donde el desierto había dado paso a una zona llena de piedra y roca esculpida por el viento. Entre el aire, el sol y el agua, el paisaje había sido transformado durante millones de años. Parecía que estaban en otro planeta. Pero las lluvias que habían caído habían traído la magia en el entorno. A las pocas horas ya se veían algunos brotes de hierba. En pocas semanas esa hierba produciría sus propias semillas que serían capaces de aguantar hasta un siglo esperando la vuelta de nuevas lluvias para volver a brotar. Todo aquello le seguía maravillando al profesor. La fuerza del diseñador de la naturaleza se atisbaba por todos lados.

Por fin, tras una larga semana andando, Ulises Flynn y Muturi Kainda llegaron al desierto del Kalahari. Aquello parecía una enorme región árida salpicada de pequeños riscos adheridos a la tierra como pequeñas cabezas rojas. La ausencia de agua parecía evidente. Sin embargo y contraria a la lógica que presentaba el paisaje, el agua no andaba lejos. Abajo, en las profundidades, se escondía un secreto del que Eureka también tenía conocimiento. Y esa era la causa de su presencia allí y de sus deseos de echar de la región a los lugareños y así tener carta blanca para conseguir sus criminales propósitos. Ulises y su acompañante habían llegado, por fin, al lago subterráneo más grande del mundo.

Hacía tan solo unos años que se había descubierto una profunda garganta que caía verticalmente hacia las profundidades de la tierra. Nada más acercarse a su punto de entrada, oculta entre una pequeña oquedad con forma de media luna, cobijada por unas bajas colinas, donde una zona verde y arbórea las jalonaba, los dos expedicionarios notaron enseguida el aire caliente y húmedo que expedía la chimenea de la entrada. Muturi le explicó al profesor que a la garganta la llamaban la cueva del aliento del dragón. Ulises estaba maravillado con lo que estaban contemplando sus ojos. La cavidad descendía 60 metros hasta encontrarse con agua fresca, con abundante y cristalina agua. Parecía imposible que sobre aquellas aguas subterráneas estuviese el desierto del Kalahari. Pero era cierto. Había tanta agua contenida bajo tierra que se podrían llenar con ella más de tres enormes aviones con una capacidad de casi 1.000 pasajeros cada uno. Y ese cálculo se quedaba corto.

Era el lago subterráneo más grande del Planeta. Un secreto conocido solo por unos pocos. Un limitado número de privilegiados que sabían la ubicación del lugar que almacenaba el bien más valioso del Planeta tierra, el agua, un recurso incluso más importante que el petróleo. Vital para la supervivencia de la especie. El agua de la cueva era fósil, atrapada en aquel lugar durante quizás millones de años. La profundidad del lago aún era desconocida. Se decía que algunos expertos buceadores habían descendido hasta los 100 metros y que, en aquel nivel, aun no se veía ni rastro del fondo. Ulises Flynn no se lo dijo a Muturi Kainda, pero él había sido uno de esos buceadores.

No obstante, había otras cosas extraordinarias allí. Aquel lago era una inmensa red de cuevas subterráneas que ese extendía a lo largo y ancho del Kalahari por muchos kilómetros. Y la vida se abría paso siempre en aquellas cuevas solitarias, con especies tan extrañas, como una de un pez gato, que solo se podían encontrar en el aliento del dragón. Era un pez ciego que vivía bajo las profundidades de una de las zonas más áridas de la Tierra. Por eso la Naturaleza estaba llena de bruscas comparaciones pero que, unidas entre sí, constituían una compleja red que permitía la vida en un planeta único, el nuestro.

Ulises tenía claro los motivos de Eureka. Hacerse con toda aquella cantidad de agua aparentemente escondida e inaccesible le podía reportar enormes dividendos. Por eso querían deshacerse de los pobladores del lugar, los únicos conocedores del tesoro que guardaba la sabana Africana bajo sus tierras. Los únicos que podrían reclamar legítimamente su posesión.

Sin embargo, esa agua debía quedarse en aquel lugar. Cumplía su propósito de sostener la vida en el Kalahari. Y esa meta estaba por encima de cualquier otro interés humano sustentado por la avaricia. Permitía la condensación de unas pocas gotas de agua formadas como el rocío, saliendo de la boca de la gruta hacia la superficie, esparciéndose como el roció sobre la tierra. Y esa agua volatilizada daba vida a centenares de seres vivos en el exterior. También las lluvias que venían procedentes de cientos de kilómetros más arriba, se escurrían por los cauces de los ríos secos del Kalahari y que, a su paso, y por fluir tan solo unas pocas horas, salvaba la vida de árboles, jirafas y otros animales. Todo esto, a simple vista, parecía no ser relevante, pero los eslabones de la cadena a veces eran aparentemente muy frágiles. Y todos ellos estaban unidos de una manera u otra. Secar aquel lago suponía devastar el desierto del Kalahari.

