Opinión
Enrique Castellanos
La opinión deEnrique CastellanosConsultoría B2B como Especialista en Contratación Pública, Derecho Administrativo (Público). Redacción de artículos técnicos. Libros para Hablar en Público.
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Los Crímenes del Agua: La Sabana Africana (Parte 1)


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El profesor Ulises Flynn era un hombre muy celoso de su intimidad. En circunstancias habituales, nunca hubiese permitido que alguien hubiese vulnerado su privacidad. Sin embargo, el personaje que tenía delante y que se había apostado en su sala de estar, justificaba que, por una vez, se hubiese saltado sus propias normas. Su pragmatismo se hacía añicos cuando el suspense del agua inundaba sus sentidos. Su estricto protocolo se rebajaba ante la necesidad imperiosa de socorrer a quien lo necesitase.

 

Recibió la visita de manera inesperada, sin previa invitación. Tan sorpresiva fue, que el profesor masculló una altisonancia cuando el golpeteó de la puerta le despertó de su mutismo. En ese instante estaba redactando un informe sobre la desastrosa situación que suponía seguir permitiendo que la gran mancha que flotaba a sus anchas por el océano pacífico, no hubiese activado todavía un plan de limpieza. Era como si las conciencias gubernamentales, estuviesen cegadas por intereses aderezados por otros menos honrosos. No obstante, y esperanzado en su trabajo, esperaba que sus notas llegasen hasta la Agencia Medioambiental del Pacífico Sur. Aquella institución poseía cierto poder, relativo, pero algo autoritario para la zona. Nada aseguraba el éxito, pero no intentarlo no era ni siquiera suponerlo.

En cuanto el profesor abrió la puerta y observó al variopinto personaje que tenía delante, un impulso natural de hospitalidad le nació de dentro. Probablemente era más una emoción interesada que un sentimiento de gratuidad. Acto seguido y, después de apostarlo en una de las sillas de su salón, avisó por su teléfono móvil a su compañera Karen Grant. Le envió un mensaje electrónico muy claro y contundente: “tráigase la cámara y su libro de notas”.

Karen, que tenía carta blanca de su periódico para priorizar todos los asuntos que estaban relacionados con el profesor, se personó en el apartamento de Ulises en apenas quince minutos. Hasta que la joven se presentó en la estancia, la atmósfera que se había creado en la casa estaba impregnada de un halo de misterio. Ambos hombres, el profesor y su invitado, no mediaron palabra sino hasta que la colaboradora del profesor se presentó con su cámara colgada al cuello y un libro de notas bajo el brazo. El profesor se limitó a observar a su invitado. Y su huésped esperó a que su anfitrión le diese la palabra. Y como aquello no ocurrió sino hasta que Karen interrumpió aquel vinculo silencioso, los primeros quince minutos le aportaron al profesor mucha más información que lo que escuchó después.

Ulises siempre había tenido claro que una persona dice mucho más sobre lo que realmente es con su aspecto, su ropa, sus gestos, su mirada y su interés hacia las cosas, que las abundantes palabras que pudiera proferir para explicar esto o aquello. El hombre que tenía delante estaba fuera de lo común. Alto, esbelto, de piel negra, con cuello de jirafa y dientes de rinoceronte. Ojos de azabache, como dos bolas negras encajadas entre dos párpados que no paraban de abrirse y cerrarse. Boca ancha, labios carnosos que tapaban parte de su barbilla afilada. Pómulos estrechos, con la piel oscura estirada, elástica. La frente desnuda, craneal, huesuda y dura. El pelo ralo, corto, casi inexistente. Las manos secundadas por dedos huesudos, delgados y largos, como tentáculos de pulpo y terminados por uñas blancas. Las yemas lijadas, con la piel de piedra pómez. La anchura de sus hombros ocupaba el ancho de la silla. Un hombre nacido en áfrica, un hombre nacido de la tierra roja de la Sabana africana.

Cuando Ulises le hizo un gesto para que hablase, la magia de las palabras, de las historias ancestrales, llenó su apartamento de luz y de misterio.

