Opinión
Enrique Castellanos
La opinión deEnrique CastellanosConsultoría B2B como Especialista en Contratación Pública, Derecho Administrativo (Público). Redacción de artículos técnicos. Libros para Hablar en Público.
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Los Crímenes del Agua: la sabana africana (Parte 2)


Algo que le llamó la atención a Ulises era que aquel hombre no venía de parte de ninguna agencia medioambiental. El africano había sido enviado por su pueblo, un poblado lleno de gentes humildes. El poblado había recaudado el dinero suficiente para pagarle el viaje y el alojamiento mientras buscaba al profesor. Ese hombre se había recorrido la mitad del mundo hasta localizarle. Aquello maravilló a Ulises. Si aceptaba ayudarles debería de hacerlo de forma totalmente altruista porque, aquellas personas, demasiado tenían con poder sobrevivir cada día. No les podría pedir más dinero ni ningún otro tipo de ayuda. Por todo ello, Flynn sabía que aquella misión era una manera totalmente distinta de hacer las cosas. Dependería totalmente de sus propios recursos para llevarla a cabo. Antes de decidirse quiso seguir escuchando a aquel misterioso hombre. Quería ver el alcance del problema en toda su dimensión. 

Un par de días después Ulises Flynn estaba en un avión con destino a la Sabana Africana. A su lado, el hombre africano, con la mirada fija en las nubes que se contemplaban tras el cristal de la ventanilla. El hombre se llamaba Muturi Kainda. Era un artesano en su aldea que se había ganado el respeto de toda su comunidad. Un día, una manada de leones atacó un rebaño. Los pastores huyeron pero Muturi se enfrentó a los leones. No fue un acto muy heroico. Tan solo salió al campo raso pertrechado con sus herramientas de trabajo y unas grandes cacerolas de metal. Golpeó el metal de los objetos que portaba con tanto estruendo, que los animales huyeron desconcertados. Entonces Muturi Kainda fue bautizado como el protector del poblado. Por eso le habían enviado a buscar a la única persona que les podría ayudar. Solo un valiente podría abandonar su pueblo de toda la vida y meterse en una ruidosa ciudad para buscar a un hombre que parecía ilocalizable.

Ulises agradeció el gesto pero, más importante aún, era el hecho de que Eureka fuese quien estaba arrasando las tierras de aquellas gentes. Debería de haber una razón poderosa para ello y Ulises estaba dispuesto a averiguarla. En esta ocasión extremó las precauciones con Karen Grant y la envío en otro vuelo, de incognito, y con un nombre falso. Ella llegaría directamente al poblado para documentarse de los agravios que Eureka había infringido con los incendios y con otro tipo de presiones. Mientras, Ulises y Muturi emprenderían un largo viaje. Irían directamente al corazón de la Sabana africana a averiguar qué estaba haciendo Eureka en el lago subterráneo más grande del mundo.

Ulises, en ocasiones como aquellas, era capaz de llorar de emoción. El respeto que sentía por el medioambiente crecía con espectáculos semejantes

Tras un extenuante viaje en avión, Ulises y Muturi estaban sobre el terreno. Ulises se atavió con su particular vestimenta que utilizaba en ocasiones como aquella. Calzaba unas botas de cuero y cubría su cabeza con su sombrero Fedora con los bordes del ala frontal y trasero bajados para proteger el rostro y el cuello del sol. Se abrochó un ancho cinturón donde colgaba un machete, una cámara digital sumergible y una cantimplora. Un dispositivo GPS le decía en todo momento su localización. Su camisa blanca brillaba y el algodón del tejido dejaba transpirar las gotas perladas de su piel. Por otro lado, el africano se había mimetizado con el entorno. Se había despojado de las ropas occidentales que se había puesto para el viaje y, como si de un disfraz se tratase, las había desechado en cuanto el avión había aterrizado. Ahora Muturi Kainda presentaba una estampa impresionante con su tez morena regada por el sol abrasador de la sabana. Llevaba una tela roja anudada a los hombros. Andaba descalzo y en su mano llevaba una larga lanza. Pulseras y collares adornaban su cuello y brazos.