Si Eureka espoliaba aquella agua y secaba el lago, entonces, el desierto del Kalahari llegaría a ser el lugar más inhóspito del mundo. Ulises sabía que merecía la pena luchar por preservar aquel lugar. Y haría todo lo que estuviese en su mano para conseguirlo. Porque hasta el rincón más primitivo de África se lo merecía.

Se situó a la entrada de la gruta. Miró hacia abajo. A simple vista no detectó signos de actividad humana. Apostó a Muturi Kainda como guardián y le dio instrucciones concretas para que le avisase en caso de que alguien se acercase a ellos. El africano se ocultó tras unas rocas que daban paso a una estrecha galería por la que empezó a descender el profesor. Se echó el ala del sombrero hacia atrás y comenzó a descender. Ulises había aprendido a escalar sin utilizar cuerdas. La clave estaba en buscar un cuello de chimenea estrecho que descendiese permitiendo el apoyo de la espalda en un lateral y en el otro, apoyarse con las plantas de los pies mientras las piernas permanecían flexionadas. De esta manera, podía mantener la tensión mientras descendía poco a poco ayudado también por sus manos que buscaban los salientes donde evitar un fatal resbalón.

Ulises había practicado esa técnica de escalada que cada vez era más común entre los profesionales. Concretamente había recibido entrenamiento de Wilson Parker quien había batido el record de escalada de varias paredes verticales con tiempo absolutamente impensables. La técnica consistía en buscar una chimenea de subida con el tamaño adecuado para la posición de flexión que ahora utilizaba Ulises mientras descendía al interior de la garganta del aliento del dragón. Cuando Wilson alcanzaba la cima, sin haber tenido que perder tiempo en el uso de cuerdas y en situar las fijaciones, comenzaba un asombroso descenso. Este escalador portaba consigo una mochila donde tenía preparado un paracaídas. Así que desde la cima saltaba hacia abajo para activar el paracaídas hasta llegar a tierra en un tiempo record. Esta técnica había sido criticada por los escaladores tradicionales y la mayoría denigraba su uso por considerarlo fuera de la escalada. Pero lo cierto es que Wilson había demostrado que, en ocasiones, la inventiva y el uso del tiempo eran claves para conseguir los objetivos. El profesor era un amante de cualquier técnica que le ayudase en sus propósitos.

Cuando Muturi Kainda vio deslizarse al profesor de aquella manera sus ojos no daban crédito a lo que estaba pasando. Una sonrisa se iluminó en su rostro mostrando sus poderosos dientes de rinoceronte. No dudo ni por un instante de que habían escogido al hombre adecuado para que les ayudase.

Ulises notaba el rocío ascendente de la gruta que emergía de las profundidades. El calor de la tierra dejó paso a una humedad que de manera progresiva iba en aumento. Cuando apenas alcanzó la mitad del recorrido, su ropa estaba empapada por el sudor de su cuerpo y la humedad del agua. Al principio agradeció el frescor. Un viento frío que circulaba de las cavidades movió las alas de su sombrero. Sus botas de cuero se pegaban a la roca como si fuesen dos percebes. Pero cuando estaba a punto de terminar el descenso, su cuerpo había bajado considerablemente de temperatura. En aquellas profundidades el profesor notó como la temperatura había bajado a más de 10 grados en comparación con la que había en la superficie.

Entonces otro hecho mágico. A los pies del profesor, se abría paso una magnifica bóveda de piedra. Parecía el retablo de una iglesia. La piedra daba la impresión de haber sido labrada por las manos de un artista. Pero había sido la propia naturaleza quien la había esculpido tras la acción de miles de años utilizando como cincel el aire y como martillo el agua. La estrecha cavidad por la que había descendido terminaba en aquel punto. Desde ahí se abría paso un salto de casi cinco metros hasta caer en una enorme piscina natural. Era la entrada del lago subterráneo. Ulises la conocía. Unos años atrás la había inspeccionado junto a un par de buzos profesionales que eran expertos espeleólogos, dedicados a buscar pozos subterráneos que contuviesen agua. Y ahora se encontraba allí de nuevo. Sabía que tras la superficie de las aguas se abría paso un sinfín de galerías subterráneas cuyo conocimiento y secretos aún estaban pendientes de ser descubiertos por el hombre. Ulises reflexionó sobre el hecho de que el ser humano se empeñase en conocer planetas desconocidos de nuestra galaxia cuando, irónicamente, todavía existían muchas zonas dentro del nuestro que nos eran totalmente desconocidas.