El hombre empezó a relatar que de la tierra de donde él venía, antes había estado ocupada por un bosque que se extendía sin interrupción hasta las costas occidentales y orientales del continente. Pero que ahora, en la actualidad, una inmensa meseta, la Sabana africana, se asemejaba a un grandioso mar verde y marrón donde el agua pugnaba por conquistar el territorio frente a la extrema calidez del sol. Que los torbellinos de agua evaporada engullían las cumbres de las montañas que habían nacido de las entrañas de la meseta. Que poseían alturas de más de cinco mil metros de cumbres hasta el firmamento. Una visión espectacular que invitaba a la nostalgia de los tiempos antiguos, de sus ancestros, donde la comunión entre agua y hombre era una simbiosis perfecta. Y aquellas cumbres heladas formaban parte de una frontera silenciosa que separaba las selvas afincadas al Oeste y las Sabanas del Este. Contenida en sus crestas gélidas, se encontraba el glaciar más grande del continente africano, donde el agua se conservaba en estado sólido, incólume a la acción directa del astro rey. La pasión con la que aquel hombre hablaba, embargó de respeto al profesor Ulises Flynn y a su ayudante Karen Grant.

Las montañas de La Luna, con una altura tan descomunal que tenían su propio clima particular, llamadas como “las creadoras de lluvia”, fueron descritas con rico lenguaje visual por el africano. Cuando el agua del deshielo descendía por los glaciares, contaba él, esa agua abastecía a la selva cuando llegaba a las laderas. Aquellos restos de los bosques que en su día dominaron el África Occidental. Sin embargo, su voz se volvió de pronto hastía e inconexa. Perdió su alegría, su vivacidad, cuando comenzó a describir las zonas desérticas que cada vez iban más en aumento, devorando los exiguos trozos de selva que aún se conservaban. Todos veían mermadas sus posibilidades de supervivencia, como era el caso de los primates más grandes que quedaban sobre la tierra, los gorilas de montaña. A su alrededor el mundo se había transformado en pantanos y Sabana.

Empero todo esto sucedía, el brillo de los ojos del africano se hizo más evidente cuando comenzó a relatar como el agua estaba protegiendo la zona. Vastos humedales ocupaban parte de la Sabana, constituyendo así la sangre de la tierra que corría por sus venas echando raíces en sus yermos aparentemente desolados. Allí, la vida se abría paso, renacía, crecía, retozaba, anidaba. Aquello ocurría en el pantano llamado (y traduciéndolo de la palabra original africana) «donde el agua se unía con el cielo”.

Karen tomaba notas, como ida, estupefacta por el relato. Tenía la misma sensación que sintió el primer día de universidad, el día que comenzó sus estudios de periodismo. La mágica sensación que sólo puede aportar el conocimiento nuevo y virginal. Se atrevió incluso a fotografiar un par de veces el rostro pétreo del africano que, sin inmutarse, seguía relatando su historia, plenamente convencido de que su largo viaje hasta la casa del famoso profesor que luchaba para salvar el medioambiente, le traería la solución a sus problemas y a su comunidad. Por el contrario, el profesor se sumió en un profundo mutismo reflexivo. Comenzaba poco a poco a ver la envergadura del problema que le traía de manera inesperada y casi fortuita, aquel misterioso hombre.

El hombre les explicó que, cada año, una zona mayor que la extensión de Reino Unido, era pasto de las llamas en la Sabana. Que tenían sospechas de que todo aquello era provocado. Y que, en consecuencia, les estaban robando la valiosa agua dulce y secreta que contenía una de las zonas más desconocidas de la Sabana. Un lugar donde el hombre aún no había puesto sus ansias de consumismo en solfa. Un lugar que, sin embargo, ya había sido descubierta por una organización. Y cuando aquel hombre dijo el nombre, entonces, para el profesor, todo tuvo sentido. El nombre de la Organización secreta que les quemaba la tierra y les robaba el agua era Eureka.

Continuará…

Enrique Castellanos Rodrigo

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