Ulises comenzó a observar el terreno con la paciencia de una araña que espera que una presa caiga en su tela. Notó la zona que había sido arrasada por los incendios provocados. Aunque parecían haber sido devastadores, en realidad, y como consecuencia natural, habían sido también esenciales para la regeneración del pasto para los animales salvajes y el ganado de la tribu. Sin embargo, a veces ese ciclo se rompía de forma abrupta. Vio señales de que las lluvias estacionales no se habían producido en, por lo menos, los dos anteriores años. Las secuelas de la sequía eran evidentes. El viento soplaba con fuerza levantando remolinos que parecían pequeños tornados. Una manada de elefantes se cruzó con ellos a cierta distancia. Vagaban como una procesión de muertos vivientes. Solo había arena, con ausencia total de pastos. Se notaba que viajaban buscando desesperadamente una fuente de agua y pastos verdes. Ulises sabía que aquello era catastrófico para los elefantes quienes, por la necesidad de viajar, ni siquiera tenían tiempo de amamantar a las crías recién nacidas que, sin ese sustento, perecerían a los pocos días. Sin pastos, los elefantes se limitarían a arañar raíces marchitas con su trompa.

Anduvieron durante toda la jornada y llegaron a una zona llena de capas de sal quemada por el sol que emanaban de una red de lagos que fluían por toda el África occidental. Aquella zona era todavía más agreste que la anterior que estaba llena de arena. Pero Ulises seguía una pista que le conduciría exactamente al lugar que buscaba y por el cual Eureka había puesto sus tentáculos en la Sabana. Hicieron noche bajo el amparo de una hoguera que Muturi preparó. Ulises compartió con él parte de los víveres que llevaba en su mochila. Tras la cena, el africano le contó historias de sus ancestros. Sus ojos, iluminados por las llamas, le dotaban de un halo de misterio espiritual que fundía su cuerpo con la noche. Mientras le escuchaba, Ulises no pudo evitar meditar en los detalles de la travesía de aquel día.

El aspecto de los lagos salados cambiaba continuamente mientras el sol evaporaba el agua y el sol iba arrasando los cauces. Era una zona completamente tóxica. Los colores del entorno cambiaban según la composición de las algas que, a pesar del corrosivo ambiente, habían sido capaces de adaptarse. Incluso llegaron a ver vida en estado pleno cuando llegaron a uno de los lagos donde cientos de Flamencos se atiborraban de comida entre los géiseres del lago Boboría, bañándose en aguas causticas y esperando el brote de las algas para servirse su menú. Era un espectáculo fabuloso. Tanto, que Ulises y su acompañante se sentaron a la orilla a observar y a escuchar el graznido de miles de gargantas sedientas y hambrientas.

Ulises, en ocasiones como aquellas, era capaz de llorar de emoción. El respeto que sentía por el medioambiente crecía con espectáculos semejantes. Le inspiraban. Redoblaba su tesón y su compromiso por seguir luchando por el entorno que sostenía la vida del ser humano. En momentos de elevación del espíritu como aquellos, su incomprensión hacia aquellos que solo deseaban destruir el medioambiente se hacía todavía más profundo.

Después del descanso de la noche ocurrió algo mágico. El amanecer permitió ver cúmulos de nubarrones negros. Muturi le dijo a Ulises que su presencia era la razón por la que la lluvia había regresado tras dos años de sequía. La superstición de África está tan arraigada que Ulises no le contradijo. Asintió con la cabeza y le sonrió. Quiso creerle. Deseó que cosas como aquella justificasen su cruzada particular por los demás. Siguieron andando, siempre buscando su objetivo. Muturi Kainda no le preguntó a Ulises donde se dirigían. Solo se limitó a seguirle, en silencio, pleno de confianza hacia su rescatador. 

Continuará….