Ulises no saltó al agua. Hacerlo equivaldría a meterse en una trampa de la cual le sería difícil salir. Sin haber venido con un equipo profesional, no podría salir de las aguas en caso de caer al lago. Decidió esperar. Estaba convencido de que si Eureka había llegado hasta el lugar, entonces no tardaría mucho tiempo en ver señales de su ilícita actividad. Aquella gruta era la única entrada posible. Si algo tenía que suceder debería de ser en aquel lugar. El profesor Flynn acomodó su cuerpo de tal manera que su propio cuerpo hiciese palanca entre las paredes de la chimenea. Consiguió apoyarse sin esfuerzo. La espera podría ser muy larga y el ahorro de energía era vital.

En la superficie Muturi Kainda esperó el tiempo que el profesor le había señalado. Una vez transcurrido, el africano recogió sus cosas y, siguiendo las indicaciones del profesor, se dirigió hacia el poblado. Ulises le había dicho que si no ascendía a la superficie en un tiempo señalado, que se encontrarían en el poblado unos días después. De hecho aquello ocurriría un par de jornadas más tarde, cuando Eureka intentó arrasar el poblado con fuego y donde casi perdería la vida Karen Grant.

Mientras, en el interior del lago, Ulises Flynn se había dormido. Habían transcurrido un par de horas. Sus piernas se habían insensibilizado y lo único que el profesor sentía era un fuerte hormigueo. Era la consecuencia de la posición forzada en la que se encontraba. Pero el profesor había relajado su cuerpo por completo. Entonces, el sonido de un motor le despertó. Ulises miró sigilosamente hacia abajo y vio una pequeña lancha a motor. En su interior había un operario. La embarcación arrastraba una enorme manguera. Esta estaba enganchada a otro tramo de manguera que ascendía por otra de las chimeneas que conformaban la boca del aliento del dragón. La lancha se colocó por encima de la entrada principal y el operario accionó un cuadro de control. Automáticamente la manguera se hinchó por el agua que unas bombas sumergibles comenzaron a bombear. Eureka las había colocado en unos flotadores que las sujetaban manteniendo su parte hidráulica bajo el agua. Los impulsores de las bombas comenzaron a girar gracias a la fuerza centrífuga. El agua comenzó a ascender por la salida de sus caracoles, donde estaban conectadas las mangueras. Las bombas eran de gran tamaño, por lo que los metros cúbicos que estaban drenando eran elevados. Aquel caudal supondría un enorme perjuicio para aquel almacén natural de agua. En pocas semanas vaciarían el lago.

Ulises decidió saltar al lago. En la caída colocó su cuerpo lo más recto posible y mantuvo las rodillas flexionadas por si tocaba en el fondo alguna roca y así evitar partirse las piernas. Lo hizo con decisión. El ruido de los motores de las bombas amortiguó el sonido de su caída al agua. Acto seguido nadó hacia la lancha. Las bombas habían creado una fuerte corriente de absorción. El profesor esquivó los remolinos hasta llegar a la parte trasera de la lancha. Subió a la embarcación y dejó a un lado su mochila y su sombrero, completamente empapado. Luego avanzó hacia el operario que, de espaldas a él, seguía manipulando el cuadro de control mientras vigilaba cuidadosamente el comportamiento de las bombas sumergibles. Ulises le golpeó la cabeza para dejarle si sentido. Lo maniató con un cabo y apagó las bombas en el cuadro de control. Ulises escuchó como los hercios de los motores descendieron progresivamente hasta que los motores se quedaron mudos. Luego desconectó las mangueras. Hizo fotografías de toda la instalación con su cámara sumergible. Siempre la llevaba en su cinturón. Finalizó su abordaje accionando el motor fueraborda y siguiendo el tramo de manguera. Estaba convencido de que le conduciría hasta otra entrada del lago subterráneo que desconocía. Ulises quería llegar a los depósitos de agua. Tenía muy claro que es lo que debía de hacer. Quería llegar a los depósitos de agua, reventarlos y verter de nuevo el agua robada a su legítimo dueño, a las entrañas de la sabana africana, donde siempre había estado y donde debía de seguir estando.

Continuará…